CATOLICIDAD (de la Iglesia)
(gr. καθολική = general, universal): Es la tercera nota o propiedad que el Símbolo Niceno-Constantinopolitano atribuye a la Iglesia. Esta prerrogativa, como la unidad y la santidad, nace también de la esencia misma de la Iglesia. En efecto, si ella no es más que la humanidad organizada, social y sobrenaturalmente en Cristo, por su naturaleza ha de abrazar a todos los individuos de la estirpe humana y ha de ser por lo tanto universal. El conjunto de la doctrina evangélica y la simpatía manifestada a los gentiles preludiaban el mensaje universal que Jesús confió a sus Apóstoles en el momento de dejar la tierra: «Euntes docete omnes gentes» (Mt. 28, 19); durante su ministerio había dicho que el reino de Dios se comparaba a un grano de mostaza, que creció hasta transformarse en un árbol frondoso, que extendía sus ramas sobre toda la tierra y a una red que, echada en el mar, coge en sus mallas toda clase de peces.
La Iglesia es católica de derecho y de hecho. De derecho, porque es como un germen destinado a fermentar toda la masa humana, penetrando todos los aspectos intelectuales y morales, religiosos y civiles. De hecho, porque desde el principio, con la especial asistencia de Dios, se estableció en todos los pueblos, abriendo brecha en todas las barreras, superando todas las persecuciones, triunfando sobre todos sus enemigos. El hecho de esta ubicuidad victoriosa de la Iglesia impresionó a todo el mundo desde el milagro de Pentecostés; desde el siglo II, cuando los Padres para expresar su universalidad acuñaron el nuevo epíteto de «católica»; desde Tertuliano, que, al iniciarse el s. III, podía exclamar con orgullo: «hesterni sumus et replevimus omnia».
Bibliografía
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