VISITA MÉDICA
1. Modo de visitar
Cualquier examen clínico se inicia siempre con una más o menos larga anamnesis, esto es, con la narración, por parte del enfermo o de quien le acompaña, del modo como se inició y desarrolló su enfermedad, de las enfermedades eventuales que la precedieron, del estado de salud de sus padres, del tenor habitual de vida del enfermo y de todo cuanto tenga relación de cerca o de lejos con la enfermedad en discusión. El médico, según las circunstancias, el tiempo disponible, la experiencia propia y los hábitos profesionales dejará hablar libremente al sujeto o lo someterá a un interrogatorio particular; como quiera que sea habrá de tener casi siempre una gran paciencia frente a la prolijidad y divagaciones del enfermo y de sus acompañantes y teniendo que informarse de gran número de detalles, a veces incluso escabrosos, evitará con cuidado todo tono frívolo, y más todavía cualquier referencia a cosas que pudieran suscitar escándalo en los presentes.
En cuanto a la verdadera y propia visita médica trátese siempre de realizarla en presencia de algún familiar del enfermo, especialmente si se trata de mujeres jóvenes, y procédase tranquilamente a examinar cuanto sea necesario para el logro de un diagnóstico exacto. Evítese el exceso en los desnudamientos y sobre todo evítense los gestos, miradas, maneras y palabras que pudieran ofender la decencia natural.
2. La mentira piadosa
Establecido el diagnóstico, ¿habrá de comunicarlo el médico al enfermo? Sí, en los casos —que son la inmensa mayoría— en que se trata de enfermedades ligeras o susceptibles de curación y siempre que no implican amenaza de muerte a plazo más o menos corto; no, en caso de enfermedades particularmente graves, peligrosas, incurables. La razón de esta diversa conducta está en la circunstancia —experimentada universalmente— de que en el primer caso el enfermo, conocida la entidad real de su afección que incluso puede convenir pintársela con tintas más sombrías, pondrá mayor empeño en seguir las reglas higiénico-medicales que le devolverán la salud y contribuirán a evitarle la recaída. En el segundo caso el conocimiento de la verdad determina en el enfermo junto con la pérdida de toda esperanza la debilitación de los poderes todavía existentes de defensa en su organismo, de donde —fatalmente— ocurre la agravación ulterior del mal; sin contar con que en no pocos enfermos la noticia puede dar lugar a un desesperado gesto suicida. A este último propósito conviene recordar que los candidatos a este suicidio no se encuentran sólo entre los individuos más tímidos y asustadizos.
En casos de este tipo (que por fortuna se van haciendo cada vez más raros, dada la precisión cada vez mayor de los diagnósticos y la perfección de los medios terapéuticos), es buena regla tranquilizar al enfermo, asegurándole convincentemente de que se trata de enfermedad curable; al mismo tiempo con las debidas cautelas los familiares del enfermo se harán cargo de la verdad real y se pondrá todo cuidado en sugerir aquellos cuidados que contribuyan a aliviar los sufrimientos y prolongar la vida del sujeto. No será tampoco inútil que el médico recuerde a uno de los parientes más autorizados y más idóneos que realice prudentemente la misión delicada de invitar al enfermo a cumplir con la solicitud necesaria los actos sociales y religiosos (poner en orden sus negocios, hacer testamento, reconciliarse con Dios, etc.) de los cuales debiera depender la salvación del alma del enfermo y el bienestar económico de su familia.
3. Conducta con los moribundos
Esta invitación es tanto más importante y urgente si se trata de un moribundo. En este caso, el médico, a falta de otro, está él mismo obligado a advertir al enfermo que está en peligro de muerte, a fin de que éste pueda a tiempo expresar sus últimas voluntades y morir reconciliado con Dios y con los hombres. Al médico prudente no le faltará el modo, ni siquiera en los casos más extremos, de inducir al moribundo a estas obras sin quitarle por otra parte toda esperanza: bastará que le hable de la conveniencia y posibilidad, de los beneficios que una vez ordenadas las cosas materiales y espirituales le pueden venir al enfermo y que pueden ayudar a hacerle mejorar, etc. De esta manera puede conciliarse toda exigencia y el médico será fiel hasta el último momento a su misión consoladora y no se correrá el riesgo de apresurar la muerte del enfermo.
Así, pues, ni siquiera con los moribundos le es lícito al médico expresar un pronóstico infausto.
4. El médico, consejero moral
Junto al lecho del enfermo o en el curso de sus prestaciones, al médico, se le piden habitualmente consejos que tienen estrecha relación con la moral. Teniendo verdaderamente en el corazón la salud de sus enfermos, ha de evitar toda actitud marcada de escepticismo o indiferencia y consciente de la importancia de cualquier palabra suya —que en tales circunstancias es escuchada, recordada y seguida como un oráculo— buscará sugerencias en la ética cristiana y cuando se le ofrezca ocasión no evitará el tocar argumentos religiosos, hacer afirmaciones de fe y exhortar al enfermo a corregirse y a obrar el bien. Todo médico sabe por experiencia personal cuan frecuentemente la vigorización de la fe en Dios, la reconciliación con un adversario, el abandono de un hábito vicioso, la oración, la misma resignación ayudan serenando la conciencia, a mejorar las condiciones físicas de un enfermo y a ponerle en vías de curación. El médico verdaderamente prudente no ha de dejar de poner por obra estos medios espirituales para triunfar de la enfermedad, aun independientemente de la salvación de las almas que por lo demás sigue siendo la meta más hermosa de cualquier cristiano.
A este último propósito no juzgamos superfluo advertir a las comadronas y a todos cuantos tienen ocasión de asistir a las gestantes acerca de la oportunidad de que sepan administrar el bautismo, estando obligados a esta administración, cuando el feto (incluso en el útero) o el recién nacido estén en peligro inminente de vida.
5. El ejercicio profesional en las mutualidades
Las normas morales anteriores se han de respetar también cuando se trata de visitas mutualistas o del seguro.
Es cosa sabida cómo desde hace algunos años se van imponiendo y extendiendo cada vez más las prestaciones médicas de las llamadas mutualidades o mutuas: entidades asistenciales en que los inscritos gozan —con una modesta cuota fija— de la asistencia de sanitarios provectos en cualquier necesidad médicoquirúrgica. No es este el mejor lugar para criticar estas instituciones, las cuales funcionan con daño de la profesión libre y en el fondo con daño también del verdadero arte médico, que exige paciencia, confianza recíproca, adquirible sólo con prolongados y repetidos contactos, mientras que el ejercicio de la profesión en las mutualidades es de ordinario tumultuoso, superficial, rutinario, nada propicio a aquella comprensiva confianza que tanta parte tiene en la terapéutica.
Conviene más bien recordar que si el médico de seguro se ve obligado a obrar apresuradamente no debe por ello faltar en sus visitas a las reglas de corrección, decencia y prudencia que la moral le impone.
Riz.
Bibliografía
L. Scremin, Diccionario de moral profesional médica, Barcelona, 1952.