Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

ÁNGELES

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Las relaciones que existen entre María Santísima y los A. son de fundamental importancia para comprender el inefable misterio mariano, por lo que están siendo, desde hace siglos, objeto de estudio por parte de los teólogos. El mundo angélico supera, en efecto, de modo incomparable al mundo humano. En el mundo humano están comprendidos muchos individuos en la misma especie humana; en el mundo angélico, en cambio, compuesto de miríadas de puros espíritus, cada ángel es específicamente (no sólo individualmente) distinto del otro, de manera que el ínfimo de ellos supera incomparablemente no sólo al mayor de los hombres, sino también a toda la especie humana. Si, por tanto, es cosa gloriosa para la Virgen ser Madre y Reina de los hombres, lo es incomparablemente más el serlo de los A., aunque lo fuera de uno solo de ellos.

En efecto, las relaciones de María con los A. se reducen a dos: ser Madre y Reina de los mismos. I. María es, ante todo, Madre espiritual de los A. María, en efecto, al ser Madre espiritual de todo el cuerpo místico de Cristo, es Madre espiritual de todos aquellos cuya cabeza es Cristo. Y Cristo es verdadera cabeza, no sólo de los hombres, sino también de los A.

Se discute, sin embargo, entre tomistas y escotistas, en qué grado es Cristo cabeza de los A. y, en consecuencia, en qué grado es María su Madre espiritual. Según la Escuela Tomista (consecuente con la teoría sobre que la encarnación del Verbo depende de la permisión divina de la culpa de Adán), Cristo sólo sería cabeza de los A. en cuanto que les infunde la gracia y la gloria accidental, no la gracia y la gloria esencial, como quisiera la Escuela Escotista (de acuerdo con la teoría de la independencia de la Encarnación del Verbo en lo que se refiere a la permisión de la culpa de Adán). En efecto, la primacía de Cristo (y, en cierto sentido, de María, a Él indisolublemente unida), proclamada por S. Pablo (Col. 1, 13-20) e incluso por la razón iluminada pola fe, así como la unidad y la armonía del plan divino, ideado y realizado por el mismo Dios, solamente se salvan si se admite que Cristo y María son la causa final, la razón de ser de toda la creación (A. y hombres), así como la causa eficiente meritoria de toda la gracia concedida por Dios tanto a los hombres como a los A.

Cualquier gracia, por consiguiente, preparada por Dios «ab aeterno» y por Él concedida en el tiempo a cualquier criatura (sea humana, sea angélica) ha sido merecida por Cristo y por María, en atención a ellos y para gloria de ellos. Por tanto, también la gracia, mediante la cual los A. salieron airosos de la prueba y obtuvieron la gloria, se debe a Cristo y a María. Dios, en efecto, primeramente (a nuestra manera de entender) quiso a Cristo (y a María) en carne pasible, y después, en atención a Cristo (y a María) y para su gloria quiso todas las demás cosas creadas, A. y hombres, y la misma «permisión» de la culpa de Adán (la cual, por consiguiente, depende de Cristo, y no Cristo de ella). II. María, en segundo lugar, es Reina de los A. En virtud de la Maternidad divina, Ella, por más que en su naturaleza sea inferior a los A., es, sin embargo, incomparablemente superior a ellos por su dignidad, puesto que es Reina de todo el universo creado, tanto humano como angélico, y goza de verdadero y propio dominio sobre él. También los A., lo mismo que los hombres, son súbditos y siervos de María, su augusta Reina. Por eso la Iglesia la invoca con el título de «Regina Angelorum».

Bibliografía

Roschini, G., La Madre de Dios según la fe y la teología, vol. I, Madrid 1955, pp. 390-399
P. Alejandro de
Villalmonte, O. F.
M. Cap., María y los Ángeles, en «Est. Mar.», 20 (1959) pp. 401-437
Aperribay, B., O. F. M., María, ¿Madre de los Ángeles?, en «Verdad y Vida», 18 (1960) pp. 261-280.

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