MAGNANIMIDAD
1. Noción. - M. significa ante todo grandeza de ánimo (cfr. Summa Theol., II-II, q. 129, a. 1) y es como una tendencia del ánimo a las cosas grandes. Es una virtud integrante de la fortaleza, y hace al hombre superior a la mayoría de sus semejantes, porque despreciando los bienes que atraen de ordinario a los hombres, domina las pasiones y las sujeta. Cada vez que el hombre se hace superior a los sentimientos que de ordinario dominan nuestra naturaleza humana, como son la ambición, el odio, la vanidad, etc., con razón se llama magnánimo. Esta virtud parece confundirse con el heroísmo; sin embargo, se dicen con más propiedad heroicas las acciones que implican un despliegue de actividad y fuerza moral en luchas y sufrimientos. La m. lleva consigo la idea de fuerza que obra con calma y majestad. Esta virtud moral se refiere a todo lo que hay de más grande, de más perfecto y de más sublime en todas las virtudes practicadas con un entusiasmo que levanta al magnánimo por encima de los hombres comunes a los cuales supera sin despreciar, ya que la m. no es contraria a la humildad. 2. Virtud cristiana. - La m. puede ser virtud natural, inspirada en motivos puramente humanos, y virtud sobrenatural, fundada en motivos de religión y de fe. De ésta es de la que en particular queremos hablar.
Consiste en la prontitud de ánimo para ejercitar los grandes actos de virtud, dignos de honor ante Dios y por lo tanto deseables. El cristiano magnánimo, en efecto, se cuida muy poco de los honores humanos en sí mismos, ya que lo que él lleva en su corazón son las grandes virtudes y las grandes obras, justamente consideradas como dignas de honor. ¿Y dónde, fuera de Dios, se puede encontrar con seguridad la justa valoración de las acciones humanas? He aquí por qué el verdadero magnánimo cristiano no da gran importancia al honor que recibe de los hombres, sino sólo al que espera que ha de merecer ante Dios (cfr. Pesch, Prael. Dogm., t. IX, Friburgo, 1911, n. 76, p. 31). Como cristianos la m. es una virtud que nos pertenece por deber y casi diría por necesidad instintiva, sugerida y alimentada por nuestra fe. Sed perfectos, dice Jesucristo, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mat., 5, 48). La m., no siendo más que la tendencia general a lo que es grande, se aplica igualmente a cualquier campo del bien y de la actividad que el hombre puede realizar, sea en el orden moral, sea en el orden civil e incluso militar, cuando despreciando las cosas caducas se inclina o dirige a sí mismo para obrar obras grandes y heroicas, 3. M. y humildad. - No es falta de humildad el alimentar grandes y nobles sentimientos o aspirar a un alto grado de santidad. Tampoco es signo de falta de humildad emprender cosas grandes y arduas o empresas difíciles por la gloria de Dios.
El hombre magnánimo más que el honor ansia el mérito y el bien que conduce al honor: el magnánimo tiene por fin el bien y la acción grande y virtuosa. El magnánimo así como no se complace desordenadamente en los honores, aunque sean merecidos, asi tampoco se inquieta por los deshonores no merecidos; y precisamente porque sabe que no los ha merecido se muestra tranquilo y sereno incluso en medio de las injurias, y no pierde por esto su paz interior y en las alas de la m. se eleva hasta no preocuparse de los desprecios (cfr. Sum. Theol., II-II, q. 129. a. 2). Es grande en la sombra y en la oscuridad inmerecida, como lo fue en el esplendor de la gloria merecida. El soberbio es esclavo del honor, mientras que el magnánimo está por encima del honor. Se puede ser magnánimo sin ser soberbio: más aún, no se puede ser magnánimo en sentido cristiano, sin ser profundamente humilde: porque el magnánimo que es grande en todo, debe ser grande también en la humildad.
4. Vicios contrarlos a la m. - De dos modos se puede pecar contra la virtud de la m.: por exceso y por defecto. A) Por exceso se puede pecar: a) por presunción, que es un deseo desordenado de presumir de las fuerzas propias y como una excesiva confianza en sí mismo; b) por ambición, que es un deseo desordenado de los honores en sí y por s í; c) por la vanagloria en la busca de la fama y de los honores ante los hombres. Estos pecados de suyo son veniales; pero pueden convertirse en mortales en circunstancias particulares o por el desorden que pueden producir. Así, p.
ej., si uno acepta un cargo por sólo la ambición, aun reconociendo su incapacidad física o moral. B) Por defecto se opone a la m. la pusilanimidad, la cual no es otra cosa que una inclinación a rehusar todo lo que parece grande, difícil u honorable por una mal entendida humildad. El pusilánime ve siempre y en todas partes dificultades, lo considera todo imposible y se aparta con facilidad de las dificultades. Este defecto es frecuentemente una falsa humildad y una forma de orgullo oculto (cfr. Sum. Theol.. II-H, q. 133, a. 1). Este defecto puede ser también una forma de debilidad de carácter o de enfermedad física, por la cual uno no sabe reaccionar sobre sí mismo. Este defecto o pecado por su naturaleza es venial, pero puede llegar a ser mortal si uno se retrae de observar un precepto grave por sólo la incomodidad que ocasiona a la naturaleza humana. Tar.
Bibliografía
Bibliografía
Sum. Theol., II-II, q. 130-133 G.
J. Waffelaert, De prudentia, fortitudine et temperantia, Brugis, 1869, c. III, p. 81-98
A. Tanquerey, Compendio de teología ascética, París, 1930. n. 1083
P. Lumbreras. De fortitudine et temperantia, Roma, 1939, n. 58 ss.