Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

FIN ÚLTIMO

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Es el término supremo a que se ordena la acción de la causa eficiente. El fin es la causa final (v. esta palabra), por lo que las propiedades de la una lo son también del otro. El fin último de la creación, como se ha dicho (Causa final), es la gloria extrínseca de Dios, que se actúa con la participación analógica de las divinas perfecciones por parte de las criaturas y especialmente del hombre.

Este fin último y primario es la razón de ser de todo lo creado, pero no tiene valor de motivo determinante respecto de la voluntad de Dios, el cual no teniendo necesidad de ninguna cosa fuera de sí crea solamente por libre efusión de su amor. Por parte de Dios no hay motivo extrínseco que lo mueva a obrar fuera de sí, sino sólo una razón formal, que es su bondad inmanente, libremente comunicable a las criaturas. Así, pues, el fin último de la creación por parte de Dios es la bondad divina comunicable; por parte del hombre es la misma bondad comunicada, esto es, participada analógicamente.

La participación es objetivamente glorificación de Dios en cuanto la bondad divina resplandece en lo creado; subjetivamente en cuanto es conocida y amada de quien es capaz de ello, es decir, de la criatura racional. Éste es el fin último absoluto al que ordena infaliblemente todas las cosas la divina Providencia. Nada se sustrae a este fin, ni siquiera el hombre que se rebela contra Dios, porque el pecador sale del orden del amor para entrar en el orden de la justicia divina.

Fin último del hombre: Los seres inferiores tienen también un fin propio, que consiste en la consecución de la perfección de cada uno realizada en su subordinación a los seres superiores y en definitiva al hombre (finalismo relativo antropocéntrico). El hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, no está ordenado a ningún otro ser creado, porque su espíritu, orientado naturalmente hacia una Verdad y un Bien infinitos, no puede encontrar su perfección específica y su descanso en las cosas finitas, como son todas las criaturas. Su fin último, por lo tanto, será un Bien supremo, capaz de saciar sus aspiraciones ilimitadas y de actuar plenamente su perfección específica de ser racional.

Este Bien no puede ser otro que Dios, el cual es, por lo mismo, el fin último propio del hombre. Pero Dios puede ser considerado objetivamente como el Sumo Bien en sí mismo y subjetivamente con relación al hombre como objeto de su felicidad (v. Bienaventuranza). Así, pues, formalmente el fin último del hombre es la posesión de Dios actuada por conocimiento y amor.

Este fin podría limitarse dentro del orden puramente natural; pero de hecho sabemos que Dios ha elevado al hombre al orden sobrenatural (gracia-visión beatífica) desde el primer instante de la creación (v. Elevación) y que este orden perturbado por el pecado original ha sido restaurado por la Redención. Dios, fin último del hombre, determina en el orden natural el mundo ético fundado sobre la moralidad (= relación entre la acción humana y el fin, expresado en la ley); en el orden sobrenatural determina la actividad meritoria que bajo el impulso de la caridad tiende dinámicamente a la visión beatífica, término supremo en que se actuará plenamente la perfectibilidad del espíritu humano, que en el conocimiento intuitivo y en el amor de Dios realizará su fin e implícitamente el fin del universo, del que el hombre es el ápice y la síntesis.

Bibliografía

Sto. Tomás, , I-II, qq. 1-5;
P. Janvier, , confér. de 1903;
I. M. Ramírez, , Salamanca-Madrid, 1942-47;
G. De Broglie, , París, 1948;
P. Richard, «Fin dernière», en DTC.

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