INMUTABILIDAD
Excluye todo paso o movimiento del ser de un término a otro, por lo que se opone a todo desarrollo o evolución. El inmanentismo y el Idealismo, que identifican al mundo y a Dios, reduciendo al uno y al otro al acto del pensamiento, se ven obligados a concebir a Dios en perenne evolución. La divina Revelación afirma, por el contrario, la absoluta inmutabilidad de Dios, en oposición al continuo devenir del universo: «En Él no hay mutación ni sombra de variación» (Santiago, 1, 17). S. Pablo (Hebr. 1, 10) repite las palabras del Salmo 101: «Ellos (los cielos) perecerán, mas Tú permanecerás; y todas las cosas envejecerán como un paño, Tú las cambiarás como quien cambia de vestido, y cambiarán, pero Tú serás siempre el mismo y tus años no tendrán fin». El Conc. Later. IV y el Conc. Vat. coinciden en la expresión Deus incommutabilis (DB, 428 y 1782).
La razón confirma e ilustra esta verdad. En efecto, el ser que se muda y se desarrolla pasando de menos a más es evidentemente imperfecto, es potencia que pasa al acto adquiriendo algo nuevo. Pero todo esto se opone a la razón del Ser por esencia, del Acto puro, simple, perfectísimo, infinito (v. estas pals.). Por lo tanto, el evolucionismo divino es antropomórfico y cae en el absurdo del infinito finito. En un himno de la Iglesia se canta:
Rerum Deus, tenax vigor,
Inmotus in te permanens.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 9;
R. Garrigou-L., , París, 1928, p. 386 ss.;
íd., , Roma, 1923.