CIRUGÍA
1. Generalidades El término de origen griego ( χείρ = mano, y ἔργον = obra) ha sido empleado desde su origen para indicar el tratamiento de algunas lesiones con actos manuales (como reducciones de luxaciones y fracturas, suturas de heridas, etc.). Y hoy mismo designa la rama del arte sanitario que se vale del empleo de la mano sola o armada de instrumentos para la cura de determinadas enfermedades. La c., considerada en otros tiempos como un arte inferior, sin dignidad alguna, ha ido tomando cada vez mayor importancia con el renacimiento y florecimiento de los estudios anatómicos y se ha afirmado definitivamente en el último siglo gracias al descubrimiento de las hemóstasis, de la anestesia (v. Anestésicos) y de los antisépticos y asépticos. Así surge la figura del cirujano moderno: diagnóstico y patólogo, científico y artista. 2. Responsabilidad del cirujano Muchos de los más importantes problemas morales relativos a la c. reflejan la responsabilidad del cirujano: asunto de que se ocupó con gran delicadeza y amor el papa Pío XII en la audiencia concedida a los participantes en el VI Congreso Internacional de Cirugía (v. Osservatore Romano de 23 mayo 1948).
Esta responsabilidad —como llegó a decir el Augusto Orador— se deriva del hecho de que de la obra del cirujano depende la integridad del cuerpo humano, la liberación de los sufrimientos y con frecuencia la misma vida de los enfermos que han de recurrir a él. Trátase, por lo tanto, de una responsabilidad muy grave, la cual se inicia mucho antes de la intervención, desde que el cirujano decide tomar su decisión: acerca de la necesidad o por lo menos la oportunidad de intervenir, acerca de la elección del momento y el método operatorio; responsabilidad que, evidentemente, aumenta cuando la singularidad del caso sugiere la adopción de técnicas nuevas (las cuales, aunque sean peligrosas, no son jamás condenables, siempre que sean puestas cuando de otra forma exista peligro de muerte o cuando con ellas haya más probabilidad de salvar al enfermo: siempre, bien entendido, que se informe del peligro al enfermo y a su familia).
La responsabilidad del cirujano alcanza su momento culminante durante la intervención, cuando el operador ha de obrar con ánimo al mismo tiempo sensible y tranquilo: sensible por la conciencia de que en la carne de los que sufren está Cristo sufriendo, pero imperturbablemente tranquilo porque esta tranquilidad le proporcionará una gran eficacia en su difícil trabajo. «Si os faltase la sensibilidad —decía el Sto. Padre a los congresistas— no haríais más que ejercer un oficio; si os faltase la calma, vuestra turbación, haciendo menos firme vuestra mano, comprometería el éxito de la operación y tal vez la misma vida del paciente. Este drama íntimo a la larga abruma a un hombre de conciencia y de corazón, pero da a vuestra profesión su carácter sagrado.» No cesa la responsabilidad con el fin de la operación: por el contrario continúa durante toda la convalecencia y acaso más allá cuando se presentan imprevistas complicaciones. Cualquiera que sea de todos modos el éxito de la intervención, si el cirujano ha tenido por guía de su trabajo la pericia técnica y la caridad, su responsabilidad estará plenamente a cubierto ante Dios y ante su propia conciencia.
3. Operaciones mutilantes «El principio moral —escribe L. Scremin— es que las partes están ordenadas al todo y que el hombre no tiene sobre su cuerpo y sobre sus miembros pleno dominio, de manera que una mutilación para ser lícita, debe ordenarse al bien del todo y se hace ilícita cuando con ella se pretende suprimir una función natural.» Es lícito, por lo tanto —y altamente meritorio—, ceder un órgano par (un ojo, un lóbulo tiroideo, etc.) a quien tenga necesidad de él, ya que la cesión no perjudica la función específica (visiva, metabólica, etc.) a la cual servía el órgano, ni el donante pretendía privarse de aquella función, sino sólo hacer partícipe de ella caritativamente a un semejante suyo que estaba privado de la misma. Más meritoria será aún la cesión si el donante la hace desinteresadamente. En cuanto al cirujano no es moralmente ilícito el que se haga recompensar equitativamente por aquel que recibe el beneficio de su intervención.
Son igualmente lícitos los bancos de órganos (bancos de huesos, sangre, ojos) que van surgiendo en muchos establecimientos sanitarios con la intención de conservar en perfecta eficiencia los órganos o tejidos donados por algunos individuos con el laudable fin de ayudar a los que necesitan de ellos. Aun la mutilación para conseguir un sexo determinado en los hermafroditas es moralmente lícita, siempre que se disponga y realice con prudencia y pericia con el solo fin de armonizar la estructura somatopsíquica con sus relativas funciones; mientras que no será lícita nunca una operación mutilante, como la vasectomía o deferentectomía en el hombre, o análogas mutilaciones en la mujer, cuando con estos procedimientos se pretende producir la esterilidad (v.). Es igualmente ilícito proceder a mutilaciones o intervenciones quirúrgicas para sustraer a un individuo a los deberes para con su Patria.
