Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

SANTOS

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1. Noción. - S. son todos aquellos (ángeles y hombres) que gozan de la visión de Dios en el cielo. La palabra S., sin embargo, designa especialmente a los que ejercitaron la virtud de un modo heroico y cuya heroicidad ha sido sancionada por la Iglesia con la canonización o de otro modo equivalente. Se dividen en varias categorías: Apóstoles, mártires, Sumos Pontífices, confesores Obispos y no Obispos, Vírgenes, mujeres santas. 2. Culto. - La excelsa dignidad de los S. y su íntima unión con Dios los hacen dignos de un culto (v.), llamado dulía o veneración para distinguirlo del culto debido a Dios solo que se llama latría o adoración: consiste en reconocer interna y externamente la excelencia de los S., con cierta sumisión a ellos. El culto de los S. no perjudica al culto debido a Dios, porque venerando a los S. honramos al mismo Dios. En los más antiguos documentos de la literatura cristiana aparece que ya en los primeros tiempos de la Iglesia se tributaba un culto a los mártires y a sus reliquias (v.). En el s. IV se añadió el culto a los Obispos que sobresalieron por la santidad de su vida y muy pronto también el de los anacoretas y otros fieles que con una vida de grande austeridad imitaron de algún modo a los mártires.

El culto de las imágenes es tan antiguo también como la Iglesia y desde los primeros tiempos, aunque durante las persecuciones se vio obligada a restringir sus manifestaciones, se afirmó con numerosas representaciones de Cristo, de María y de los S., como todavía se puede ver en las catacumbas. Contra los errores de los protestantes, que todavía hoy cuentan con defensores, el Concilio de Trento sancionó solemnemente la legitimidad y la utilidad del culto de los S., y de sus imágenes y reliquias (Denz., n. 964-968). El culto de las imágenes y reliquias no es sin embargo un culto absoluto, sino relativo.

Veneramos a los Santos, principalmente alabándolos, celebrando sus fiestas, exponiendo sus imágenes o estatuas y adornándolas con flores y luces, haciendo algunas obras de caridad o de mortificación en su honor, venerando sus reliquias; se pueden también venerar los S. con promesas hechas a ellos y tomándolos como testigos o patronos de un voto hecho a Dios. La imitación de los S. es otro modo de venerarlos; imitar los ejemplos de los S. es por otra parte imitar al mismo Cristo (I Cor., 4, 16), y tender a la perfección. Se veneran también los S. invocándolos.

El Conc. de Trento definió la legitimidad y utilidad de la invocación de los S. (Denz., n. 984), y la Iglesia en la liturgia invoca expresamente su mediación. No hay obligación estricta de invocar a los S., es sin embargo de gran utilidad hacerlo frecuentemente;

omitirlo del todo sería fácilmente culpable, como reflejo de cierto descuido en la salvación propia: sería culpa grave si hubiese desprecio, bien de la propia salud, bien de la intercesión de los S. Podemos pedir a los Santos que nos obtengan del Señor para nosotros mismos y para el prójimo gracias para el alma y también bienes materiales en la medida en que estos bienes son necesarios o útiles para la salvación del alma. Debemos tener una particular devoción a los S. que nos han sido dados como Protectores en la pila bautismal y cuyo nombre llevamos así como también a nuestro Santo Ángel Custodio, encargado por Dios mismo de tener cuidado de nosotros. Nuestra devoción se dirigirá también especialmente a los Patronos de nuestra parroquia, región o patria, a los S. que vivieron en nuestras mismas condiciones y a los que de un modo especial practicaron las virtudes que vemos que nos son más necesarias y difíciles.

3. Cuestiones anejas. - De un modo particular se puede invocar a los que murieron con fama de santidad o de martirio, aunque no hayan sido canonizados ni beatificados; se puede dar también culto privado a sus imágenes y reliquias. Los niños bautizados muertos antes de haber llegado a la edad de la razón aunque no sean objeto de culto público por parte de la Iglesia pueden ser objeto de culto privado: en efecto, sabemos que están ciertamente en la gloria. En cuanto a las almas del purgatorio la Iglesia en el culto público no las invoca, pero es lícito hacerlo de un modo privado.

Hay sin embargo teólogos, entre los cuales está Santo Tomás, que observan que realmente estas almas se encuentran más bien en la condición de tener que ser ayudadas que de poder ayudar. Pero hoy prácticamente prevalece la opinión opuesta, aunque sólo sea pensando, no sin razón, que las almas del purgatorio una vez liberadas de su cárcel se manifestarán agradecidas para los que se acordaron de ellas. Man.

Bibliografía

Bibliografía

A. Tanquerey, Compendio de teología ascética y mística, París, 1930, n. 177-187; id., Synopsis theologiae dogmaticae, II, París-Roma, 1942, n. 1291-1300
C. Eguía Ruiz, Los santos y sus glorias, Barcelona, 1932.

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