Diccionario de Teología Moral

Bonifacio Perović (Per.)

CAPITALISMO

Recursos

Índice interno:

1. Noción ·

2. La esencia del capitalismo ·

a) Espíritu capitalista ·

b) Fuerzas, capacidades técnicas y métodos de trabajo ·

3. Valoración del capitalismo ·

1. Noción El c. en lenguaje científico no tiene todavía un significado único. Defínese en sentido económico como un régimen caracterizado por la función preponderante del capital; o sea, un régimen en el que reina la separación entre el capital y el trabajo. Muchos católicos aceptan en general esta definición. Otros insisten no tanto en su carácter económico como en el social, esto es, en el régimen en el cual los propietarios del capital dominan y deciden incluso de las personas, determinando graves abusos. El c. se define entonces como el régimen de la «plutocracia», de la «dictadura del oro» (Marx). Algunos católicos sociales adoptan también esta definición, por la cual el sistema capitalista actual no es la separación, sino precisamente la sujeción de la empresa a la finanza.

Finalmente, c. se entiende a veces como tendencia de ánimo, y es entonces la codicia de riquezas. Dadas todas estas acepciones, la encíclica Quadragesimo anno evita el uso de la palabra c.

2. La esencia del capitalismo Prescindiendo de los fenómenos mudables, podemos fijar los elementos que pertenecen a la esencia del c. El elemento constante en la economía capitalista está representado por la formación mecánico-técnica del capital, de su empleo como método organizativo de la economía, de la capacidad personal de su manejo. Lo que varía es la aptitud y la finalidad perseguida por cada uno, según el fin a cuyo servicio se ponen los medios y métodos económicos.

a) Espíritu capitalista Todo régimen económico no es únicamente una estructura, una organización material, sino que es igualmente una animación producida por un «espíritu» propio. El espíritu capitalista es ante todo un espíritu de empresa, innato además en el hombre. Espíritu por lo tanto necesario, especialmente cuando se trata de una gran empresa. Pero es también una jerarquía de valores, según la cual los bienes económicos ocupan el primer puesto, mientras que todos los demás, religiosos, culturales, estéticos, científicos, sociales, familiares, nacionales, se calculan en relación con aquéllos. El primer bien y el fin principal de la vida viene a ser la adquisición de las riquezas bajo cualquier forma. El axioma precapitalista fue: la medida de todo es el hombre ( mensura omnium rerum homo ), esto es, la satisfacción de las necesidades del hombre; el pecado existe cuando se sale de esta medida ( in excessu huius mensuræ consistit peccatum ) (Sto. Tomás). Así como el espíritu del régimen precapitalista está impregnado de moderación, así el espíritu capitalista tiende al lucro ilimitado, sin proporción ninguna con las necesidades personales.

Este espíritu de lucro dicta el ritmo de toda actividad, se convierte en el mito de los negocios, se desarrolla en un ascetismo puritano por el cual el capitalista se priva de todo descanso, goce o placer de la vida; finalmente, se convierte en una obsesión: producir cuanto más posible para sacar el mayor provecho posible. Bajo esta luz el obrero se considera como una máquina valorada según su rendimiento. Además el capitalista, produciendo no ya como en la era precapitalista para una clientela determinada, sino para el mercado mundial, se lanza al riesgo de la competencia desenfrenada, a la lucha por la ganancia, a los azares más peligrosos con ausencia total de «escrúpulos» morales, sociales, sentimentales. Toda esta perturbación determina igualmente una concepción social propia, un complejo psicológico capitalista. El espíritu capitalista es egocéntrico: al bien común se reserva un puesto secundario. Se llega al absurdo de creer que la comunidad, el Estado, no tienen otro fin que estar al servicio de los intereses del capitalista privado.

