BUDISMO
1. Noción Desde el punto de vista religioso el budismo es, como su contemporáneo el jainismo (v.), una reacción, considerada por lo mismo heterodoxa, contra el formalismo ritual brahmánico, basado en el Veda como revelación, y contra el empaque intelectualista que pretendía justificarlo. Buda, en efecto, reniega de la especulación brahmánica, aunque de ella depende doctrinalmente, niega el valor del sacrificio y de su complicado ritual, prescinde del sistema social de castas, fundamento intangible en que descansaba y descansa la sociedad hindú, y sugiere una nueva disciplina que la comunidad de sus adeptos debe seguir para alcanzar la salvación, esto es, la liberación del mal del renacimiento.
Desde el punto de vista intelectual el budismo es el último término de la especulación brahmánica que desemboca en un pancosmismo, en cuanto que identifica el brahmán , esto es, el Uno, el principio que resume en sí todo el universo, con el atmán , que es el principio que anima al individuo, su alma, su yo; el conocimiento de esta identidad del macrocosmo con el microcosmo humano, del universo con el yo, es el que da la liberación redentora, esto es, la supresión de todo deseo y el desvanecimiento de toda ilusión. El que no alcanza este conocimiento liberador será condenado a un renacimiento en el mundo (metempsicosis) con todos sus dolores. El budismo recorre el mismo camino sustituyendo solamente al concepto de la identificación del universo con el alma, metafísicamente inalcanzable, el de la realidad empírica del dolor.
En efecto, también para el budismo la causa de todo mal es la ignorancia no del Uno, sino de la realidad del dolor, triste herencia de la vida humana; anhela el aniquilamiento de la vida individual ( nirvana ), y sugiere la meditación y una moderada ascética, como medio para alcanzar la ribera de la liberación.
En la difusión de su pensamiento saludable, Buda ha pretendido por lo tanto un fin esencialmente práctico: liberar a los hombres de la ilusión que los arrastra por el ciclo indefinido de la existencia (la rueda de la ley), a la cual están condenados por la cadena ( karman ) de las acciones realizadas en la vida anterior. Su apostolado no tiene carácter social, no quiere ser una reforma del brahmanismo ni favorece la abolición de las castas, sino que procede por un camino independiente y ofrece a todos los hombres una filosofía de la salvación que, en el desarrollo del movimiento budista, ha venido a ser una religión verdadera y propia que se ha difundido fuera de los confines de la India con diversas adaptaciones locales.
2. Vida de Buda Buda nació de la rama de los Gautama, de la familia principesca de los Sakya (de donde los epítetos de solitario de los Sakya, Sakyamuni, y de Asceta Gautama), que poseía a los pies del Himalaya un territorio cuya capital era Kapilavasthu. Su nombre fue Siddharta. Se casó joven y tuvo un hijo cuyo nombre fue Rahula, y vivió entre las comodidades y el lujo de la corte paterna hasta que a los 28 o 29 años de edad un poderoso impulso lo movió a abandonar su casa y familia y a entregarse a la soledad, ansioso de encontrar el camino de liberación del cerco férreo de la existencia que tantos espíritus andaban buscando. Pensando haberla descubierto, peregrinó anunciándola con fervor proselitista hasta su muerte durante cuarenta años de continuo apostolado, en los cuales hubo de luchar contra las tormentosas exageraciones del ascetismo, contra la predicación de su contrincante Mahavira, fundador del jainismo, contra las audaces negaciones del materialismo. Su muerte ocurrió hacia el 480 (o 477) en Kusinara; su cadáver fue quemado y las cenizas divididas en ocho partes para ser distribuidas.
La realidad de esta distribución se prueba por el santuario de Piprava (Nepal) y el relicario de Peshawar. Esto es todo lo que se puede establecer de cierto sobre la persona y la vida de Buda, enriquecida más tarde con profusos relatos legendarios.
