Diccionario de Teología Moral

Pietro Palazzini (Pal.)

INCREDULIDAD

Recursos

1. Noción. - Es la ausencia de la fe debida en aquellos a quienes ha sido suficientemente propuesta la Revelación y que sin embargo la han rechazado o no han tenido cuidado por conocerla. El asentimiento de la fe es subjetivamente obligatorio, cuando existe certeza racional del origen divino de la religión cristiana (juicio cierto de credibilidad). El caso de que un hombre aunque tenga la certeza de que la religión cristiana es revelada le rehúse su propio asentimiento no es imposible, dada la distinción esencial en su objeto y en su motivo entre el juicio de fe y el juicio de credibilidad; pero es rarísimo. Ordinariamente la falta de fe va acompañada de la falta de juicio de credibilidad. Para ver, por lo tanto, cuán culpable sea la falta de fe es necesario ver hasta qué punto es culpable la falta del juicio de credibilidad.

2. La i. problema psicológico. - Esta negativa a la revelación suscita problemas más graves desde el punto de vista tanto psicológico como teológico. Éstos se pueden formular de esta manera: ¿En qué consiste esta negativa y cómo se explica psicológicamente? ¿Es posible perder la fe sin culpa propia? a) ¿En qué consiste la negativa a la fe y de qué modo se explica psicológicamente? Que el hombre pueda, por culpa propia, no llegar al conocimiento de la verdad revelada es cosa que se explica fácilmente, pero en este caso la fe no se rechaza y si ha sido ya recibida mediante el bautismo no se pierde. Considérese el caso de un protestante que sólo por negligencia no llega al catolicismo: éste, sin embargo, puede estar habitualmente dispuesto a acoger la verdad cuando ésta se le manifieste claramente. Su actitud no es formalmente contraria a la autoridad de Dios revelador. ¿En qué consiste entonces esta negativa contraria a dicha autoridad? ¿Es necesario que el hombre, conocida la revelación, le niegue sin embargo su asentimiento? Algunos lo han pensado así; y que esto, hablando en absoluto, sea posible, lo demuestra la misma naturaleza del acto de fe, como hemos dicho.

Se trata, sin embargo, de una monstruosidad psicológica apenas imaginable y por lo tanto en concreto rarísima. Existe, en cambio, una verdadera negativa en el caso en que por odio contra la luz, o se quiere ignorar la revelación porque no se la quiere recibir, o se niega su verdad, aunque haya sido suficientemente conocida por la mente. Este último caso no es infrecuente y encuentra su explicación psicológica en el hecho de que la certeza metafísica acerca de las verdades religiosas de orden natural y la certeza moral acerca del hecho de la revelación y de sus pruebas no son como la certeza matemática, la cual no puede ser sombreada por ninguna duda verdaderamente seria, sino que deben hacerse camino en la mente, triunfando de las sombras que pueden surgir en torno a ellas y en contra de ellas. Sombras en las cuales algunas veces la inteligencia prefiere detenerse antes que llegar a las pruebas positivas de que goza la verdad. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de verdades contrarias a las pasiones y a los intereses humanos. Así es como muchos se hacen culpables de rehusar la luz. b) ¿Es posible perder la fe sin culpa propia?

Que se puede perder la fe por culpa propia, que la incredulidad además de ser un error puede ser también un pecado, es una conclusión que se deduce fácilmente de la solución del problema precedente. Pero aquí se nos presenta el problema opuesto. Si el hereje o el infiel pueden legítimamente dudar de sus creencias religiosas, iniciando así, con esta duda, su itinerario interno hacia Cristo y hacia la Iglesia, ¿por qué no puede ocurrir algo análogo al católico con respecto a su fe? La comparación, si se entiende como equiparación objetiva de la verdad y del error, se ha de descartar en absoluto. Pero, aun considerado sólo desde un punto de vista subjetivo, no vale: porque una es la condición del que ha recibido el don de la fe en la verdadera Iglesia de Dios, y otra la del que sigue una falsa religión. Y esto por un doble motivo, de orden lógico el uno, de orden psicológico el otro. El error no puede tener la misma fuerza que la verdad: las demás religiones y las demás iglesias no tienen en su favor todos aquellos signos de credibilidad y de verdad de que goza la Iglesia católica.

Por otra parte, aquella misma gracia que excita y ayuda a los que yerran para que puedan conocer la verdad, confirma en la fe a aquellos que de las tinieblas pasaron a su luz. Aun en este caso se puede decir que Dios no abandona, y no es abandonado. La pérdida de la fe está, por lo tanto, condicionada a un pecado: muy a menudo es toda una serie de culpas y de graduales transacciones la que prepara la apostasía. La solución del problema, apoyándose no sólo en la ayuda de la gracia, sino también en la fuerza de la verdad, se refiere únicamente al creyente que, bajo la guía de la Iglesia, ha tenido conciencia de su fe. En cambio, no considera el caso extraordinario del homo rudis , preso en las mallas del error antes de darse cuenta de la verdad. La gracia no suple los motivos de credibilidad ni Dios está obligado a hacer milagros para colmar las lagunas causadas por la ignorancia. Pal.

Bibliografía

R. Lombardi, La salvación del que no tiene fe , Barcelona, 1953
O. Baroni, È possibile perdere la fede cattolica senza peccato? (Doctrina de los teólogos de los siglos XVII-XVIII), Roma, 1937 G.
B. Guzzetti, La perdita della fede nei cattolici (estudio histórico-dogmático), Venegono, 1940 M.
F. Sciacca, Dios y la religión en la filosofía actual , Barcelona, 1950
G. Ricciotti, Con Dios y contra Dios , Barcelona, 1955.