Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

HUMILDAD

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1. Naturaleza. - Nuestras aptitudes son siempre muy limitadas y en comparación con la infinita grandeza de Dios son verdaderamente nada. Todo lo que hay de bueno en nosotros es por otra parte obra de Dios (I Cor., 4, 7), que nos creó de la nada y nos conserva cada instante en la existencia: nosotros por lo tanto no somos sino propiedad de Dios.

Además en todo momento tenemos necesidad de la moción de Dios para poder obrar y sin la gracia del Señor somos incapaces de poner aunque sea la más mínima acción que tenga algún valor para la vida eterna (I Cor., 12, 13; II Cor., 3, 5). Sólo hay una cosa que es obra y propiedad exclusiva nuestra: el pecado, que a la luz de Dios aparece lo que es en realidad, rebelión, ingratitud, cosa inferior a la nada, como el error es siempre inferior a la simple ausencia de conocimiento. La h. consiste en sentir, de conformidad con esta realidad, bajamente de sí mismo. San Bernardo define la humildad: la virtud por la cual el hombre, conociendo plenamente lo que es, se tiene por vil ( De gradibus humilitatis et superbiae , c.

I, n. 2; PL, 182, 965), y Santo Tomás: la virtud por la cual el hombre considerando sus deficiencias, se tiene en poco, conforme a la realidad ( Sum. Theol. , II-II, q. 101, a. 1, ad 1). La h. es esencialmente un acto o una disposición de la voluntad en cuya base se encuentra una exacta valoración de nosotros mismos, vistos sin ilusiones ni engaños, a la luz de Dios; la h. se alimenta en la conciencia de nuestra total dependencia de Dios, de nuestra extrema pequeñez frente a Dios, de nuestra inclinación al pecado y de nuestras culpas. De todo esto se sigue que la h. no es de ninguna forma una disminución de la dignidad humana, o un vilipendio de las cualidades o aptitudes propias, sino una verdad plena en relación con nosotros mismos. La h. es totalmente compatible con el uso de los talentos recibidos de Dios y con la magnanimidad que nos hace tender con la ayuda de Dios a cosas grandes; es también compatible con la reivindicación justa de la estima y del honor que convienen a la persona por sí o por el oficio que ocupa, como lo demuestra la actitud del Divino Redentor (Jn., 18, 22 s.), y la de San Pablo (A. A., 16, 36 ss.). 2.

Efectos. - La h. es la inspiradora de la verdad total y escueta en las relaciones del hombre con Dios y con los que le representan: el humilde se muestra lleno de reverencia para con Dios; se sujeta, incluso en las cosas difíciles, a la voluntad del Señor y de sus superiores; no pretende más que lo que ha recibido de Dios; cuando ha hecho todo lo que estaba en su mano no se ilusiona creyendo haber obrado cosas extraordinarias de donde sacar motivo de orgullo y de presunción, sino que reconoce no haber hecho más que su deber frente a Dios, usando las gracias que él le ha conferido. De la h. brota también la rectitud frente al prójimo. El humilde no encuentra placer en considerar los defectos de los demás y en hablar de ellos. No se eleva en su propia estima sobre los demás, los cuales pueden tener muchas cualidades ignoradas por nosotros y sus intenciones nos son desconocidas, lo mismo que nos es desconocida la medida de la gracia que Dios les ha dado.

No es por lo tanto disparatado juzgar que, incluso aquellos que parecen menos buenos, si hubieran recibido todas las ayudas que Dios nos ha dado a nosotros, serían mejores que nosotros; teniendo esto presente los santos se creen sinceramente los últimos de todos los hombres. El que es humilde no trata de plegar a los demás a todos sus puntos de vista y a todos sus deseos; se alegra de las cualidades del prójimo y del bien obrado por él; está lleno de condescendencia para con todos. De la h. se sigue también una gran reserva en la conducta propia. El que es verdaderamente humilde no trata de manifestar sus propias dotes y acciones para ser alabado por ellas, ni de ser estimado por lo que no es; reconoce sus propios defectos y se contenta con lo que es menos cómodo y agradable; huyendo las singularidades habla con sobriedad y gravedad, es modesto en la mirada, en el porte de su persona y en todos sus movimientos.

3. Pecados contrarios. - No siendo la h. otra cosa que la verdad, es obligatoria para todos. Se peca por exceso contra la h. con la soberbia (v. Soberbia). Por defecto se falta a la h. negando el bien que existe en nosotros o imputándonos falsamente el mal, así como aplicándose a cosas viles con injuria de las dotes propias o del propio oficio. Este envilecimiento desordenado de sí mismo es de suyo pecado venial; puede, sin embargo, ser culpa mortal cuando causa un daño grave que se ha de evitar por caridad o por justicia.

4. Excelencia y medios. - La h. aleja el mayor obstáculo de la salvación humana, a saber, la soberbia: por lo que se llama fundamento de la vida espiritual. Los medios para adquirir y desarrollar la verdadera h. son: la consideración de sí mismo a la luz de Dios; la consideración de los ejemplos de Ntro. Divino Salvador; la represión inmediata y enérgica de cualquier movimiento de soberbia no deliberado. Man.

Bibliografía

E. Janvier, Esposizione della morale cattolica , vol. XII, Torino, 1939, p. 35-61
A. Tanquerey, Compendio de teología ascética y mística , París, 1930, n. 1127-1163
R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior , Buenos Aires, 1944, p. 670 ss.
V. Cathrein, L’umiltà cristiana , Brescia, 1931
F. Maucourant, Prueba religiosa sobre la humildad , Bilbao-Madrid, 1948
J. Maury, El jardincillo de los humildes , Barcelona, 1945.

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