Diccionario de Teología Dogmática

Antonio Piolanti (A. P.)

SANTIDAD (de la Iglesia)

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La santidad es la segunda propiedad que el Símbolo Niceno-Constantinopolitano atribuye a la Iglesia, que nace de la naturaleza íntima de la misma. Si la Iglesia es la unión de Cristo con el hombre en forma social, debe ser santa, como todo lo que está en contacto con Dios.

La Biblia presenta la santidad como un atributo propio de la Iglesia: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, a fin de santificarla... y prepararla como esposa inmaculada sin mancha ni arruga» (Efes. 5, 26); «Cristo nos eligió para que fuésemos santos e inmaculados ante su vista» (Efes. 1, 4); «Dióse a sí mismo por nosotros, a fin de rescatarnos de toda iniquidad y de purificar para sí un pueblo aceptable y celoso de las buenas obras» (Tit. 2, 14).

La santidad de la Iglesia es triple: santidad en sus principios, en sus miembros y en sus carismas. La santidad de sus principios consiste en el hecho de que la Iglesia está dotada de medios oportunos para producir la santidad en los hombres (santidad activa). La doctrina dogmática y moral de la Iglesia (Magisterio) es realmente la levadura que fermenta la masa humana y la lleva de las tinieblas de la tierra a los esplendores del cielo; sus Sacramentos (Ministerio) son los canales que transmiten la gracia santificante; su autoridad (Imperio) tiende únicamente a guiar a los fieles por el camino de la perfección.

La santidad de los miembros resalta en el espectáculo constantemente verificado en la historia del cristianismo de innumerables fieles que viven según los preceptos del Evangelio (santidad común) y de otros muchos, que, siguiendo también los consejos evangélicos, han llegado a las escarpadas cumbres del heroísmo (santidad eximia), que en muchos casos es sancionada con la canonización. Todos los siglos de la historia de los pueblos cristianos, de S. Pablo a S. Benito, de S. Francisco y Sto. Domingo a Sta. Teresa de Jesús y S. Ignacio, de S. Vicente de Paúl a S. Juan Bosco y a la Madre Sacramento, se hallan cruzados por las estelas luminosas de la santidad heroica (santidad pasiva).

La santidad de los carismas brota del don de los milagros con que el Espíritu Santo suele manifestar su presencia en todo el Cuerpo Místico (en efecto, los milagros son gracias gratis datae para la edificación de la Iglesia), o en algún miembro adornado de singular virtud, porque Dios ordinariamente se sirve de sus almas más queridas para obrar sus maravillas. (Signos de la santidad.)

Bibliografía

Sto. Tomás, , aa. 7-8;
S. Francisco de Sales, , discursos 27-28;
E. A. de Poulpiquet, , París, 1927;
A. Tanquerey, , Roma, 1933;
S. Tyszkiewicz, , en (1936), pp. 449-479;
I. Giordani, , Roma, 1939;
C. Algermissen, , Brescia, 1942, p. 48-53. * F. Alonso Bárcena, , Granada, 1944.

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