Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

ALEGRÍA

Recursos

Índice interno:

1. Naturaleza ·

2. Moralidad ·

3. Consejos prácticos ·

1. Naturaleza La alegría en sentido estricto es el estado agradable causado en la voluntad por una cosa amada y presente (alegría espiritual). Con esta disposición de la voluntad va casi siempre unido en el apetito sensitivo un sentimiento de placer que en un sentido más amplio puede llamarse también alegría (alegría sensible). Tales sentimientos, sin embargo, pueden surgir independientemente de un acto libre de la voluntad y existir sin su correspondiente alegría espiritual. Puede ser objeto de alegría una cosa externa, en particular un acto bueno hecho por otro o el bienestar de las personas amadas; puede ser también una cosa interna, en especial un acto del entendimiento o de otra facultad realizado bajo el impulso o con el consentimiento de la voluntad. La alegría no requiere necesariamente la presencia real de la cosa amada, basta su presencia imaginaria; así puede ser objeto de alegría una cosa que fue real en el pasado y de la cual se conserva el recuerdo, o una cosa que se prevé que se realizará en el futuro, como también algo que ni fue ni será jamás real.

La alegría de suyo es útil porque dispone a obrar con más asiduidad y perfección y a sostener con mayor fortaleza de ánimo las pruebas de la vida.

2. Moralidad Hay alegrías lícitas por sí mismas: las que tienen por objeto lo que se puede amar. Cuanto más elevado es el objeto de la alegría, más noble es la misma alegría; entre todas las alegrías la más noble es la que tiene por objeto a Dios. Hay también alegrías que no son lícitas por razón de su objeto: son aquellas que se refieren a lo que no se puede amar, particularmente a los actos pecaminosos. Entre las alegrías de suyo lícitas se han de contar las que van unidas a nuestras acciones buenas.

También pueden ser objeto de alegría los efectos buenos causados por una acción aunque no sea buena. Una acción que de momento es ilícita, pero que fue lícita en el pasado o que lo será en el futuro (p. ej., en los viudos o en los futuros esposos), puede en cuanto acción pasada o futura ser objeto de alegría para la voluntad, siempre que la misma alegría no ocasione ningún peligro de pecar; tales acciones, sin embargo, no pueden ser objeto de alegría en el apetito sensitivo porque este apetito se dirige hacia su objeto de una manera absoluta.

No siendo la alegría otra cosa que el complemento natural de otros actos, la culpabilidad no se encuentra jamás ni primaria ni exclusivamente en la alegría, sea espiritual o sensible; no puede ser pecaminosa más que por participación, es decir, en cuanto depende de un acto libre y desordenado de la voluntad, con el cual forma un todo bajo el aspecto moral. Este acto puede ser de complacencia en el objeto de la alegría; puede ser también simplemente la negativa implícita o explícita a rechazar un movimiento desordenado de alegría, precedente al acto libre de la voluntad. En el primer caso el grado de culpabilidad depende de la naturaleza del objeto; en el segundo la culpa es de suyo venial, pero sería mortal si la alegría no rechazada constituyese un peligro grave de pecar mortalmente. La alegría de suyo desordenada, que precede al libre ejercicio de la voluntad, no puede ser formalmente pecaminosa: apenas nos damos cuenta de la presencia de tal alegría tenemos, sin embargo, la obligación de hacer lo posible por alejarla.

La alegría, aunque su objeto no sea desordenado, debe ser moderada, o sea, tal que no llegue a ofuscar la inteligencia ni hacer perder los estribos en el comportamiento. No moderar una alegría excesiva, aunque no sea mala por otra parte, es de suyo culpa venial; el pecado podría sin embargo ser mortal, si el exceso fuese tal que causara un grave escándalo o pusiera al sujeto en la imposibilidad de cumplir un deber grave.

3. Consejos prácticos Es muy importante para la vida espiritual regular los movimientos de alegría, y no perder jamás su control. Para conseguirlo es necesario considerar todas las cosas a la luz de la fe y de la eternidad. Debemos, por otra parte, tener cuidado de conservar, aun en medio de las pruebas más dolorosas, la profunda y serena alegría, que causa la conciencia de haber cumplido el deber y de estar en la gracia del Señor que un día nos hará perfectamente felices si le permanecemos fieles. Conviene también industriarse para sembrar en torno de uno un poco de alegría serena dando a los demás señales inequívocas de benevolencia y estima y aliviando las necesidades y miserias ajenas. Man.

Bibliografía

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A. Sertillanges, La philosophie morale de St. Thomas d’Aquin , París, 1922, pp. 73-103
V. Facchinetti, ¡Sed alegres! , Barcelona, 1944 M. Müller, La alegría en el amor de Dios , Burgos, 1937.