3. Fuentes Las fuentes para el estudio de la vida y de la doctrina de Buda, divididas en tres colecciones llamadas canastas ( Tripitaka ), se contienen en documentos procedentes del sur de la India, bien ordenados, y escritos en pali (dialecto afín al sánscrito), y difundidos especialmente por Ceilán, Birmania y Siam; y en documentos procedentes del norte de la India y escritos en sánscrito, más desordenados, y difundidos, en diversas versiones fuera de la India Septentrional, en China, Corea, Japón, Annam y Tíbet.
4. La doctrina La doctrina de Buda parte de la comprobación empírica, ya ilustrada por las escuelas filosóficas precedentes, de que la existencia con su fluctuar de formas, su impermanencia, es un dolor y un mal del que hay que liberarse; mal tanto más grave cuanto que no se agota en el giro de una sola vida, sino que se prolonga según lo que nuestras acciones hayan merecido (ley del karman ) por una serie indefinida de existencias: el renacimiento ( samsara ) es el postulado del budismo. Sálvase de la carga del renacimiento sólo el que conoce las cuatro santas verdades intuidas y divulgadas por Buda. La demostración de la primera verdad (la realidad del dolor) es obvia, y responde a la concepción pesimista de la vida tan característica del pensamiento hindú. El origen del dolor (segunda verdad) se ha de buscar en la ignorancia de las cuatro santas verdades, ignorancia que hace que el hombre se apegue a la existencia, tenga deseo y sed de ella, en tanto que debiera huirla, porque a pesar de sus fugaces placeres no es sino un sufrir continuo. La extinción del dolor (tercera verdad) se obtiene extinguiendo la sed de la existencia mediante la aniquilación del deseo.
La cuarta verdad consiste en indicar el camino que lleva a la extinción del dolor. Este camino tiene ocho aspectos en cuanto sugiere fe pura, voluntad pura, palabra pura, memoria pura, medios de existencia puros, aplicación pura, acción pura, meditación pura; esto es, en sustancia, rectitud, sabiduría y meditación, que son los tres capítulos de la ética del budismo (Oldenberg).
5. La moral Prácticamente la rectitud de la vida se concreta en la observancia de estos cinco preceptos: 1) no matar a ningún ser viviente; 2) no robar; 3) no cometer adulterio; 4) no mentir; 5) no beber licores embriagantes. El monje debe añadir a estos preceptos el de la castidad perfecta y el de la completa pobreza. El fin supremo de la ética budista es la supresión del dolor, la cual se alcanza suprimiendo la existencia en el Nirvana. Nirvana (en pali: Nibbana ) significa: sofocado, extinguido. Se puede alcanzar también en esta vida (primer nirvana) consiguiendo en sí mismo la aniquilación de toda pasión y de toda ilusión, lo cual da a quien se ha liberado la tranquilidad perfecta de espíritu; pero la liberación completa existe cuando cesada la actividad de todos los residuos del pensamiento ( Sankara ), herencia de las existencias anteriores, se hace imposible un nuevo renacimiento y se obtiene la extinción completa, el segundo nirvana ( parinirvana ). El concepto del nirvana está estrictamente unido al del alma.
El alma para el budismo no es una sustancia individua, espiritual, permanente, sujeto de los fenómenos del conocimiento de la conciencia, sino que está constituida por una serie de sensaciones instantáneas que nacen y mueren y se renuevan perennemente; se la puede comparar a la llama de una lámpara nocturna que no es la misma en la primera, segunda o tercera vigilia de la noche, pero da también la ilusión de la estabilidad, porque sus instantes se suceden ininterrumpidamente.
6. Comunidad La voluntad de vivir plenamente la enseñanza de Buda llegó a la constitución de una comunidad ( Samgha ) ligada, sin embargo, más por vínculos morales que jurídicos, en cuanto que no tenía un órgano central de dirección, y los monjes, salvo en la estación de las lluvias, que los obligaban a retirarse, llevaban una vida errante. La adhesión a la comunidad se expresa por la fórmula: «yo me refugio en Buda, en su doctrina, en su orden». La entrada en la comunidad abierta sin excepción a los pertenecientes a cualquier casta admite dos estadios: uno de renuncia ( pabbaggia ) a la vida secular, especie de noviciado, y el otro de ingreso ( upasampada ) en la comunidad de monjes, con la obligación de vestir la túnica amarilla, mendigar la comida, meditar la enseñanza de Buda y difundir sus preceptos. La profesión no liga por toda la vida: quien quiere puede volver libremente al siglo. Las ocupaciones del monje son ordinarias y periódicas. Las ordinarias consisten en el rezo salmodiado de las enseñanzas de Buda, en el estudio escolástico de los elementos de la doctrina y en la mendicación matutina del alimento cotidiano.
