Diccionario de Teología Moral

Pietro Palazzini (Pal.)

INTERCESIÓN

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1. Noción. - Es la intervención de una criatura ante Dios para presentarle las condiciones y súplicas de otras criaturas e invocar en favor de ellas los favores celestiales. La i. puede explicarse sólo en favor de las criaturas, que son viadoras en la tierra, esto es, de aquellos que no han alcanzado el estado inmutable de sus relaciones con Dios. Quedan, por lo tanto, excluidos los bienaventurados del cielo (que sin embargo pueden hacer el oficio de intercesores) y los condenados del infierno. La i. puede ser sólo impetratoria, si consiste en una oración de petición; sólo satisfactoria si se expresa en la ofrenda de obras meritorias y satisfactorias; o juntamente impetratoria y satisfactoria.

2. La i. en la ordenación divina. - Dios ve las necesidades de sus criaturas y por lo tanto pudiera proveer directamente, pero su divina sabiduría se complace en comunicarnos sus dones por medio de intermediario. En sentido propio el único mediador entre las criaturas y Dios es Jesucristo, el Hombre Dios: Él tiene ante Dios un poder de i. de infinita extensión y eficacia, porque mereció toda gracia en fuerza de estricta justicia (Mat., 11, 27; Jn., 14, 6; Rom., 5, 1; 12, 24, etc.). Toda otra i. se ha de entender como subordinada y su eficacia proviene de aquélla. Por esta razón en la liturgia toda oración se hace siempre «por Cristo Nuestro Señor», sumo sacerdote entre Dios y los hombres (Hebr., 4, 14-15), Redentor universal mediante el sacrificio de su sangre (Hebr., 9, 11-28; Rom., 3, 25 ss.; Efes., 1, 7, etc.), siempre vivo para interceder por sus criaturas. La i. impetratoria y satisfactoria de los vivos por los otros vivos es dogma de fe, propuesto por el magisterio ordinario de la Iglesia y atestiguado además por la Sda. Escritura (Éx., 32, 11-14; Núm., 14, 13-20; I Sam., 7, 8 ss.; A. A., 7, 60; 12, 5, etc.).

Es igualmente dogma de fe la eficacia de la i. impetratoria y satisfactoria de los vivos en favor de las almas del purgatorio (Denz. 464, 603), mediante todo género de sufragios (Sta. Misa, oraciones, limosnas, comuniones, indulgencias, etc.). En cambio, es sentencia común, con la cual concuerda la práctica de los cristianos, que las almas del purgatorio pueden ejercitar la i. impetratoria en favor de los vivos. Sin embargo, la eficacia de su i. no puede equipararse a la de los santos.

3. I. de los santos. - Es la oración de los santos dirigida a Cristo mediador para presentarle nuestras condiciones y nuestras súplicas e invocar sobre nosotros los favores celestiales. Después de Jesucristo, el gran Mediador entre Dios y los hombres, descuella sobre los ángeles y sobre los santos la Virgen Sma., mediadora de todas las gracias; después de ella vienen los ángeles y los santos. «Los santos que viven con Cristo ofrecen a Dios las oraciones de los fieles y por esto es conveniente y útil invocar su intercesión.» Con estas expresiones el Conc. de Trento toma la defensa de la práctica antigua del culto de los santos en la Iglesia y declara que son impíos los que rechazan el culto de los santos y lo llaman insensato (Denz. 984; cfr. Professio fidei , Trid., en Denz. 998).

Además, estas palabras precisan las relaciones entre la Iglesia militante de la tierra y la Iglesia triunfante del cielo: los santos ruegan por los fieles que están aún en la tierra y éstos honran e invocan a los santos. Nosotros no honramos a los santos con un culto supremo de adoración, sino con un culto subordinado (veneración), el culto de dulía.

Veneramos a los santos con un culto verdadero y en sí mismos, pero a causa de los dones que Dios les ha conferido. Por este motivo este culto o veneración vuelve finalmente a Dios, quien los hace dignos de veneración por los dones sobrenaturales de la gracia. La acusación que se nos hace de adorar a los santos (hagiolatría) es no sólo insostenible, sino también insensata. La invocación de los santos se funda directamente en la unión de los santos con Dios y en el interés que ellos tienen por la difusión de su reino sobre la tierra. Por lo tanto, la oposición de los protestantes al culto y a la invocación de los santos es sin motivo y contradictoria. No se pueden citar textos directos de la Escritura referentes al culto de los santos. Pero se encuentran alusiones y huellas en gran número. Ya el Antiguo Testamento habla con gran respeto de los Patriarcas y de los Padres. «Su nombre vive de generación en generación y los pueblos celebran su origen» (Ecli., 44, 14-15). Sirach nos presenta toda una serie de figuras santas (Ecli., 44-50). El Catecismo Romano se apoya fundadamente en estos textos (Parte III, c. 2, q. 12).

Se dice del gran Padre Onías y del Profeta Jeremías, muertos los dos, que aman a sus hermanos que aún permanecen en la tierra y ruegan mucho por el pueblo y la ciudad santa (cfr. II Mac., 15, 12-14). Ni Jesús ni los Apóstoles nos han dado instrucciones sobre el culto de los santos. Pero Jesús habla con gran veneración de Moisés (Mat., 23, 2 ss.; Marc., 7, 10; 3, 12, 26; Jn., 5, 45-46; 7, 23), de David (Mat., 22, 42-43), de tres Patriarcas (Mat., 8, 11; 22, 32; Luc., 16, 22) y supone que todos ellos están unidos con el Dios viviente (Mat., 22, 32). El «seno de Abraham» es para él, como para su tiempo, un lugar de paz (Luc., 16, 22). Los apóstoles presentan frecuentemente como modelos morales a Abraham (Rom., 4; Gal., 3; Sant., 2, 21), a Noé (II Ped., 2, 5), a Job (Sant., 11) y a los Santos de la epístola a los hebreos (Hebr., 11).

4. Obligación de la invocación de los santos. - (v. Santos). Pal.

Bibliografía

J. Chiesa, La Communione dei Santi , Alba, 1929
J. Muscat, De virtute satisfactoria operum bonorum in ordine ad alios , en Divus Thomas (Piacenza), 3.ª serie, 14 (1931), 225-254, 329-349 M.
J. Gerlaud, L’intercession des Saints , París, 1925 J.
D. Walz, Die Fürbitte der Heiligen , Friburg i. Br., 1927; id., Die Fürbitte der Armen Seelen , Bamberg, 1933.

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