Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

HAGIOGRAFÍA

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Por hagiografía se entiende el conjunto de escritos que narran la vida de los santos. Así, pues, la relación que existe entre Nuestra Señora y la vida de los santos, considerada a la luz de la teología, no sólo es estrechísima, sino también de fundamental importancia, como de fundamental importancia es Jesús, al cual está íntima e indisolublemente unida María. Ella es, junto con Cristo, principio de vida, o sea de gracia y de gloria. María entra en la vida de los santos de la misma manera que una verdadera madre entra en la vida de los hijos. El santo es un ser humano que, colaborando con la gracia divina, llega a alcanzar, con el ejercicio de las virtudes teologales y cardinales, hábitos heroicos (hasta el punto de obrar con prontitud, con facilidad y con amor). Antes de alcanzar las virtudes (especialmente el amor de Dios y del prójimo) en grado heroico, el santo suele pasar, ordinariamente, por tres fases o vías: la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva.

Y respecto de esto hay que decir que María interviene, juntamente con Cristo, como instrumento de Dios, que es la causa principal, en la comunicación directa de la gracia habitual o santificante, en la conservación y en el desarrollo de la misma con la gracia actual, por haber sido constituida por Dios, con Cristo y bajo Cristo, mediadora de todas las gracias.

Por consiguiente, es innegable la influencia de María en todas y en cada una de las tres fases o vías de la vida espiritual. 1) En la vía purgativa tenemos el paso del estado de pecado (muerte espiritual del alma) al estado de gracia (vida sobrenatural del alma), y como la vida sobrenatural de la gracia nos viene —analógicamente, lo mismo que la de la naturaleza— del Padre (celestial) a través de la Madre (celestial), María, habiendo Ella engendrado (físicamente) a Jesucristo nuestra cabeza, engendra también (espiritualmente) a todos los miembros de esta cabeza.

En efecto, una madre no engendra sólo la cabeza, sino también sus miembros. El cristiano, lo mismo que Cristo su cabeza, nace «del Espíritu Santo y de María Virgen».

Con la gracia, el hombre se hace inicialmente «santo» (Filipenses 1, 1), según el sentido, dado por la antigüedad a esta palabra. Así se explica por qué en todas las conversiones, es decir, en todo paso del estado de culpa al de gracia, interviene siempre María, mediadora de la gracia, y, a veces, de un modo clarísimo (como se ve por el relato de no pocas conversiones). Nos referimos a las innumerables conversiones verificadas al paso de Nuestra Señora por distintos puntos de la tierra. Ella es la Madre —no sólo lla Reina— de todos los santos. 2) En la vía iluminativa, María Santísima ilumina con su ejemplo, juntamente con Cristo, el camino que debemos seguir para alcanzar la plenitud de la vida sobrenatural. Cristo es el sol, Ella es la «mujer vestida de sol» (Ap. 12, 1). Si el «sol» deslumbra, no así la «mujer vestida de sol», María, la cual, a través de Ella misma, nos muestra el sol, que es nuestro supremo aunque inaccesible modelo. Su vida, según San Ambrosio, es el modelo de todas las vidas: «Talis enim fuit María ut eius unius vita omnium sit disciplina» (De Virghiibus, 1. 2, c. 2, n. 15, PL 16, 222).

Ella no sólo nos ilumina, con su ejemplo, el camino que debemos seguir, sino que nos da también, mediante oportunas gracias, actuales, fuerza para seguirlo. «Los santos —escribe S. Luis de Montfort— han sido moldeados en María. Existe gran diferencia entre hacer una figura en relieve a martillazos y cinceladas y sacar una figura echándola en el molde. Los escultores y estatuarios trabajan mucho para hacer las figuras de la primera manera, y necesitan para ello mucho tiempo; más para hacerlas de la segunda manera, trabajan poco y emplean muy poco tiempo. San Agustín [el ps.-Agustín] llama a la Santísima Virgen forma Dei: «molde de Dios»: Si formam Dei te apellem, digna existís; el molde propio para formar y moldear dioses. El que es echado en este molde divino muy pronto queda formado y moldeado en Jesucristo y Jesucristo en él; con pequeño esfuerzo y en poco tiempo se convertirá en Dios, porque es echado en el mismo molde del que salió formado Dios» (Tratado de la verdadera devoción a María Virgen, n. 219).

Hay que dejarse, pues, moldear con docilidad por la acción maternal de María. 3) La vía unitiva consiste en la adhesión habitual a Dios mediante el amor, acompañado siempre de una gran pureza de corazón, de un verdadero apasionamiento por la cruz, de un celo ardiente y, a veces, de manifestaciones extraordinarias (desposorio místico, matrimonio espiritual). El amor, es decir, «la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom. 5, 5). Él es el Espíritu santificador. Pero el Espíritu Santo es el fidelísimo e indivisible Esposo de María Virgen, de manera que donde se halla María se halla también su indivisible y fidelísimo Esposo, y viceversa. «Cuando el Espíritu Santo, su Esposo —pone de relieve agudamente el santo de Montfort—, la ha hallado en un alma, vuela allí, entra allí plenamente, se comunica a esta alma con abundancia y tanto cuanto ella da cabida a su Esposa: y una de las principales razones por las que el Espíritu Santo no hace ahora maravillas estupendas en las almas es porque no halla en ellas una unión bastante grande con su fiel e indisoluble Esposa.

Y digo indisoluble Esposa, porque, desde que este amor sustancial del Padre y del Hijo se desposó con María, para producir a Jesucristo, el Jefe de los elegidos, y a Jesucristo en los elegidos, jamás la ha repudiado, ya que Ella ha sido siempre fiel y fecunda» (1. c., n. 36). Por eso María ocupa en la H., o sea en las vidas de los santos, un puesto central (junto con Cristo y subordinada a Él), no un puesto marginal, periférico. Una particular devoción a María es una característica de la verdadera santidad. «Nunca he leído de santo alguno que no haya profesado especial devoción a la gloriosa Virgen», afirma S. Buenaventura (Serm. 2, de Purific. B. M. V., Obras, t. IV, BAC, Madrid [1947] p. 663). Y sentencia: «Los que radican en María, por María son santificados»: «Qui in María radicantur, per eam sanctificantur» (ibíd.). Y advierte que anadie puede ser demasiado devoto de María»: «Beatae Virgini nullus nimis po- test esse devotus» (III Sent., D. 3, p. 1, a. 1, q. 1, ad 4). BIBL.: SriAZi, R.. O. P., La Madonna nella vita cristiana, Roma, Bclardctti 1952; Roschiní, G.. O. S.

M., La Madonna nella vita cristiana, Pompei, IPSI, 1953; Bai, F., María SS. nella A., en (María ncl Cristianes; mo», «La Favilla». Milán 1953. pp. 71-83.

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