Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

ESPERANZA

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1. Naturaleza. - La e. en general es un acto de la voluntad que confía alcanzar un bien amado y deseado, difícil de conseguir, pero que se juzga alcanzable. La e. teologal es el acto de la voluntad que confía obtener la vida eterna y los medios para conseguirla; presupone necesariamente el amor a Dios en cuanto objeto que poseído por nosotros nos hace plenamente perfectos y felices, y el deseo de conseguir la eterna bienaventuranza: actos que pueden ser realizados incluso por los que no esperan. Tiene por objeto form al, o sea, por motivo, a Dios en cuanto puede y qu iere,ayudar; esto es, la omnipotencia auxiliadora de Dios, infinitamente bueno para nosotros y fiel a sus promesas.

Sin embargo» el Señor para llevarnos a la bienaventuranza tiene consideración con ciertas cosas que son los motivos secundarios y subordinados de nuestra e., a saber: los méritos infinitos de Jesucristo, los méritos y súplicas de María Sma., mediadora de todas las gracias, de los Santos, nuestras obras meritorias.

El objeto material prim ario de la e. es la vida eterna: Dios mismo, objeto de contemplación inmediata, así como la visión de Dios, que pone al hombre en posesión perfecta del Bien infinito, y la indecible bienaventuranza unida con ella. El objeto material secundario de la e. son los auxilios necesarios o útiles para alcanzar la vida eterna, comprende las gracias prevenientes, externas e internas, y las gracias eficaces (v. Gracia). La e. teologal y los actos que la preceden, aunque no tengan un carácter del todo desinresado, no son sin embargo reprensibles ni incompatibles con el estado de perfección aquí en la tie rra; son actos sobrenaturales, meritorios en los que viven en gracia.

2. N e c e s id a d. - La e. es necesaria para no decaer en el esfuerzo, sin el cual no se alcanza la salvación eterna, y para disponerse debidamente a la justificación (Conc. de Trento, Denz. n. 798). Existe la obligación de esperar en Dios, apenas se alcanza la edad de la discreción, al fin de la vida, e incluso varias veces en el decurso de un año; se debe esperar además cuando es necesario para vencer una tentación grave contra la e. o contra otra virtud, cuando el cumplimiento de un precepto requiere la e., y después de haberse hecho culpable de desesperación. El que ora y en general cumple fielmente con sus obligaciones religiosas, ejercita al menos implícitamente también la e., y puede de este modo satisfacer al precepto de hacer actos de esperanza; conviene sin embargo hacer a menudo, más aún, todos los días, actos formales de e. Se ha de esperar en Dios sin vacilación ni duda ninguna; la e., sin embargo» puede ir creciendo cada vez más en firmeza, o sea, en intensidad.

3. P e c a d o s o p u e s t o s. - Se puede pecar contra la e. teologal: por omisión, no realizando actos de esperanza, ni siquiera de modo implícito, cuando la e. es obligatoria, y por presunción o por desesperación (v. estas voces). Se peca también contra la e. rechazando a Dios como fin últim o: esta aversión es siempre un pecado muy grave. La pusilanimidad y la adhesión excesiva a los bienes de la tierra disponen a faltar contra la e.: la culpa bajo este aspecto es más o menos grave según el pecado cometido.

4. C o r o la r io s p r á c t ic o s. - El Señor da a todos gracias suficientes para salvarse. Sin embargo, a medida que el hombre está más profundamente convencido de su propia insuficiencia y debilidad, que espera más firmemente en Dios y que implora con mayor confianza la ayuda del Señor, recibe también gracias más abundantes. La e., aun la más firme, no da la certeza absoluta de conseguir la bienaventuranza eterna, ya que la voluntad puede desfallecer, resistiendo a las gracias prevenientes del Señor. Con la e. debe ir unido por lo tanto un temor moderado, muy saludable. Man.

Bibliografía

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