INMORTALIDAD
Inmunidad de la muerte. Acerca de la inmortalidad corporal concedida por Dios junto con otros dones a nuestros primeros padres v. Integridad. Trátase aquí solamente de la inmortalidad del alma, que es al mismo tiempo una verdad de fe y de razón. La Revelación divina se ordena íntegramente a la vida eterna, destino sobrenatural del hombre. En la Sda. Escritura la vida terrena recibe el nombre de peregrinación hacia una patria superior (Gen. 47, 9; Hebr. 11, 13-16). En el Ecle. 12, 7, encontramos una afirmación explícita: «...antes de que el polvo vuelva a la tierra de donde salió y el espíritu a Dios que lo dio»; se alude en estas palabras a la creación del hombre compuesto de un cuerpo formado por Dios del limo de la tierra y de un alma inspirada directamente por Él mismo en el cuerpo (Gen. 2, 7).
Jesús, en el Evangelio, refuta a los Saduceos diciendo que Dios es Dios de Abraham y de los demás Patriarcas, los cuales no pueden haber muerto del todo, porque Dios es Dios de vivos y no de muertos (Mt. 22, 31 ss.); y en otra parte advierte: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede mandar a la perdición al alma y al cuerpo» (Mt. 10, 28). La Tradición se muestra unánime, por lo que el magisterio eclesiástico no sintió nunca la necesidad de definir una verdad, que ha estado siempre viva en la conciencia de los fieles. Solamente el V Conc. Later. alza su voz contra las audaces negaciones de algunos Neo-Aristotélicos (DB, 738).
La inmortalidad del alma es, pues, verdad de fe. Pero es también verdad de razón. La mejor filosofía de la antigüedad la admitía y la probaba: una célebre demostración de la inmortalidad es el diálogo de Platón, titulado Fedón (acaso el más bello de todos los diálogos). El alma por su misma naturaleza es inmortal: la filosofía y la teología cristiana prueban esta tesis con los siguientes argumentos:
1) El alma humana es espiritual, como se demuestra por la independencia de sus operaciones específicas, la intelección y la volición, y por tanto también de su ser, de la materia. Ahora bien, el espíritu por su naturaleza es simple, no compuesto de partes, y por lo tanto incorruptible, no sujeto a descomposición como la materia.
2) El hombre tiene una aspiración natural a la inmortalidad, como se deduce de la historia y de las instituciones del género humano: esta aspiración innata en la conciencia de la humanidad no puede ser vana.
3) El hombre entiende la verdad que es eterna, independiente del tiempo y del espacio: la proporción exige que el sujeto cognoscente no sea inferior al objeto conocido, que, como tal, es elemento perfectivo propio de aquel sujeto.
4) En esta vida no se da una sanción adecuada a la bondad y a la malicia del hombre: la sabiduría y la justicia del creador exigen que la sanción se realice en la otra vida.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 75;
, II, cc. 65 y 80;
D. Mercier, , Lovaina, 1928;
Fedele, , Milán;
M. Th. Coconnier, en DA;
varios autores, «Immortalità dell’anima umana», en EC, vol. VI, col. 1682.