Los ciudadanos no se consideran ya como iguales, sino o como competidores a quienes hay que combatir, o como instrumentos de los que uno se puede servir para la prosperidad de sus negocios, o como consumidores. No se mira ya a la cualidad del producto, como en la era precapitalista, cuando el producto debía «hacer honor», sino al volumen de venta.

b) Fuerzas, capacidades técnicas y métodos de trabajo En el sistema capitalista hay también fuerzas, capacidades técnicas, métodos y medios de trabajo que a pesar de estar formados y usados con espíritu capitalista, sin embargo, en sí y por sí no tienen nada que ver con este espíritu y, por lo tanto, no son de condenar. El espíritu de iniciativa, de aventura, es indispensable para la economía y se contrapone a la «rutina» de los negocios. En la Sda. Escritura hay muchos lugares que incitan al hombre a hacer fructificar sus talentos ( Mat. , 25, 14-30; Luc. , 19, 11-28); como también hay lugares que condenan el mammonismo, la acumulación de riquezas por amor a las mismas ( Luc. , 16, 9; 18, 18-30; Marc. , 10, 17-31; Mat. , 19, 16-30). Del empresario se requiere una capacidad y actividad enorme para lograr satisfacer a su clientela, para saber utilizar la coyuntura del mercado mundial, evitar la crisis, seguir atentamente la situación política, económica y social, estar al día sobre la vida de los negocios, sobre los nuevos desarrollos técnicos, sobre los precios de las materias primas y de los transportes, sobre los salarios, etc.

Está además el problema de la organización de la empresa: producción, división del trabajo, pérdidas, publicidad; todo esto requiere especiales cualidades por parte del empresario. Adelantado todo esto hemos de reconocer que el modo de ser de la producción capitalista nos ha enseñado a concebir y utilizar todos los bienes materiales como capital, y que el espíritu capitalista, ignorando los principios éticos, quiere valorarlo todo exclusivamente como c. Pero es también verdad que estos errores no forman parte integrante del sistema cuyo principio queda a salvo: sacar el mayor provecho del empleo del capital más pequeño.

3. Valoración del capitalismo Que el espíritu capitalista, el mammonismo capitalista, sean antimorales, antisociales, anticristianos, que el c. haya traído un malestar social y que, por lo tanto, no sea conciliable con los principios sociales cristianos es evidente y no hace falta detenerse en ello. Queda sólo por valorar el modo productivo del c., del cual dice la encíclica Quadragesimo anno : «es evidente que en sí no se ha de condenar» y que por su naturaleza no es vicioso. Por lo tanto, no lo son tampoco sus presupuestos jurídicos: propiedad privada, libertad de contratación; ni su base real: separación entre los trabajadores y los medios de producción, en la cual se basan las relaciones del salariado. Más aún, ciertos presupuestos, como la propiedad privada, deben defenderse como fundamento de cualquier orden económicosocial. La desviación y los errores proceden precisamente de la deformación de estos presupuestos.

Nuestra misión de católicos está en superar el espíritu mammonista, infiltrado un poco por todas partes, en componer la lucha de clases, procurando la pacificación y colaboración; en dar en la vida privada y social el primado a los valores espirituales, culturales y sociales. La crítica del modo productivo capitalista, desde el punto de vista científico debe dejarse a los expertos en problemas económicos. Combatiendo el c. indistintamente, a toda costa, no se atraen las masas socialistas, como muchos creen, sino que más bien se refuerza entre ellos la convicción de que la crítica marxista del c. «a toda costa» es justa. De las enseñanzas de los Pontífices hemos de sacar una crítica realista del c., de sus abusos e injusticias concretas; por lo tanto, una crítica constructiva que debe servir como elemento para una reforma de la economía y de la sociedad. Per.

Bibliografía

R. Passow, Kapitalismus , 1927
B. Harms, Kapital u. Kapitalismus , 2 vols., 1931 H. Du Passage, Morale et capitalisme , París, 1935
G. Renard, L’Église et la question sociale , París, 1937 Dictionnaire de sociologie , París, 1939; las Encíclicas: Rerum novarum , 1891 Quadragesimo anno , 1931 Divini Redemptoris , 1937
C. Barbagallo, L’oro il fuoco , Milano, 1927; Id., Le origini della grande industria contemporanea , 2 vols., Venezia, 1929-30
J. Calvo Sotelo, El capitalismo contemporáneo y su evolución , Valladolid, 1938
V. Cathrein, Socialismo y capitalismo , Madrid, 1933
M. Ganau, El capitalismo en crisis , Barcelona, 1948.

Voces relacionadas

Internas