Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

MAGIA

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1. Concepto. - Los magos (del griego μάγοι) constituían, como narra Herodoto, una de las seis tribus - acaso la de los sacerdotes- en las que estaba repartido el pueblo de los medas. En el mundo clásico los magos fueron confundidos con los sacerdotes de la religión babilónica, entregados específicamente al estudio de las ciencias naturales y a las prácticas de la astronomía (los tres «Reyes Magos» del Evangelio de San Mateo [II, 1] parece que reflejan esta tradición secundaria babilónica). Desde entonces el término mago pasó a significar en occidente un taumaturgo o cultivador de la m.: con este último término se designó primero la doctrina o arte de los magos y más tarde el conjunto de operaciones realizadas en virtud de poderes ocultos. Según que la obra del mago se dirigiera a obras de bien (preparación de medicinas, terapia con medios y ritos apotropaicos, etc.) o al estudio de la naturaleza y de sus fuerzas misteriosas, o también a producir algún daño al prójimo (con fórmulas, gestos o diversos procedimientos secretos a fin de dañar a un enemigo o a sus parientes), se habló y se habla todavía de m. blanca o de m.

negra: con este último término (y con su casi sinónimo brujería) los escritores cristianos entendieron y entienden de un modo especial el arte de entrar en relación con los espíritus infernales a consecuencia de un pacto establecido con ellos y de servirse de su cooperación para producir fenómenos de orden preternatural; mientras que el término de m. blanca se dio también (si bien con menos propiedad y con cierto aspecto burlesco) para denotar la habilidad de los prestidigitadores de sus juegos sorprendentes y maravillosos producidos con medios físicos y químicos que no tienen nada de sobrenatural. En la Edad Media la m. tuvo un gran desarrollo y todavía más acaso durante el Renacimiento, al reavivarse algunos mitos paganos. Entonces se llegó a calificar de magos y brujos a personas totalmente inmunes de la m. negra, pero que eran juzgadas como tales, bien porque se habían entregado a especulaciones científicas, bien porque habían declarado que lo eran, forzados por sugestiones morbosas de carácter histérico o psicasténico. Así surgieron los famosos procesos de brujas, en torno de los cuales se ha novelado y exagerado muchísimo. Algunos autores modernos han acusado a la Iglesia como actora y como principal responsable de estas sanciones, a menudo inicuas, que hasta el siglo XVIII se tomaron contra la brujería, verdadera o presunta; pero en realidad si los Pontífices u Obispos no se cansaban de condenar la m.

negra y de exhortar a sus adeptos la retractación y abandono de sus prácticas, la Iglesia se levantó muchas veces contra las sanciones inhumanas, que las autoridades civiles establecían contra brujos reales y supuestos, y trató de moderar los procedimientos bárbaros e ilógicos usados contra ellos. Prueba de esto es que en Roma no hubo nunca ninguna verdadera y propia persecución y que - por el contrario- en los países luteranos y calvinistas los procesos de brujería fueron muy frecuentes y concluían con los tormentos más atroces. Se ha acusado también a la Iglesia de demásiada credulidad en admitir fenómenos de m. y a este propósito se recuerda sobre todo la bula Summis desiderantes de Inocencio VIII (5 diciembre 1484). Es cierto que esta bula parece admitir muchos casos y crímenes de la m.; pero se ha de observar que el Sumo Pontífice afirma tan sólo que estos hechos le habían sido referidos, pero no se pronuncia por el lado doctrinal sobre el valor de los mismos hechos, mas aún, nótase en el el celo de alejar a los fieles del peligro de la superstición.

2. Folklore. - En las creencias populares las brujas, los magos y los hechiceros son concebidos generalmente como seres humanos nacidos en contingencias particulares, señalados por un rabillo en la nuca o en la base de la espalda, capaces de transformarse en perros, gatos o carneros negros; pueden también convertirse en brujos los que cometen algún grave sacrilegio. Brujos y brujas se reúnen todos los sabados en conciliábulos nocturnos; cabalgan sobre escobas o sobre diablos en forma de cabra;

traman continuas insidias y maleficios contra los animales domésticos y los niños. Créese que se puede uno librar de las brujas poniendo la escoba detrás de la puerta de casa, echando todos los sábados en el fuego un puñado de sal, recitando especiales conjuros, etc. Estas creencias, evidentemente, son parto de la fantasía; los actos que se realizan en esa supuesta defensa son actos de superstición, pero difícilmente constituyen pecado grave, dada la gran ignorancia, que a menudo es el motivo principal.

