JAPÓN
El culto de la Virgen arraiga en los años de la predicación de S. Francisco Javier. En efecto, se hallan vestigios del mismo a partir del 15 de agosto de 1549, cuando el apóstol del J. regaló una bella imagen de Nuestra Señora al príncipe Pablo Hanshiro, convertido por él a la fe en Malaca. El mismo príncipe, a petición de la madre, mandó un breve resumen de la doctrina católica (Lettres de saint François-Xavier, Nouvelle traduction par Eugène Thibaut, S. J., p. 33, n. 39). Iniciada de esta forma, bajo los auspicios de María, la predicación del evangelio hizo allí grandes progresos. El culto mariano floreció bien pronto. El mismo S. Francisco Javier, como se ve por una carta de 1549 o 1550, concibió el proyecto de dedicar un santuario a la Madre de Dios en la gran ciudad de Miaco (la actual Kyoto, antigua residencia del emperador y capital del J.). Muy pronto los misioneros dominicos de Filipinas difundieron por allí largamente la práctica del santo Rosario, que solían llevar colgado al cuello o en el brazo los piadosos japoneses, incluso durante las persecuciones más violentas. Estas violentisimas persecuciones se desencadenaron bien pronto contra los cristianos.
Sólo en el año 1694 sellaron su fe con su sangre por lo menos 30.000 fieles. Fue decretado el pleno exterminio de los cristianos, y para impedir a los mismos la entrada en el J. fueron colocadas en el lugar del desembarco una cruz y una imagen de María, que debían pisotear los extranjeros antes de entrar en el país. La fe en Cristo y la devoción a María continuaron floreciendo, y al abrir los misioneros católicos, el 17 de marzo de 1865 en Nagasaki, la iglesia en honor de los 26 mártires japoneses recientemente canonizados, se presentaron al P. Petitjean unas quince personas pidiéndole que les dejara venerar la imagen de Nuestra Señora. Eran los descendientes de los antiquísimos cristianos que, a pesar de la violentisima persecución desencadenada 250 años antes, habían conservado y practicado en secreto la herencia de la fe, transmitiéndola de generación en generación. Como perenne recuerdo de este inesperado descubrimiento, allí, en Urakami, se edificó una capilla que se convirtió después en el santuario de «Nuestra Señora del Japón». Bajo el pedestal de la imagen, Mons. Petitjean hizo grabar estas palabras: «Nuestra Señora del Japón, rogad por nosotros!
Como recuerdo del día 17 de marzo de 1865.» A la derecha y a la izquierda de esta inscripción se leen las dos invocaciones: «Regina Martyrum» y «Auxilium Christianorum!» Todos los años se celebra el 17 de marzo en todo el J. una fiesta particular de María como perenne recuerdo del memorable hallazgo. Solamente en las cristiandades del sur se contaban, a principios de este siglo, 26 iglesias o capillas dedicadas a la Virgen. BIBL.: Bonse, Le culte de la Sainte Vierge au Japon, en «Compte rendu du Congrès Marial de Lyon, 1900», pp. 578-586; Koehler, Th., S. M., Maria-Kwannon. Iconographie mariale au Japon durant la persécution, en «L’Apôtre de Marie», 35 (1953) pp. 97-143; Sonen, A., S. M., Seibo Maria to Nihon (Santa María en el J.), Tokyo 1954, 267 pp.; Schütte, J., S. J., On Mamori no Santa Maria. Das Fest Unserer Lieben Frau, Schutz-herrin Japans, am japanischen Neujahrstag, Roma, Institutum Historicum Soc. J., 1954, 10 pp.; Mora, H., M. E. P., La dévotion mariale au J., en Du Manoir, IV, pp. 981-1000.