MEDITACIÓN
1. Naturaleza. - La m. consiste en la aplicación de la mente a una verdad religiosa, considerada en sus relaciones con la persona que medita y en las resoluciones y afectos que surgen de esta consideración. La m. debe ser una verdadera elevación del alma a Dios, o sea, una verdadera oración: no puede limitarse por lo tanto a consideraciones de la mente, sino que al trabajo del entendimiento deben ir unidos afectos, o sea actos de fe, de amor, de alabanza, de acción de gracias, de impetración y de arrepentimiento, que deben difundirse por toda la m.f o ser al menos muy frecuentes, sobre todo hacía el fin de la m.; la aplicación de la mente debe conducir también a propósitos concretos y enérgicos. Al principio de la vida espiritual prevalece el trabajo discursivo; a medida sin embargo que progresa el alma, el trabajo del entendimiento tiende a simplificarse y la parte afectiva de la m. se hace cada vez más preponderante: poco a poco la m. se va transformando en una relación de intimidad con Dios que habita en el alma y a quien el alma contempla con amor.
2. M é t o d o. - Para los incipientes no es tan fácil hacer una buena m. Por lo que ya en la antigüedad, hubo escritores como Casiano y San Juan Clímaco que dieron indicaciones acerca del modo de hacer la oración mental.
En tiempos más recientes fueron elaborados métodos de oración mental propiamente dicha: el método ignaciano, el método salesiano, el método sulpiciano. En los diversos métodos hay puntos comunes que deben ser bien señalados, ya que se trata como es evidente de lo más importante. Hay siempre una preparación rem ota que no es otra cosa que una vida verdaderamente cristiana y una preparación prójima que consiste en ponerse en la presencia de Dios, reconocerse indigno e incapaz de hacer una buena oración e implorar la ayuda divina. El cuerpo de la m. comprende reflexiones sobre una verdad religiosa? considerada en sus relaciones con el alma propia (utilidad o necesidad de lo que estoy considerando para el bien de mi alma; ¿cómo he practicado hasta el presente este punto?, ¿qué haré para practicarlo mejor?), afectos piadosos suscitados por estas reflexiones, resoluciones concretas y firmes. La m. concluye con un acto de acción de gracias, una mirada sobre cómo se ha hecho la m., una última súplica y la selección de un pensamiento o de una máxima que nos recuerde en el curso del dia la idea principal de la m.
Todas las verdades que nos puedan llevar a la práctica de la virtud pueden ser objeto de la m.: Dios, sus atributos y derechos; nuestra creación y destino a un fin sobrenatural; el pecado, sus causas y sus consecuencias; la pasión y la muerte de Nuestro Señor Jesucristo como ejemplar de nuestra perfección; los novísimos; los medios para evitar el pecado, para desarraigar los defectos y para practicar la virtud; nuestros deberes en particular; la gracia y su necesidad.
Los mismos trozos variables de la Misa se p re sta n como materia para meditaciones U tilísim a s. No es posible aconsejar un método de m. adecuado a todos: el método, en efecto, es un medio cuya eficacia depende de muchos detalles. Cada uno ha de darse cuenta del mayor o menor provecho que saca de un método determinado, y es útil consultar acerca de esto al padre espiritual. San Ignacio recomienda detenerse en un punto hasta tanto que su consideración nutra el afecto e indica a las almás ya algún tanto adelantadas una manera más afectiva de hacer la oración mental. No hay que preocuparse tampoco del modo con que se han de expresar los afectos piadosos: los modos más simples son siempre los mejores.
3. Utilidad. - La m. es un medio eficacísimo para asegurar la salvación eterna. La m. es también útilísima, por no decir necesaria, para la perfección. Esforcémonos por consagrar todos los dias al menos algunos momentos a este piadoso ejercicio. Son muchos los libros de m. que se pueden encontrar con facilidad en las librerías religiosas.
4. E s p e c i a l e s d i f i c u l t a de s. - Pueden darse períodos en que la m. discursiva parecerá imposible: no se experimentará sino aridez y aburrimiento. Estas dificultades pueden ser una consecuencia de tibieza o de indisposición física; pueden ser también una prueba mandada por el Señor para purificar el alma y prepararla a una oración mucho más perfecta. Si este estado fuese debido a una causa dependiente de la voluntad seria preciso rem overla; en todo caso estas dificultades no deben ser motivo para descuidar o acortar la m..
o para reducirla a una simple lectura espiritual, sino que convendrá esforzarse por evitar las distracciones, tener la mirada de la mente fija en Dios y expresar una y otra vez al Señor los afectos propios, la sincera voluntad de seguirle hasta el Calvario, y el desagrado propio de ser áridos e incapaces. Esta oración no es inercia, sino que es más bien útilísima; y muchos amigos Intimos de Dios han sido por muchos años asociados de este modo a la vida dolorosa de Jesús. Man.
Bibliografía
Bibliografía
A. T an q u erey, Compendio de teología ascética y m ística, Roma, 1930, n. 663-703 A. M e y n a r d, La vida espiritual, Barcelona, 1900, n. 200, 223- 231, 271 R. G a r r i g o u -L a q r a n g k, Las tres edades de la vida inte rior, Buenos Aires, 1944, p. 513 ss.
J. Rooth a a n, Método para la meditación, Barcelona, 1935.