SALMOS
Son 150 composiciones poéticas de carácter religioso, cuyo autor principal es David (los mismos títulos, antiquísimos, atribuyen 73 al rey David). No falta en los S. alguna alusión directa (en sentido literal) o indirecta (en sentido típico) a María. Así, por ej., puede verse una alusión directa a la Virgen, es decir, a la futura madre del Mesías, en el S. 22 (Vulg. 21), 10-11: «Y es verdad, tú eres mi esperanza desde el útero, mi seguro refugio desde el seno de mi madre. Desde mi nacimiento fui entregado a ti, desde que colgaba de los pechos de mi madre; tú eres mi Dios» (Vaccari, A., I salmi tradotti dall’ebraico, Turín 1936, p. 72). Que el S. 22 sea directamente mesiánico es sententia bastante común, sostenida por Vaccari (Institutiones biblicae scholis accommodatae, vol. II. De libris V. T. - III. De libris didacticis, Roma 1935, 119), por Dennefeld (Messianisme, en DThC 10 [1949] 1505), por Höpfl-A.
Metzinger (Introductio specialis in Vetus Testamentum, Roma 1946, 308), por Simón-Prado (De Veteris Testamenti doctrina sive de libris didacticis, Turín 1950, 147), etc. «Que el sentido [de los sobredichos versículos] —observa acertadamente Florit— vaya más allá de un abandono filial en Dios y más allá de una asistencia divina dispensada al que ora, ya desde su concepción, nos parece sólidamente fundada, hasta insinuar que Dios es el Padre del Mesías, el autor inmediato de su nacimiento humano. Especialmente las palabras: “Desde mi nacimiento fui entregado a ti”, aluden a la costumbre hebrea y griega de colocar sobre las rodillas del padre al recién nacido (Gén. XXX, 3; 4, 22; Job III, 2). Mediante ese acto el padre reconocía al hijo como suyo y se comprometía a alimentarlo y a defenderlo (M. Sales, La Sacra Bibbia, vol. V, Turín 1934, p. 69). El Mesías, por tanto, es puesto sobre las rodillas (en lenguaje antropomórfico) del Eterno, pues es su verdadero Padre. Concluyendo: la Madre del Mesías, aquí, como más claramente en Is. y en el Nuevo Testamento, es cubierta de sombra, cual virgen hecha fecunda únicamente por virtud divina.
David puede gloriarse de ser el primer profeta de la maternidad virginal» (Maria nell’esegesi biblica contemporanea, en «Studi Mariani», vol. I; Conferencias sobre el movimiento mariano contemporáneo, 1942-1943, Milán, Ancora [1944] p. 99). El rey David, en efecto, vivió en el s. XI-X a. de J. C., mientras que Isaías vivió en el s. VII a. de J.
C. Otro tanto sostienen Bonaccorsi (Psalterium latinum cum graeco et hebraico comparatum, Florencia, II, 1915, 225-226); Sales (Il libro dei S. [La Sacra Bibbia], Turín 1934, 69); Lattey (The first book of Psalms, Pss. 1-41 [The Westminster Version of the Sacred Scriptures], London 1939, 75); Bird (The Psalms, en B. Orchard..., A catholic Commentary on Holy Scripture, London 1953, 451), etc. Alusiones indirectas a María las tenemos en los S. 44 («Eructavit cor meum») y 86 («Fundamenta eius...»). En el S. 44 (45), compuesto por uno de los hijos de Coré para las bodas de un rey davídico con una princesa extranjera, se describe al rey que sale del palacio real y va al encuentro de la esposa, ataviada con oro de Ofir.
El salmista entonces, volviéndose hacia la esposa-reina, continúa: «Que prendado está el rey de tu hermosura: — Pues que él es tu señor, sírvele a él. — Los tirios (riquísimos) vienen con dones (a pedirte gracias); los ricos del pueblo buscan tu favor.» Finalmente, la esposa-reina entra, con las vírgenes que la acompañan, en la casa del rey, y el salmista, arrebatado por su belleza, prosigue cantando: «Enteramente gloriosa llega (al palacio real) la hija del rey; su vestido es tejido de oro. — Vestida de diversos colores es llevada al rey; — detrás de ella, las vírgenes, sus amigas, le son introducidas. Acompañadas de música y júbilo entran en el real palacio» (vv. 11-16). Termina el salmista con los augurios a los esposos: «A tus padres sucederán tus hijos; los constituirás príncipes por toda la tierra. Celebre yo tu nombre por generaciones y generaciones. ¡Alábente, pues, los pueblos por los siglos eternos!» (vv. 17-18). El rey-esposo es tipo del Mesías, Cristo, y la reina-esposa es María, prototipo de la Iglesia, madre de todos. Y no se debe olvidar que María es el miembro más eminente de la Iglesia; padres y exegetas han visto, en la esposa-reina, a María.
El primero en verla parece haber sido Theoteknos, obispo de Livias, entre el s. VI y el VII (Cf. Wenger, A., L’Assomption de la T. S. Vierge dans la Tradition Byzantine du VIe au Xe siècle, París 1955, 275), seguido de S. Modesto de Jerusalén, del s. VII (PG 86, 3289-3290), etc. En las vestiduras recamadas de oro y en los ornamentos de la reina-esposa es fácil ver los singulares privilegios de María. Otro tipo de María se halla en el S. 86 (87), donde se habla de Jerusalén como «ciudad de Dios» y «madre de los pueblos». Dios ama a Sión (Jerusalén) por encima de todo, y de ella se dicen cosas maravillosas. El mismo Dios le inscribe todos los pueblos. Y todos los pueblos, gozosos, reconocerán a Jerusalén como fuente de todos sus bienes. No es posible encontrar un tipo más expresivo de María, la mística ciudad de Dios, madre de todos los hombres, los cuales, gracias a Ella, mediadora universal, han recuperado todos los bienes. El amor singular de Dios a su mística ciudad, así como su grandeza, su nobleza, su dignidad y su felicidad, están puestos de relieve por S.
Lorenzo de Brindis en su Mariale (Padua 1928) y en la obra La Vergine nella Bibbia, bajo la dirección de Mariano de Alatri, Roma, Librería Mariana Editrice (1958) pp. 294-355); v. también Behler, G. M., O. P., Maria, Città di Dio. Letture bibliche, Padua, Presbyterium [1958], 164 pp.