DONES del Espíritu Santo en María
Los D. son hábitos sobrenaturales que dan a las facultades del alma gran docilidad para obedecer prontamente a las inspiraciones de la gracia. La diferencia esencial entre las virtudes y los D. deriva de su diverso modo de obrar en nosotros: en la práctica de la virtud, la gracia nos hace activos, bajo el influjo de la prudencia; en cambio, en el uso de los D., suponiendo que poseemos su pleno desarrollo, se requiere por nuestra parte más docilidad que actividad. Los D. perfeccionan a las virtudes teologales y morales. Son siete (Is. 11, 2, 3): sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Dios da estos dones a todos, juntamente con la gracia santificante: los da empero a cada uno con determinada medida. Sólo a María se los dio, por así decir, sin me dida. Hagamos una breve reseña de todos ellos. 1.º El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia, hacilndonos juzgar prontamente y con seguridad por una especie de intuición sobrenatural lo que conviene hacer, especialmente en los casos difáciles. El objeto propio del don de con sejo es la buena dirección de las acciones particulares.
Fue maravilloso este don en María, que es llamada por la Iglesia «Madre del buen consejo». Efectivamente, el alma de María estuvo siempre vuelta hacia Dios, del cual percibía con suma fácilidad todas las inspiraciones, de manera que a Ella, más que a ningún otro santo, se le pueden aplicar las palabras: «Tu guia será el buen consejo, y la prudencia te salvará» (Prov. 2, 11). Esta prontitud de María en dirigirse a Dios y recibir las divinas iluminaciones en todas las circunstancias de su vida, man tenía en su alma una perfectísima paz. 2. ° El don de piedad perfecciona la virtud de la religión, que es aneja a la justicia, produciendo en el corazón un afecto filial hacia Dios y una tierna devoción a las per sonas y cosas divinas, y que mueve a llevar a cabo con santa premura los deberes religiosos.
Si pudidramos penetrar con la mirada en el interior del alma de María, quedariamos maravillados a la vista de los sentimientos de filial afecto para con Dios, inspirados en Ella por el don de la piedad, en todos los instantes de su santisima vida. 3. ° El don de la fortaleza perfecciona la virtud de la fortaleza, dando a la voluntad un impulso y una energia que la hace capaz de obrar o de sufrir alegte e intrápidamente grandes cosas, superando todos los obsticulos. Si se considera, por un lado, la grandeza de la obi a a cuya realización estaba María predestánada por Dios, y, por otro, las innumerables dificultades que hubo de afrontar, no por parte de la came, ya que era inmaculada, sino por parte del demonio y del mundo, habria habido en Ella motivo más que suficiente para el desaliento. Pero, apoyindose en Dios, superd toda dificultad, vencid todo peligro, y cumplid la ardua empresa de cooperar con Cristo al rescate del género humano.
Esta gracia la hizo inmutable, como la roca, y la permitid descansar en Dios como un niño entre los brazos de su madre. 4. ° El don del temor perfecciona al mismo tiempor la virtud de la esperanza y la virtud de la templanza: la virtud de la es peranza nos hace temer el desagradar a Dios y ser separados de él; la virtud de la templanza nos desliga de los falsos deleites que podrían hacernos perder a Dios. Es, pues, un don que inclina a la voluntad al respeto filial a Dios, nos aleja del pecado porque le desagrada, y nos hace esperar en su poderosa ayuda. Pero aunque el temor de María fue grande, no fue servil. Llena como estaba de la gracia divina y toda pura, toda santa, no podia tener ningun castigo, como no podia temer el perder a Dios con el pecado (v. Impecabilidad). El temor de María era un temor reverencial, causado por un vivfsimo sentimiento de la infinita majestad de Dios y de su infinite poder. 5. ° El don de la ciencia nos hace juzgar reotamente de las cosas creadas en sus relaciones con Dios; el don de entendimiento nos manifiesta la intima armonia de las verdades reveladas; el don de la sabiduria nos las hace juzgar, apreciar y guslar.
Los tres tienen de comun que nos dan un conocimiento experimental, o casi experimental, ya que nos hacen conocer las cosas divinas, no por via de razonamiento, sino por medio de una luz superior que nos las hace comprender como si tuvidsemos experiencia de las mismas. El objeto del don de la ciencia lo constituyen, por consiguiente, las cosas creadas en cuánto nos conducen a Dios, del cual todas proceden y son conservadas. Son como escalones para subir a El. Y a la Madre de su divino Hijo, no sólo concedid Dios un vasto conocimiento de las cosas sobrenaturales y naturales, sino que le infundid tambiln esc instinto divino que la hacia apta para juzgar con certeza el valor de las cosas divinas y cómo todo cuánto cabe en el saber humano va a convergir a la fuente de toda verdad, Dios. De lo cual son prueba manifiesta aquellas profundas palabras que María pronuncid cuándo fue saludada por Santa Isabel como Madre del Verbo. 6. ° Affn al don de la ciencia es el don del entendimiento: dste (y en esto se dis tingue de la ciencia) no se limita a las cosas creadas, abarca también todas las verdades reveladas, penetrando su intimo significado.
Es cierto que no nos hace conocer los misterios, pero nos har£ comprender que, pesc a su oscuridad, son creibles, y que estiln en perfecta armonia entre ellos y con lo que hay de más noble en la razón humana, con lo cual se confirman los motivos de credibilidad. Y así como el Espíritu Santo se cornplacid en escoger a María para su amada esposa, del mismo modo quiso adornarla también con el precioso don de entendimiento, a fin que, además de la luz de la fe que la ilumind en torno a los misterios, recibiese también otros destellos de viva luz, ordenados a darle inteligencia profunda de los designios y misterios divines, especialmente de aquel inefable misterio que debia cumplirse en Ella, como se echa de ver por la respuesta que dio al saludo de Isabel. Nadie como Ella poseyo de manera tan clara el csentido de Cristo». 7.° El más perfecto entre los D. del Espíritu Santo es el don de la sabiduna. Perfecciona la virtud de la caridad, y reside, al mismo tiempo, en el entendimiento y en la voluntad, derramando en el alma luz y calor, verdad y amor. Es como un compendio de todos los dem£s D., lo mismo que la caridad compendia todas las otras virtudes.
El don de sabiduria puede, pues, considerarse como un don que, perfeccionando la virtud de la caridad, nos hace dis cern ir y juzgar de Dios y de las cosas divi nas en sus más altos principios y nos las hace gustar. Y respecto de María, así como recibió, más que cualquier otra criatura, una gran participación de la virtud de la caridad divina, así poseyó también, con incomparable perfección, el don de la sabiduria. Por medio del mismo supo Ella discernir, como por instinto, las cosas divinas de las cosas humanas. Esta sabiduna celes tial inundaba su alma de una dulzura infinita, puesto que «conversar con la sabiduria nada tiene de amargo, y vivir con ella no da tedio, sino consolación y gozo».