HOSPITAL
1. Historia. - Este término, de origen latino ( hospitalia eran las cámaras destinadas en tiempo de los romanos a los huéspedes), sustituyó hacia el s. VIII p. C. la voz griega con que se designaban los refugios destinados a los peregrinos y sólo más tarde tomó el significado corriente de lugar de cura para los enfermos. Afín al mismo es el término de origen griego nosocomio ( nosos = enfermedad, y komeo = curo), hoy menos usado. Si bien ha sido determinada la existencia de hospitales ya en la edad precristiana, se trataba de instituciones esporádicas, sugeridas por la ambición de algún monarca o por algún fin práctico (como fueron los hospitales militares construidos por los romanos); faltábales el espíritu caritativo, propio de la ética cristiana, que inspiró la construcción de muchísimos hospitales para la realización de las obras de misericordia predicadas por Jesús y ampliamente realizadas por la Iglesia.
Hemos de añadir que en los primeros tiempos del cristianismo los enfermos pobres eran socorridos y hospedados en las casas de los obispos, los diáconos y los fieles pudientes; sólo más tarde, cuando por obra de Constantino el Grande cesó la era de las persecuciones, se pudieron fundar verdaderos y propios xenodoquios, precursores lejanos de nuestros hospitales, que cumplían la misión de hospedar a los peregrinos necesitados y socorrerles en sus eventuales enfermedades. San Basilio y San Juan Crisóstomo, pocos decenios después del edicto de Constantino, tuvieron buen cuidado de hacer construir no sólo grandes xenodoquios, sino también otros edificios (leprosarios y nosocomios) para el tratamiento de los leprosos y de los demás enfermos, de manera que se puede decir que fueron los precursores de una gloriosa tradición hospitalaria que se extendió rápidamente del oriente cristiano al occidente por obra principalmente de San Jerónimo.
Desde entonces, a través de toda la Edad Media, fueron surgiendo por todas partes xenodoquios y nosocomios, de ordinario en las cercanías de las catedrales, pías instituciones favorecidas, socorridas y protegidas por los obispos; otros xenodoquios que realizaban también y cada vez más las funciones y caracteres de los hospitales modernos fueron erigidos junto a los monasterios. En aquellos siglos nacieron y prosperaron igualmente numerosas órdenes hospitalarias —militares y religiosas— dedicadas a la asistencia de los enfermos: recordemos los Hierosolimitanos, los Teutónicos, los Crucíferos, los Trinitarios y la Orden del Santo Espíritu. Cuando Inocencio III en 1198, al comienzo de su pontificado, decretó la erección de un gran hospital —capaz para trescientas camas y provisto de locales para la asistencia de mil pobres, a los que diariamente se había de alimentar— llamó a dirigir este nuevo instituto a la Orden del Espíritu Santo (creada poco antes en Francia por Guido de Montpellier). Desde entonces los Hermanos Enfermeros del Espíritu Santo se difundieron por todo el mundo cristiano.
En los primeros siglos de la Edad Moderna, por obra especialmente de San Juan de Dios en España y de San Camilo de Lelis en Italia, fue mejorando la asistencia hospitalaria lo mismo que el servicio médico, tanto que a partir del s. XVII los mayores hospitales se convirtieron en verdaderas escuelas de medicina y cirugía: primeros embriones de las futuras clínicas universitarias. Entretanto, los trastornos politicorreligiosos que agitaron a Europa a partir del s. XVI modificaron las formas tradicionales de la beneficencia y se fue instituyendo el principio de la asistencia del Estado: principio que se afirmó con la revolución francesa y el industrialismo. Los mismos hospitales se transformaron y de instituto de tipo puramente caritativo se convirtieron casi en todas partes en instituciones públicas, subsidiadas y controladas, según los casos, por los municipios, las provincias o el Estado.
2. Consideraciones morales. - Los datos que preceden no son ciertamente suficientes para ilustrar la larga historia de los hospitales. Sin embargo, juzgamos que no es éste el lugar para un tratado completo de este asunto que debe interesarnos especialmente en sus aspectos éticos. Bajo este último aspecto nos parece necesario precisar que si de muchas partes se levantan voces autorizadísimas en favor de más apoyo y dotación científica a los hospitales, la modernización de su organización sanitaria y administrativa, el mejoramiento cultural de médicos y otras muchas cosas muy útiles, no es menos importante —más aún, se ha de juzgar de primer orden— la necesidad de potenciar su función caritativa: sea procurando aumentar el número de camas gratuitas o semigratuitas (que en todas partes escasean), sea mejorando lo que hoy se define el respeto a la personalidad humana. El primer asunto es preferentemente economicofinanciero. De todos modos se trata de un problema urgente y grave cuya importancia trasciende las ventajas del individuo.