Las periódicas consisten en un examen quincenal colectivo (novilunio y plenilunio) con su correspondiente confesión de culpas cometidas, ya catalogadas en una especie de regla ( patimokkha ), que se remonta si no al mismo Buda, ciertamente a los primeros años de la comunidad. Todos los años, cesada la estación de las lluvias, los monjes vuelven a su errante vida misionera. Junto al orden de los monjes hay otra orden de monjas ( bhikkhuni ); hay una especie de tercera orden constituida por celadores y celadoras que ayudan económicamente a la comunidad monástica.
7. Desarrollo doctrinal La exposición que llevamos trazada corresponde a lo que los budistas de la Edad Media llamaban el pequeño vehículo ( hinayana ), o sea, pequeño medio que lleva a la salvación ( nirvana ) a través del océano de los renacimientos. Pero esta dirección demasiado fiel a la letra del canon, demasiado agnóstica en torno a los problemas fundamentales y, por lo tanto, poco adecuada para dar desahogo a la devoción mística, había de ceder el paso, si el budismo quería convertirse en religión de masas, a un vehículo más amplio ( mahayana ) hecho para las masas y no para las minorías. Frente al agnosticismo teológico del hinayana , el budismo mahayana introduce el concepto de un Dios trascendente y permanente en la figura del Buda cósmico ( Dhyani-Buda ), revelado un día, gracias al conocimiento, en el Buda histórico. Prácticamente el candidato a la dignidad de Buda ha de renunciar a alcanzar la liberación del ciclo férreo de la existencia para que el mérito de su sacrificio redunde en favor de los demás.
Este acto lo llama la piedad budística producir el pensamiento de la iluminación y con él el generoso donante pretende llegar a ser el refugio y salvación de todas las criaturas. Este espíritu altruista es el que impide a los candidatos a la dignidad de Buda el conseguir aquel grado, ya que una vez logrado el nirvana cesaría para ellos, con la existencia, toda actividad en favor de los demás. Un texto sánscrito, el Paramitasamasa , Compendio de las perfecciones, según la corriente mahayánica resume en seis puntos las perfecciones morales que, dispuestas de manera jerárquica, hacen de un mortal corriente un candidato a la dignidad de Buda: el don, esto es, el amor a los demás, las buenas costumbres, la paciencia, la energía que hace realizar actos heroicos, la meditación que acrecienta el conocimiento intelectual, la gnosis, conocimiento superior que valoriza los méritos de todas las demás perfecciones.
La corriente mahayánica, por lo tanto, ha transformado el aspecto del budismo primitivo: a) porque ha permitido a los adeptos preocuparse no sólo de la salvación personal obtenida extinguiendo en sí mismo la sed de vivir, sino el ser solícitos por la salvación universal obtenida a costa del propio retardado bienestar; b) porque ha puesto en el fondo no la visión nihilista del nirvana, sino un lugar de felicidad donde reina Amitabba (Buda de contemplación sobre cuyo modelo, según la especulación mahayánica, se ha calcado el Buda histórico) con su corte de bodhisattva , hombres que se sacrificaron por el bien de los demás; paraíso que se abrirá también para el devoto si tiene la fe mística ( bhakti ) en Amitabba y se la demuestra con manifestaciones de culto: de donde los templos, estatuas, ceremonias, fórmulas de oración desconocidas en el budismo primitivo. Todo esto explica la sorprendente fortuna que el budismo mahayánico encontró en las masas del continente asiático.