3. R e la c io n e s de la m. con la c ie n c ia y con la r e lig ió n. - ¿Cuál es la posición de la m. frente a la religión y a la ciencia? La respuesta nos la dan los estudios etnológicos. La m. no es una ciencia, sino una seudociencia (cuando no hay intervención diabólica), basada en asociaciones sofísticas de ideas que persisten sobre todo en el vulgo. El mago, el hechicero, cree o finge creer que si él emplea oportunamente las reglas de su arte debe seguirse infaliblemente el efecto deseado: aquí está la analogía entre la concepción mágica y la científica. Pero la m. difiere de la ciencia porque no se preocupa nunca de examinar sus posiciones, de considerar seriamente su sistema, de modificar en lo más mínimo el patrimonio técnico adquirido ab antiquo, y además se obstina en la interpretación errónea de aquellas dos leyes fundamentales de asociación de ideas que son la asociación por símilitud (m. imitativa) y la asociación por contigüidad (m. contagiosa). En cuanto a las relaciones entre m.

y religión éstas son más frecuentes en los pueblos menos avanzados y en las religiones no monoteístas; aquí los ritos mecánicos de la m. se confunden con frecuencia con el ritual religioso. Por lo demás se puede observar con frecuencia en el vulgo de las naciones civilizadas la consistencia de la m. atenuada que toma el nombre de superstición (v.) con sus números faustos e infaustos, sus amuletos contra el mal de ojo, etc. Cuanto más se aleja el concepto de Dios, más se nublan las formas del culto y más fácilmente se cae en la superstición. La m., cuando no es un engaño, es una corrupción de la religión, en cuanto que se presta a poderes demoníacos el culto debido a solo Dios.

5. Consideraciones finales. - No obstante los progresos científicos y la evolución del pensamiento y de las costumbres, la m. no ha desaparecido todavía ni siquiera en las clases superiores de las naciones civilizadas. De hecho sobrevive, si bien en un tono menor, en muchas manifestaciones supersticiosas que es superfluo señalar dada su notoriedad; y sobrevive igualmente en la doctrina y en la práctica del ocultismo (véase Metapsíquica). Sus adeptos, por lo demás, presentan generalmente manifestaciones de orden psiconeurótico (histerismo, psicastenia, etc.). Todos los sabios católicos se muestran conformes acerca de la m. Indudablemente pueden existir maleficios obrados por las potencias diabólicas, contra las cuales instituyó la Iglesia los exorcismos. Pero para admitirlos en concreto conviene tener mucha prudencia, ya que la credulidad y las trampas son incalculables.

A menudo no se trata más que de supersticiones triviales o de trucos de charlatanes que llegan a impresionar a necios ignorantes: todo esto está llamado a desaparecer por efecto de una sana educación fundada en los verdaderos principios religiosos y morales. Pero no se ha de olvidar que muchos de los llamados maleficios y sortilegios pueden depender en realidad de acciones, sugestiones, ilusiones y falsas interpretaciones de mentes desequilibradas, excesivamente impresionables: en este caso la intervención de un médico experto se hace necesaria para aclarar los hechos y darles su valor justo de manifestaciones de orden psiconeurótico. Que este juicio crítico responde a una realidad se deduce de la reducción progresiva de los casos de maleficios supuestos, a medida que van mejorando las condiciones culturales y sanitarias de los pueblos civilizados. Riz.

Bibliografía

Bibliografía

R. Corso, Streghe e stregoneria, en EI, XXXII, 641 Frate Fuoco, Occultismo, Alba, 1941
R. Pettazzoni, Magi, en EI, XXI, 893
N. Turchi, Magi, Ibíd., p. 893
L. Gardette, Magie, en DTC, IX, 1510-27 C.
M. Heredia, Los fraudes espiritistas y los fenómenos metapsíquicos, Barcelona, 1946.

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