OBJECIÓN DE CONCIENCIA
1. Noción y datos históricos. - Objetor de conciencia se puede llamar a todo el que resiste a las disposiciones de la autoridad pública por razones morales. En este sentido objetor de conciencia es también el mártir. En sentido propio, sin embargo, el significado se restringe y se indica como objetor de conciencia al ciudadano que rehúsa, oponiendo resistencia pasiva, la prestación del servicio militar (v.) por motivos personales de conciencia, sean humanitarios, morales o religiosos, motivos que lo llevan a la conclusión de que el uso de las armas se ha de condenar de manera absoluta. Este fenómeno abstencionista es de fecha más bien reciente y no tiene nada que ver con la resistencia pasiva opuesta en muchos países a principios del siglo pasado contra la introducción del servicio militar obligatorio considerado como injusto. El movimiento de los objetores de conciencia surgió más tarde alimentado por motivos seudorreligiosos de algunas sectas protestantes (mennonitas, cuáqueros, hijos de Jehová, etc.) que interpretaban mal algunos pasajes de la Escritura. El fenómeno tiene, pues, su origen en los países protestantes (Inglaterra, Canadá, Estados Unidos, etc.), que lo han formulado incluso legalmente, elaborando un estatuto especial por el cual los objetores de conciencia son destinados a servicios auxiliares o a trabajos ordinarios.
Así en Australia, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Inglaterra, Noruega, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Suecia: la diferencia existe sobre todo en la extensión del reconocimiento de los motivos aducidos, limitándose algunos Estados al reconocimiento de solos los motivos religiosos. Sólo más tarde se difundio en los países latinos con el concurso de las corrientes pacifistas y humanitarias, favorecido por la visión de los horrores de las dos grandes guerras 1914-1918; 1939-1945. La impresión producida por la guerra de 1914-1918 fue tan profunda que en el curso de los dos últimos años de la misma la o. de conciencia se había ido transformando poco a poco en una especie de cruzada contra la guerra.
Sin limitarse ya a la defensa nacional de los países empeñados en la guerra tomó el carácter, especialmente después de la intervención de los Estados Unidos de América» de una cruzada del mundo civilizado contra los poderes del antiguo régimen, esto es, de un régimen de violencias y barbaries a fin de favorecer la instauración de un orden nuevo que hiciese imposible a todos y para siempre una nueva guerra. Pero terminada la guerra no comenzó el orden nuevo y sobre el mundo pesó de nuevo eL terror de la guerra. Esta aparecía a todos como un diluvio tan desastroso que era necesario estar dispuesto a todo para evitarla, pero los ánimos se dividían en cuanto a los medios a emplear: unos hipnotizados por el temor de ser atacados no veían otro remedio que armarse hasta los dientes;
otros por el contrario exasperados por ver a los gobernantes incapaces de restablecer la paz que todo el mundo deseaba, apresuraron la revuelta de los pueblos contra la guerra para eximirse de participar en ella. Esto se expresó con la liga.de los resistentes a la guerra, que predico en todos los países la negativa a prestar el servicio militar. La guerra no fue evitada. El fenómeno de los objetores de conciencia se quedó en un fenómeno esporádico que no sirvió para detener a las naciones totalitarias en imponer la guerra cuando y donde querían. Despues de la nueva guerra mundial de 1939-1945 el fenómeno de los objetores de conciencia se hizo más vivo incluso en países latinos, como Italia, p. ej., donde ha tenido un eco incluso en la Cámara. Pero se ha hecho más evidente todavía, sin querer entrar en las intenciones de los individuos, que el único efecto es el de desorganizar la resistencia de los países de carácter democrático en ventaja de los países totalitarios. Esta observación habrá de ser tenida en cuenta incluso para su Valoración moral. 2. Valoración moral. — No falta tampoco en el campo católico quien sostiene la legitimidad de la o. de conciencia siempre que no constituya un engaño, o peor, un acto de sabotaje en relación con el Estado.