8. Estadística Los budistas en el mundo son, según la estadística del año 1934 citada en la Guida delle missioni cattoliche (Roma, 1934, p. 602), 260.288.670, distribuidos de la siguiente manera: Asia, 212.970.743; América, 17.758; Oceanía, 197.500. Total, 213.186.001. Tur.
9. Datos críticos En un examen superficial puede aparecer la moral budista una de las más elevadas y bajo ciertos aspectos similar a la del Evangelio. Esta consideración, junto con el amor a la novedad, ha creado en el siglo pasado y hasta en el nuestro en algunos ambientes del mundo occidental una atmósfera de simpatía para la moral budista. En Alemania ha llegado a tener el sufragio de un filósofo que si no fue un grande pensador fue ciertamente un gran escritor, A. Schopenhauer. La semejanza de la moral evangélica con la moral budista, semejanza sobre la cual insisten estos autores heterodoxos, es sólo parcial y se refiere a algunos comportamientos de la ley natural y empírica en orden a algunos preceptos de ascética. Trátase de una simple coincidencia exterior, acerca de formas particulares o medios de purificación que son, sin embargo, ordenados a fines esencialmente diversos y que no pueden considerarse seriamente ni siquiera como indicio —tanto menos como prueba— de una influencia del budismo sobre el cristianismo.
El fundamento de la doctrina budista es la concepción pesimista de la vida: todo, desde el nacimiento a la muerte, es dolor; dolor universal que se deriva del deseo, del cual depende el renovarse de las existencias por medio del Kamma o Karma, o sea de la acción y su fruto. Sólo con la supresión del Karma, y por lo tanto del deseo, se puede suprimir el dolor, llegando al ideal supremo, el nirvana, en cuyo disfrute todo germen de futura existencia se sustrae para siempre al círculo de las existencias y del dolor. Concepción esencialmente negativa en su principio, nihilista en su término, renunciataria en su doctrina ética, y en su misma negatividad profundamente egoísta: «excelso entre los hombres —se enseña allí— es el que ha cortado los vínculos de la sociedad, de la gratitud y de la credulidad, que ha destruido toda ocasión de pecado y cancelado toda esperanza». La misma simpatía entre los hombres es simple compasión fundada en la universalidad del dolor. El budismo no admite un alma, si no es material y por lo tanto perecedera: es sólo una continuación de la existencia propia en el principio vital que forma el germen y da la impronta a las existencias futuras.
El verdadero sabio renuncia incluso a esta continuación: no debe ni por sí ni por los demás desear un hijo. La moral del evangelio, por el contrario, es esencialmente positiva y optimista: en el origen de la vida y de su desarrollo se encuentra la obra amorosa y providente de Dios (Mat., 10, 19-31), y al término de ella está la bienaventuranza, afirmada incluso cuando se promete al llanto y a las persecuciones (Mat., 5, 1-2). Un punto de semejanza entre el budismo y el cristianismo sobre el que se acostumbra a insistir es el monaquismo. Pero históricamente conocemos el origen del monaquismo cristiano hasta el punto de poder excluir con seguridad cualquier derivación del monaquismo budista. La aspiración a la perfección se desarrolla en uno y otro monaquismo según una ascética totalmente diversa: en el budismo, una ascética negativa, antipsicológica, que es la extinción de todo deseo y pasión; y, por lo tanto, renuncia a la actividad y a la vida; en el cristianismo las pasiones no se destruyen, sino que se disciplinan y la vida es un don que se ha de valorizar, no destruir, si no es para abrirse a una nueva y eterna vida.
De todos modos, como observaba certeramente el Sumo Pontífice Pío XII a los pueblos de las Indias, con ocasión de las fiestas centenarias en honor de Sto. Tomás Ap. y de S. Francisco Javier ( Osservatore Romano , 1 enero 1958), «aunque pueda existir alguna verdad y bondad en otras religiones, esto encuentra su más profundo significado y perfecto complemento en Cristo; al mismo tiempo la fe católica revela tal conocimiento de la verdad divina y tal poder de salvación, santificación y unión del hombre con Dios que la hace infinitamente superior». Pal.
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