Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

DEVOCIÓN

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(lat. devovere = ofrecer, consagrar, especialmente a la Divinidad): En sentido estricto es un acto interno de religión, definido por Sto. Tomás: «voluntas prompte faciendi quod ad Dei servitutem pertinet» (S. Theol., II-II, q. 82, a. 1).

Consiste, pues, la devoción, esencialmente, en la resolución de la voluntad a servir a Dios, es decir, a subordinar a su gloria y a su beneplácito toda nuestra vida. En este sentido la devoción es parte del culto, más aún, es su alma.

El culto, en efecto, es la manifestación del honor rendido a una persona superior en reconocimiento de su excelencia y de la sumisión propia. Por lo tanto, el culto implica una acción interna (del entendimiento y de la voluntad) y una acción externa (la manifestación de la estima y de la sumisión). Si por devoción se entiende, además de la disposición íntima de la voluntad, una manifestación externa, coincide entonces con el culto, como sucede con frecuencia en el lenguaje común.

La devoción en este segundo sentido puede ser, lo mismo que el culto, pública y privada; la distinción entre una y otra depende de una sola razón: la intervención o aprobación de la Autoridad Eclesiástica (el Obispo o la Santa Sede). Una devoción puede ser externa, extendida en un lugar, sin llegar a ser pública por falta de explícita aprobación eclesiástica (CIC, c. 1257, 1261, 1259). La Iglesia se muestra reacia en aprobar nuevas devociones o formas de culto por el peligro que existe de que en ellas se puedan mezclar supersticiones o errores teológicos.

En cuanto a la devoción en sentido estricto, que es lo que aquí nos interesa, nótese que: 1) tiene como elementos esenciales una fe iluminada y una caridad ardiente, la fe le da un conocimiento cada vez más rico de Dios, la caridad hace que el alma se adhiera cada vez más fuertemente a Él desprendiéndola de las criaturas y de sí misma, con la eliminación del amor propio; por ello el alma devota no busca más que a Dios; 2) tiene como causa extrínseca a Dios, al cual es preciso pedirla por medio de la oración, y como causa intrínseca la meditación de las verdades eternas (Sto. Tomás, S. Theol., II-II, q. 82, a. 3); 3) su efecto es el progreso en la perfección y la alegría espiritual. A la devoción, que es decisión, prontitud y viva adhesión a Dios, se opone la acídia del espíritu y la tibieza consiguiente.

Bibliografía

Sto. Tomás, , II-II, q. 82;
Id., ;
S. Francisco de Sales, , Madrid, 1953;
Meynard, , Turín, 1936;
Grou, , Turín, 1938.

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