PARTIDO POLÍTICO
1. Datos históricos. - La* historia antigua nos habla ya de partido, en Atenas, p. ej, y en Roma. La Edad Media tuvo a sus güelfos y gibelinos, blancos y negros, etc. 2. Nueva concepción del partido. - Lo qu hoy interesa es la nueva concepción del par tido como elemento de propulsión y desarro llo orgánico de la vida política. Se trata de superar el concepto tradicional de partido cómo organización de fuerzas en servicio de determinados intereses enmáscarados a veces.con brillantes idealismos. De suyo tiende a hacer triunfar tales intereses con la aniqui lación del partido opuesto. La consecuencia.es una afirmación de dominio qüe perjudica no poco al bien común (v.) para favorecer solo a una parte de los ciudadanos. De aquí la legítima reacción de los demás y un estado, de continua guerra civil abierta o latente. La historia enseña que ésta es la tentación i jordinaria de los partidos: esto es, el olvido del deber de poner el cuidado del bien común por encima del éxito' propio. La nueva con cepción, que hoy es propugnada, piarte preci samente de una afirmación contraria a la tendencia de donde nace aquella tentación: reconocer un bien superior al cual debe in clinarse el partido y por lo tanto estar pronto' 2 sacrificar su propio deseo de asumir- el poder ante el bien del Estado.
El Estado solo constituye el fin de la actividad política de todos los ciudadanos; frente a él los partidos /10 son sino medios; y los medios se han de emplear solo en cuanto son útiles según ios tiempos y las circunstancias.
3. Evolución de la nueva concepción del partido. - Este modo de pensar acerca de los partidos fue delineándose de una forma práctica en las vicisitudes de la vida consti tucional y parlamentaria inglesa y según la mentalidad de aquella nación. En ésta, en efecto, las libertades políticas fueron desde tiempo antiguo concebidas como un sistema de recíproco control para la observancia de los acuerdos acerca del ejercicio del poder que existían entre los que se consideraban depositarios del poder. Asi nació la Magna Charta, que fijaba las relaciones entre el Rey, los grandes señores (Lord s) y las ciudades con los propietarios menores (Commons). En las Cámaras, convocadas por el Rey, se dis cutía y se votaba llbremehte; su principal preocupación era mantener bien sentado el derecho de no ser gravados con impuestos sino por propio consentimiento. Con el progreso del tiempo, al crecer la importancia de las Cámaras y particularmente de la de los Co munes, haciéndose periódicas y en época fija sus reuniones, extendiéndose sus misiones y haciéndose más continua y variada la discu sión fueron delineándose los partidos, que na ue turalmente representaban diversas corrientes de intereses.
Pero también entre los partidos las relaciones fueron dominadas por el principio tradicional del control recíproco, como principio de conservación común.
El control se verificaba en nombre de un bien superior al cual todos los partidos reconocían estar subordinados, esto es, el bien del Estado, representado físicamente por el Rey. Si un partido prevalecía aceptaba por lo tanto como en función de estimulo y en cierto modo de cólaboración la critica del otro partido en, discusión pública, hecha, en nombre de aquel principio soberano, y denominada por esto 1{(oposición de su Majestad». De este modo la oposición se convertía en parte integrante del sistema gubernativo; y esto fue reconocido no solo como hechafde costumbre parlamen ta r ia, sino también más recientemente como noripa de' dérecho, con ley que regulaba la elección de un jefe oficial de la oposición, re tribuido con un estipendio igual al de un mi nistro. t
4. Los, p a r t i d o se n la s de m o c r a c ia s de l con t i n en t e e u r o p e o y en E s p a ñ a. - En las democracias del continente, desde la Revolu ción francesa los partidos políticos no tienen una historia tan edificante; más aún, en general ofrecen muy pocos motivos para que sean alabados. Por lo que hace a España la historia del régimen de partidos políticos, que vino a romper inexorablemente su línea política tra dicional, ha sido a través de todo el s. xrx y principios del x x una serie interminable de desastres que nos avergüenza recordar y que desemboco en la república de 1931 con una proliferación extraordinaria y esterilizadora de partidos sin conciencia ninguna de su po sición al servicio del bien común.