Dada la notable reducción de la riqueza familiar, la estancia en un hospital o sanatorio se ha convertido en un lujo para todos los que no pudiendo beneficiarse de la asistencia mutualista o del seguro se han de enfrentar con su costo. Por otra parte, las curas a domicilio suelen ser incompletas y a veces implican un grave daño para la higiene de la colectividad; de manera que hasta ahora todos admiten que los hospitales se han de preferir a los tratamientos en familia, sea por razones higienicoprofilácticas generales, sea por los mismos fines curativos del individuo. En cuanto al respeto por la persona del enfermo, todos los que estudian la asistencia hospitalaria concuerdan en reconocer que ha ido descendiendo y que se impone una verdadera reforma de las costumbres hospitalarias. Este escaso respeto se pone de relieve desde el ingreso del enfermo en el hospital, y es más evidente en los nosocomios no servidos por monjas. La historia clínica se hace a menudo apresuradamente o sin la prudente discreción, necesaria sobre todo cuando como ocurre de ordinario se redacta en una sala u oficina llena de gente.
Los exámenes se repiten sin necesidad real y a veces se realizan en el enfermo experimentos peligrosos a título de curiosidad científica. En una palabra, el enfermo es considerado como un caso, o a lo más como un buen caso, y no como una persona con sus exigencias espirituales, sus penas interiores, su propio pudor; y si muchos tienen cuidado de hacer un diagnóstico brillante o de proporcionar un tratamiento racional, son muy pocos los que se interesan por sus preocupaciones personales y familiares. La promiscuidad en las salas es excesiva y no rara vez moralmente peligrosa; guiado sólo por el criterio del espacio, o a lo más por el nosológico, ocurre a menudo que el personal coloca a un joven junto a un viejo vicioso o a una muchacha entre mujeres de moralidad dudosa. Los servicios higiénicos suelen ser en común; faltan salas de descanso o de juego; faltan bibliotecas circulantes; a veces no existe ni siquiera una mesita o caja donde el enfermo pueda conservar el recuerdo de un visitante, un libro, una imagen o fotografía: todo esto humilla y ofende al enfermo, aunque sea pobre, sobre todo si vivió tiempos mejores y todavía conserva cierto sentido de decoro personal.
A los enfermos crónicos se les hace sentir con demasiada evidencia que son simplemente una carga y se busca cualquier pretexto para despedirlos, siendo siempre el número de camas destinadas a ellos inferior a las que se necesitan; el mismo motivo induce a veces a abreviar las estancias de los casos agudos. No siempre en caso de agravarse se avisa a los familiares ni se procura que el enfermo reciba a tiempo los últimos sacramentos y éstos a menudo son administrados con muy poco decoro. A los parientes de los enfermos no se les da casi nunca cuenta ni noticia sobre la naturaleza y curso de la enfermedad o sugerencias para un desarrollo mejor de la convalecencia.
Finalmente, se descuida el control del personal de servicio, aunque sea cosa sabida que abusa de los enfermos, los descuida a menudo y llega a maltratarlos. ¿Cuáles son los remedios para conseguir nuevamente el respeto a la personalidad de los enfermos? Indudablemente la solución del problema tiene un importante aspecto de orden financiero.
Aumentando el número y la capacidad de los hospitales, mejorando sensiblemente las condiciones económicas de los médicos (y librándolos así del refugio de las visitas privadas hoy indispensables, dados los estipendios que les corresponden en la administración hospitalaria), retribuyendo mejor al personal enfermero y de servicio (que de esta manera podrá ser reclutado con más selección y del cual se podrá pretender mejor rendimiento en todos los aspectos), la moralización hospitalaria habrá dado indudablemente un gran paso hacia la perfección.
Sin embargo, hemos de convenir que no es siempre y solamente cuestión de medios financieros: conviene sobre todo elevar el nivel moral. Una colaboración más estrecha entre médicos, asistentes sociales y familias de los enfermos para comprender mejor las necesidades de estos últimos y para guiarlos en su convalecencia no es tanto cuestión de dinero como de método. Nada cuesta además —y puede hacer muchísimo bien— un consejo, una palabra buena, un gesto consolador, una sonrisa.
Nada cuesta igualmente tratar al enfermo con mayor respeto por su individualidad psíquica, más aún, esto llega a ser un beneficio para la curación de los mismos males físicos. Dirigentes, médicos y enfermeros o enfermeras deben, en una palabra, recordar que la asistencia hospitalaria no es sólo terapéutica, sino también caritativa en la más amplia acepción del término; y que para ayudar y curar a las criaturas conviene comprenderlas, y para comprenderlas amarlas. Sólo así, teniendo presentes los orígenes de los xenodoquios y de los nosocomios, nuestros hospitales volverán a ser los faros de amor de un tiempo con indudable ventaja, incluso en el aspecto curativo y en el progreso científico. Riz.
Bibliografía
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S. Montserrat Figueras, Las actividades médico-castrenses de la ínclita Orden Hospitalaria de San Juan de Dios , Madrid, 1950.