Los motivos más especiosos aducidos en sostén de estas tesis son el derecho de la conciencia subjetiva a seguir sus propios dictámenes, la inMoralidad objetiva de la guerra, teniendo en cuenta la desproporción entre el derecho a defenderse (nacionalidades oprimidas, territorios a anexionar o a defender, etc.) y las pérdidas Inmensas que se sufren, la injusticia del reclutamiento obligatorio, la repugnancia cris·' tiana al uso de la fuerza, el precepto divino: no matar. Pero más que el eco del pensamiento y de la tradición católica estos autores » p son exponentes inconscientes de un humanitarismo pacifista. Ordinariamente por parte católica se re m chaza la tesis de los objetores de conciencia y su resistencia pasiva se considera al menos c como una violación de los Deberes cívicos de a justicia legal. d El bien común en efecto exige que el ciu h dadano participe lo mismo en las Ventajas que en las desVentajas de la vida colectiva, entre las cuales está el servicio militar obligatorio, mientras la ley no lo suprima y cuando la defensa armada de la propia nación lo exige (v. P a tria, Piedad); los beneficios individuales pueden sacrificarse a las exigencias superiores de la organización social. El uso de las armas además es de suyo indiferente. Si el fin de la defensa nacional es justo el instrumento que sirve a este fin, esto es. el uso de la fuerza queda justificado y se hace lícito, lo mismo para el individúo en caso de legítima defensa que para el Estado.
El ser el uso de las almás modernas más o menos desastroso habrá de servir para hacer ponderar mejor a los gobernantes las responsabilidades de una declaración de guerra, para diferir la reivindicación de los Derechos propios, especialmente cuando la desproporción entre el fin limitado que se persigue y las destrucciones que han de afrontarse han de ser enormes, pero no hará ilícito el uso de la fuerza en defensa del derecho propio (véase Guerra), máximo bien social de orden moral, superior a los bienes materiales. El no matar como no excluye la defensa legítima (v. D e fensa legitim a) en el individuo, tampoco la excluye en el Estado. 3. O b j e c io n e s de lo s o b j e t o r e s de con c i en c i a. — Recordados estos dos principios fundamentales: exigencia del bien común e instrumentalidad de la guerra se solucionan todos los argumentos, presentados por los objetores de conciencia. Algunos, sin embargo, son más especiosos que otros y merecen, por lo tanto, un examen más atento. Los objetores de conciencia sostienen que si inducimos a cierta proporción de militares en todos los países a rechazar el servicio militar, la guerra se hará materialmente imposible. ’.El argumento se ha de considerar desde un doble punto de vista, esto es, de derecho y de hecho. De Derechosi una guerra justa es aun posible, es deber de los gobernantes preparar el* país para sostenerla sí un día se les im pone.
" P o rfío tanto, si juzgan necesario a este fin el reclutamiento obligatorio la ley que promulgan es una ley justa y los ciudadanos deben observarla.Y,El acto de los objetores de conciencia es por lo tanto, en este caso, un acto de rebeldía y rebelión contra la autoridad legítima. En cuanto a la consideración de hecho, los objetores de conciencia causan una fractura social, de la cual nadie puede dar certeza de que conduzca a asegurar la paz. Por el contrario, exasperan las pasiones nacionalistas y además la o. de conciencia se convierte en instrumento de desorganización social en las manos de gente cuyo fin es muy distinto del de asegurar la paz. Los objetores de conciencia puros, aquellos que quieren luchar contra la guerra, son ciertamente idealistas generosos, a quienes todos deben respetar por su sinceridad aunque se repruebe su actitud, pero se prestan a un juego peligroso y laboran por un fin muy distinto del que ellos creen. En realidad, por no ser la guerra sino la consecuencia de unas ideas y de un estado de ánimo, es a estas ideas y a este estado de ánimo al que es necesario proveer.
No se destruirá ciertamente la psicosis de guerra luchando directamente contra ella, sino sustituyendo al estado actual de los espíritus el espíritu de colaboración entre los pueblos, que es el único que puede asegurar el establecimiento de un orden internacional. Los objetores de conciencia participan también de la psicosis de guerra, sólo que obran al contrario de los nacionalistas extremistas.
Asi cuando ellos declaran que la nacionalidad es de importancia secundarla mantienen un equívoco, porque esto es cierto,. pero en un sentido puramente teórico. En efecto, en las circunstancias reales y concretas e incluso históricas, la nacionalidad tiene una gran importancia. Se puede y se debe considerar el caso en que el Estado agresor esté inspirado por principios políticos que destruyen todo el orden de la verdad y toda prosperidad y en que, por consiguiente, la anexión significa el naufragio de todo el orden moral, al cual nos debemos más que a los bienes materiales, en primer lugar de la religión y de la familia. Es necesario afirmar por lo tanto, muy enérgicamente, que un pueblo tiene el deber de defenderse hasta el límite extremo de sus recursos, antes que dejarse absorber o dominar por semejante naufragio. Y sobre todo, si es deber de todo pueblo atacado en estas circunstancias defenderse hasta la muerte, la caridad impone a los demás pueblos el deber de venir en su ayuda. Un cristiano debe estar pronto a arriesgar su propia vida si esto es necesario para salvar su alma y la de su prójimo. Pal.
Bibliografía
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