La meta de los más era la conquista del pode? a toda ' costa y en exclusiva, o el logro de sus ambi-; ciones particularistas, aun en daño de la comunidad nacional. Esta situación se convirtió en una sorda { guerra civil y toda la patria se llenó de odios 1 y rencores mucho antes de que en 1936 se iniciara el Movimiento Nacional. Todos los, atroces sufrimientos por que hemos tenido • que pasar se hubieran evitado si los partidos [ políticos y sus dirigentes hubieran mirado \ más al bien común que a sus propios intere- ses y egoísmos. Tr. i ‘ 5. P a r t id o s y b i en c o m ú n. - Debiera ser [¡esencial a la constitución intima de cada par t i d o no solo un programa ideal al que por Pftecesidad humana se ligan también intereses E.materiales, sino también la voluntad de coope- [ rar con los demás partidos al funcionamiento (Jurídico y regular del gobierno, primera con- Í diclón de la vida social, y de subordinar su i propio interés de prosperidad y preeminencia £al bien común de la nación. La llamada opo sición en los parlamentos y en general en la acción política debiera inspirarse en una cooperación fundamental, aunque disienta en los medios a emplear para conseguir el fin del bien común. La critica puede llegar a ser áspera y la contradicción viva, pero no tal que haga imposible la actividad regular de los organismos regulares del Estado y la ac ción continua del gobierno ejecutivo.
Un par tido que se oponga a una ley justa y útil al pueblo solo por el temor de que por ella el partido en el gobierno obtenga un aumento de popularidad se hace con ello enemigo del bien común y va contra la misma razón de la vida pública. La pluralidad de los parti dos tiene su razón de ser en la aportación que pueden dar, mediante la crítica y la discu sión pública al bien común. Pero si se sirven de ésta solo para disminuir o destruir este bien, reniegan de su finalidad y del valor de su existencia. La concordia dlscors de una asamblea verdaderamente libre puede engen drar grandes beneficios para la sociedad, pero puede surgir solo de la conciencia viva en cada partido, del respeto a la libertad de los demás de modo que la libertad ajena le sea tan cara como la propia. Un sincero amor del bien común como fin supremo y de la libertad como método para alcanzarlo es el presupuesto imprescindible para la coexistencia de varios partidos en ré gimen libre y para una efectiva cooperación entre ellos. Se trata de ver si esto pertenece a la rea lidad histórica de nuestro? días. Boz. BIBL. — — O. O i a c c h i, Uomini e bandiere, en Civitas, 2, n. 12 (1950), 3 ss.; O.
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1. N a t u r a l e z a. - Es la expulsión del útero materno de un feto que es capaz de vivir fuera de él. Por estas ultimás pala bras el p. se distingue del aborto (v.). El p. va acompañado de dolores bastante graves. Después del pecado original Dios señaló estos dolores como una parte de los sufrimientos que constituyen la pena impuesta a la mujer (Gén, 3, 17). Jesús habló de estos dolores haciendo con ellos una hermosa comparación (Jn, 15, 21), y mostrando el paso del dolor al gozo de la madre atormentada primero por los dolores del parto y más tarde gozosa por su nueva criatura.
2. D i v i s i ó n. - El p. puede ser natural o ar tificial, según que sea causado por fuerzas naturales o por la intervención del hombre. de la concepción o primero; en este último caso el p. se llama prematuro.
3. D o c t r i n a m o r a l. -
a) Los moralistas no están de acuerdo sobre la cuestión de si es lícito sin razones especiales usar de medios artificiales para no hacer sentir los dolores ordinarios del p. Hoy, después de la autori zada intervención de Pío X II en este asunto, es evidente que no es lícito si de aquí se sigue un daño o un peligro serio para la ma dre o el nifko;
pero si es cierto que el medio usado es innocuo juzgan que su uso no es con trario a la ley moral. Las palabras. de Dios alumbrarás con dolor a tus hijos no son un mandamiento divino. El sentido e s: «estos dolores son una consecuencia penal del pecado cometido», pero no hay argumento al guno que pruebe que no esté permitido usar medios de suyo no malos, para evitar estos dolores. El mismo método de los reflejos con dicionados (v.), aplicado al p, que es hoy uno de los más usados, no tiene nada de ilícito; más aún, es preferible a los demás, aun desde el punto de vista moral, ya que no presenta peligros ni para la madre ni para el niño, a diferencia denlos demás métodos' a base de 4 analgésicos y anestésicos. La aplicación de este método tampoco significa la aceptación de las teorías materialistas de Pavlov, que fue su inventor (cfr. S. P. Pío XII, Discurso a los miembros del IV Congreso Internacional de médicos católicos, 29 septiembre 1940; Discurso a los médicos y ginecólogos, 8 ene ro 1956: AAS, 41 [1949], 557; ibíd, 48 [1956], 82-93). Es, sin embargo, mejor y más de acuerdo con el ideal cristiano sufrir los dolores del p, si no son excepcionales, con valor y espíritu de penitencia. Esto es, pues, lo que se ha de aconsejar en los casos comu nes.
b) Provocar un parto artificial no pre maturo es lícito si hay causa razonable para hacerlo. Si la intervención quirúrgica o mé dica (p. ej, inyecciones) no se puede hacer sin daflo o peligro para la madre o para el nirto es solamente lícito por una razón grave y proporcionada a la gravedad del daflo o del peligro,
c) Para la moralidad del p. prematu ro» v. Parto acelerado (v. también Obstetri cia). Ben.
Bibliografía
Bibliografía
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