4. C. sobre los monstruos Cualquier procedimiento que tienda a matar o apresurar la muerte de los nacidos deformes es moralmente ilícita. En los casos de monstruosidad doble, reunidas, simétricas, o sea, con desarrollo casi igual en ambos individuos, no es lícita la intervención quirúrgica que suprima a uno de ellos para favorecer el desarrollo del otro. No está permitida tampoco la amputación de una cabeza cuando se trate de un monstruo bicéfalo con tronco único. En los casos de monstruosidad doble, reunida, asimétrica (constituida por un autósito bien desarrollado, portador del gemelo incompleto, llamado parásito) la ablación del parásito podrá hacerse sólo cuando este último esté reducido a una masa informe, o consista sólo en algún miembro o también cuando el parásito resulte ciertamente muerto. De otra manera la intervención quirúrgica es ilícita, incluso en el caso de que el parásito sea perjudicial para la vida del autósito.
Los tratados de teratología refieren a propósito de monstruos asimétricos el caso del autósito Lázaro Coloredo, nacido en 1617, que llevaba unido al tórax un parásito, Juan Bautista, con cabeza deforme, miembros rudimentarios y funciones somatopsíquicas reducidas, pero autónomas: la pareja vivió 28 años.
5. Cirugía plástica Es una rama reciente y muy importante de la c. que, sustituyendo tejidos alterados (córneas oculares, trozos óseos o cutáneos, destruidos por fracturas, quemaduras, etc.), trata de eliminar trastornos funcionales y principalmente «de devolver dentro de los límites de la posibilidad humana a un individuo deformado el rostro que recibió de la Divina Providencia, hecho... a imagen y semejanza de Dios» (Manna). Cuando se limitan sus intervenciones a la reparación de los daños o defectos en la presencia física (rinoplastias, operaciones en los labios, reducción de depósitos adiposos, etc., derivados de defectos físicos, de traumatismos o de la edad), la c. plástica toma también el nombre de c. estética. Esta última es evidentemente de peculiar interés para la moral. A este propósito hemos de precisar que consideramos reprobables las intervenciones dirigidas a modificar por frívolos motivos el aspecto del rostro de un individuo, tanto porque equivalen a una mentira, como porque, tratándose de operaciones quirúrgicas, contienen un elemento de riesgo superior a los resultados que se esperan.
Esta reprobación se atenúa cuando dichas intervenciones son solicitadas por artistas de teatro, cine, etc., para los cuales la estética es un factor laboral-lucrativo de gran valor. Si tales intervenciones fueran requeridas, como ocurre con frecuencia, para reparar un defecto grave y deformante del rostro, entonces serían no sólo justificables, sino incluso recomendables.
6. Otras cuestiones morales y jurídicas El error del cirujano (cuando no es causado por una abierta impericia o por una inexcusable distracción, lo cual es prácticamente muy raro), no puede ser castigado; en efecto, depende de un error de diagnóstico o de técnica, ambos inevitables muchas veces por estar ligados exclusivamente a las imperfecciones de la naturaleza humana.
Por otra parte se comprende que si las desgracias operatorias fuesen perseguibles el cirujano ejecutaría a lo más sólo las operaciones más sencillas o de éxito más seguro con gravísimo daño para la humanidad doliente. A este propósito juzgamos oportuno añadir que precisamente cuando el éxito de una intervención es más aleatorio (o por su gravedad o por las condiciones del enfermo) es cuando más resplandece el temple del buen cirujano, el cual —preocupado exclusivamente por arrancar un enfermo a la muerte— se entrega a la operación aunque esta empresa sea casi desesperada y corra en ella el riesgo de que caiga injustamente algún descrédito sobre su pericia. El renunciar a la intervención sólo por cálculos egoístas es siempre cosa reprobable.
Son igualmente condenables en moral todas las operaciones inútiles, o por lo menos no indispensables, que aunque prácticamente sean inocuas para la salud, se efectúan solamente por amor al lucro. Riz.
Bibliografía
B. de Vecchi, Teratología , en EI , XXXIII, 543 L. Di Natale, Chirurgia, testimonianza di carità , en Pensiero medico , n. 259, 1951
M.
Donati, C. , en EI , XI, 139
D. Guadagni, Lezioni di clinica chirurgica , Milano, 1934
L. Scremin, Diccionario de moral profesional para médicos , Barcelona, 1952 Peiró, Deontología médica , Madrid, 1948
L. Alonso Muñoyerro, Código de deontología médica , Madrid, 1950
A. Sobradillo, Enquiridión de deontología médica , Madrid, 1950
J. López Ibor, Pensamiento médico y moral profesional médica , Valencia, 1951.