DEMONIO
Fuente del mal moral. - En la Sda. Escritura y en toda la tradición cristiana el d. se considera como el gran antagonista de Dios y de todo bien, el principio de mal moral (Sab., 2, 24); su reino está en continuo conflicto con el reino de Dios, al cual trata incesantemente de producir el mayor daño posible, sembrando la cizaña, destruyendo la obra de la gracia, combatiendo abiertamente o en secreto (Mat., 12, 22; 13, 39; 16, 18; Jn., 12, 31; Apoc., 12, 7-9; 13, 1-7). El d. determinado inmutablemente al mal después de su propio pecado (I Jn., 3, 8), además de su oposición general contra el reino de Dios trata con acciones particulares de arrastrar a los hombres individualmente al mal, poniendo en obra aquellas facultades espirituales por las cuales es superior al hombre; y usando como medios la triple concupiscencia (I Jn., 2, 16; 5, 19) y nuestra naturaleza corrompida (Jac., 1, 14), es la causa principal de las tentaciones a que el hombre se ve sujeto: él, el tentador desde el principio y por antonomasia (Mat., 4, 3; Jn., 8, 44), nos asedia durante toda nuestra vida hasta el ultimo momento (Mac., 4, 15; Luc., 22, 31; I Ped., 5, 8; Efes., 6, 12; Conc. Trid., sesión XIV, De Extr.
Unct., Proemium ). El d. tienta a veces con medios externos (alucinaciones, apariciones), generalmente, sin embargo, por vía de sugestiones internas, no moviendo directamente el entendimiento o la voluntad, sino obrando indirectamente sobre la fantasía y el apetito sensitivo; son múltiples también los casos en que el d. se ha apoderado del cuerpo mismo de una persona y de sus facultades, pero en estos casos no puede haber cuestión, sino en causa, de verdaderos pecados que él pudiera hacer cometer. Debemos y podemos resistir a las insinuaciones del d. y de su reino, derrotado como está por Jesucristo al precio de su Sangre (v. Tentación del hombre); con nuestra libre voluntad confortada por la gracia podemos vencer las tentaciones, empleando los medios necesarios, especialmente la vigilancia y la oración (I Ped., 5, 9; Sant., 4, 7; I Jn., 2, 14).
2. Objeto de culto. - Siendo su naturaleza y sus facultades superiores a la naturaleza humana y estando rodeada de cierto misterio, el d. puede fácilmente convertirse en objeto de un culto falso, delictivo y sumamente ofensivo a Dios. Este culto puede ser explícito y formal, ya por desprecio y odio a Dios (satanismo, misa diabólica o negra, etc.), sea para implorar su ayuda en algunas dificultades o para obrar falsos milagros (pacto con el d., invocaciones explícitas). A menudo este culto es implícito en cuanto se venera un ser que prácticamente no es sino el d.; o se pretende también hacer cosas que no se pueden ejecutar si no es con su intervención, sin darse cuenta explícitamente de esta realidad (v. Adivinación, Magia, E spiritismo). Dam.
Bibliografía
Sum. Theol., I-II, q. 80
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