Diccionario de Teología Moral

Pietro Palazzini (Pal.)

ARTE (Moralidad del)

Recursos

Índice interno:

1. Naturaleza del problema ·

2. Solución del problema ·

1. Naturaleza del problema El problema del arte y de la moral va ligado estrechamente al sistema filosófico y a la concepción que cada uno tiene de la vida y, por lo tanto, varía en su solución según la variedad de los principios. Los catárticos subrayan la íntima virtud purificadora de la actividad artística, que automáticamente excluye toda repugnancia con la conciencia moral. Los metafísicos se paran en el arte como en una realización de lo bello que por sí mismo eleva a Dios. En cambio los moralistas subrayan la exigencia moral del arte. Supuesto que la inmoralidad no está en las cosas, sino en el modo de expresarlas, la visión de que aquí se parte es la visión cristiana de la vida y en esta visión se han de encuadrar los dos términos: arte y moralidad para un acuerdo entre las exigencias de la moral y las exigencias del arte. El arte, como no es la religión, ni la ciencia, ni la política, no es tampoco la moral; aquél tiene un campo propio, distinto, la producción de lo bello; no enseña directamente, no se preocupa ni siquiera de la verdad, su fundamento es la fantasía creadora. Pero no deja por ello de ser acción humana y por lo tanto de interpretar la vida.

Surge entonces la necesidad de que el arte por ser humano sea digno del hombre, y por lo tanto moral. Ahora bien, el arte conoce y siente tanto el bien como el mal y lo representa con formas sensibles. Todo el mundo de la naturaleza, de la historia, de la vida puede ser y es el mundo de sus representaciones. Pero aquí nos preguntamos si la falsedad, la fealdad, la deformidad, la torpeza moral son susceptibles de representación estética, esto es, si son capaces de dar origen a una obra de arte. Y, admitido que lo sean, pregúntase aún, si es lícito al artista producir estas obras de arte; y permitirle a él y hasta alentarle para que las difundan y sean pasto voluptuoso de los ojos y del espíritu.

2. Solución del problema No hay duda de que el arte puede y debe representar también el mal, el pecado, que son tanta parte en nuestra vida, siempre que el mal y el pecado sea iluminado y dominado por la luz del espíritu, bajo la cual se perderá toda razón de mal y servirá más bien al triunfo del bien. El arte es una actividad productora de belleza; a la belleza para ser completa le son precisas las dotes de la integridad, la proporción, la claridad. Si falta alguna de estas dotes se rebaja la armonía de lo bello y de aquí el valor de la obra de arte. Unilateralmente el arte puede llegar entonces como expresión sensible a su más alto grado: pero será siempre arte inferior, por ser falso y, por lo tanto, defectuoso como expresión espiritual. Más aún: el fin del arte es el goce; verdadero arte es el que produce goces más elevados. Como todo goce, para ser verdadero y legítimo debe estar armonizado con la naturaleza del hombre. Si provocase sólo la alegría y el goce de los sentidos contra la subordinación debida de éstos a la razón alimentaría un falso placer, un falso bien.

Se ha de rechazar por lo tanto la fórmula conocida: el arte por el arte, entendida como pura técnica, como si todo el arte fuera un círculo cerrado sin comunicación ninguna ni relación con el resto del mundo, los hechos y las instituciones humanas; entendida de esta manera esta fórmula está vacía de significado. Sería querer la realización del arte separada del artista. Pero si es arte es proyección de su fantasía creadora, de parte de su ser, de la vida del mundo recreada subjetivamente por el artista y, por consiguiente, refleja su modo de concebir la vida. Se ha de rechazar igualmente el otro extremo del que afirma que el arte es por su esencia inmoral, porque se dirige a los sentidos y la emoción que suscita es de suyo mala. Es cierto que el arte no tiene por objeto directo producir el bien, sino la belleza, y que su fin inmediato es el de agradar y no el de conducir a la santidad. Es igualmente cierto que toda diversión (e igualmente el arte que es una de sus formas más nobles) no tiene en sí y por sí nada de intrínsecamente malo, sino que por el contrario satisface a una necesidad natural de descanso y reposo para la mente.

De aquí que el alivio que el arte procura al hombre es de suyo una luz que irradia benéficamente sobre su salud y su trabajo. Si el arte ha ayudado en todo tiempo al mal y ha sido fuente de depravaciones, esto no muda los términos de la cuestión, sino que a lo sumo demuestra que aun aquí, como en la base de toda actividad humana, hay voluntades que pueden dirigir las mismas acciones objetivamente buenas o indiferentes al mal. Lo que profana el arte es, pues, la intención por la cual uno se sirve de él; la intención del autor es un poco objetiva en la obra de arte capaz de comunicarse al ánimo del espectador. Si esta intención es mala la obra misma quedará inficionada, pervertida en el mismo fin de toda cosa bella que es la armonía universal. Por sutil y experto que uno pueda ser en saber abstraer la forma de la sustancia, no hay duda sobre la reciprocidad de acción del arte sobre los sentimientos y de éstos sobre el arte. Este peligro potencial de perversión puede estar del todo ausente en la obra de arte y ser efecto sólo de tendencias morbosas del espectador. Con estos criterios se ha de afrontar el problema del «desnudo en el arte».

Es cierto que el cristiano no podrá llegar nunca a decir que el desnudo en arte no es nunca obsceno, pero no lo repudia a priori como inmoral. Lo consiente cautamente cuando va legitimado por una razón superior, aunque sólo sea sanamente artística, siempre que se cumplan todas las condiciones que se suelen poner en todo lo que puede ser ocasión de pecado. Hay estatuas o pinturas no vestidas que nadie podrá llamar inmorales, mientras que hay otras más vestidas, pero mucho más inmorales, porque el intento perverso del autor se transparenta en todo el conjunto y en todos los detalles. Es natural que un mismo sujeto, una misma obra de arte pueda suscitar reacciones diversas en diversos espectadores. El llamado sentido estético es fruto de cierta aptitud y preparación artística que puede faltar o haber llegado más o menos a madurez. Todo esto habrá de tenerse en cuenta en las exposiciones de arte en lo que se refiere a la admisión del público. El mismo ambiente puede influir y dirigir las reacciones sensitivas de los espectadores.

Una estatua expuesta en un museo adquiere, aun a los ojos de un profano, cierto significado artístico, mientras que puesta en una plaza, en público, se presta más fácilmente a ser interpretada en su significado más vulgar. Estas circunstancias, las han de tener presentes en punto a ética los que crean la obra de arte, los que la custodian o exponen, los que van o llevan a otros a contemplarlas, teniendo siempre en cuenta que el hombre está obligado en todas sus actividades a observar la ley de Dios. Pal.

Bibliografía

Sto. Tomás, Lib. IV Eth. , lect. III
S. Theol. , I-II, q. 31, a. 2, ad 2
P. Brunetière, L’art et la morale , París, 1895
P. Paulhan, Immoralité de l’art , en Rev. Philos. (1905) A.
D. Sertillanges, El arte y la moral , Barcelona, s. a.
G. Flores d’Arcais, Il valore educativo dell’arte , Padova, 1936
L. Civardi, Cinema e morale , Roma, 1944
C. Eguía Ruiz, El arte y la moral , Montevideo, 1941
E. Olivares, Arte y Moral , en Proyección (1954), 14-18 R. de Maeztu, El arte y la moral , en Acción Española , 2 (1932), 193-210
S. Macero, Valoración ética de la expresión artística de lo inmoral , en Rev. de Filosofía (1950), 433-460
A. Tapiador, Moral, arte y libertad , en Ecclesia , 477 (1950), 13-14.