PRESENCIA REAL EUCARÍSTICA (hecho)
Es el dogma según el cual bajo las especies de pan y vino, después de la consagración, está presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo, Nuestro Señor. Es ésta una verdad que, superando las fuerzas del entendimiento y escapándose a la experiencia, no puede ser admitida más que por Revelación divina.
Dios ha revelado este misterio en tres lugares del Evangelio en que se narran tres hechos que se engarzan mutuamente como los anillos de una cadena: la promesa, la institución y la celebración de la Eucaristía en la Iglesia naciente. La promesa se nos cuenta en el Ev. de S. Juan (cap. 6). Tomando motivo Jesús de tres milagros que acababa de obrar (la multiplicación de los panes, el caminar sobre las olas y la rápida y salva arribada de la barca a la costa), conduce el pensamiento de sus oyentes a la idea de un pan espiritual que se identifica con su carne sustraída a las leyes naturales, que, comida por el hombre, tiene por efecto conducir las almas al puerto de la vida eterna.
Las palabras más importantes son las siguientes: «En verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (vv. 52-56). Jesús se expresó tan claramente con estas palabras que los discípulos declararon que no podían admitir su contenido, mientras que S. Pedro, en nombre de los Apóstoles y como conteniendo en germen la fe de toda la Iglesia, exclamó: «Nosotros sabemos y creemos que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (v. 69).
Las palabras de la promesa grabadas en el alma de los Doce son el fondo natural en que se encuadra la escena de la última cena (la Institución). Cuando Cristo tomó el pan y dijo: «Éste es mi cuerpo», y, teniendo en sus manos la copa de vino, añadió: «Ésta es mi sangre» (Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 22-23; Lc. 22, 19-20; I Cor. 11, 24-25), los Apóstoles adivinaron al momento en la actitud del Maestro el cumplimiento de la promesa que había hecho en Cafarnaúm, y obedientes a su mandato: «Haced esto en memoria mía», después de Pentecostés iniciaron la celebración de la Eucaristía en Jerusalén (Hechos 2, 42), en Tróade (Hechos 20, 11), en Corinto.
Fue precisamente en esta última ciudad donde se verificaron aquellos desórdenes que provocaron la carta de S. Pablo en que se ilustra la fe de la Iglesia naciente en el misterio de la presencia real (cfr. I Cor. 10, 14-21; 11, 17-34).
La Tradición sigue el camino trazado pola fe apostólica: las primeras generaciones cristianas aceptaron la presencia real como «la célula fundamental del dogma y de la piedad» (Tondelli). Los Doctores de los ss. IV y V hicieron de ella el objeto de sus catequesis, homilías y tratados, y se sirvieron de ella como de fundamento dogmático para dirimir las controversias trinitarias, cristológicas, eclesiológicas, que entonces se agitaban en el seno del cristianismo.
Del s. VI al X la Iglesia transmite a los nuevos pueblos regenerados para Cristo la antorcha de la fe eucarística, que fue recibida con tan sincero entusiasmo que, cuando en el s. XI negó Berengario († 1088) por primera vez la verdad de la presencia real, toda la Iglesia se alzó contra el heresiarca y le obligó a abjurar su error.
Pero mientras la negación de Berengario provocó un reforzamiento de la fe y de la gravitación de la civilización medieval sobre el misterio eucarístico, la herejía de los protestantes sacramentarios (Zwinglio, Carlostadio, Ecolampadio), que redujeron la Eucaristía a un símbolo vacío del cuerpo de Cristo, así como la de Calvino y de los Anglicanos, que no veían en el Sacramento del altar más que un pan embebido en una fuerza misteriosa emanada del cuerpo de Cristo, presente solamente en el cielo, apartó a muchos pueblos de la profesión de este dogma.
Contra estos errores el Conc. de Trento en su Ses. 13 definió que en la Eucaristía «se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de N. S. Jesucristo» y condenó a los que afirmaban que estaba sólo «como presente en señal o en figura o sólo virtualmente» (DB, 883). En cuanto al modo, vía y condición de la presencia real v. Transustanciación, Modo absoluto y relativo de la presencia real, Accidentes.
Bibliografía
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