Diccionario de Teología Moral

Bartolomeo Verzeroli (Ver.)

INCONSCIENTE

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1. Noción. - Nos hallamos en el campo del psicoanálisis (exploración del alma), que se podría considerar como una especialización de la psicología experimental si entre los estudiosos de ambas ciencias no existiese cierta incomprensión y hasta rivalidad, tal vez no desaparecidas todavía del todo. El psicoanálisis tiene por maestro a Segismundo Freud (1856-1939).

2. I. se opone a consciente. - Llamamos consciente tanto al sujeto que tiene conciencia de sus actos como a la actividad por la que el sujeto tiene esta conciencia. En ambos sentidos se opone a inconsciente. Para evitar equívocos hacemos notar que damos a la voz conciencia un significado puramente psicológico. Dejando, por lo tanto, a un lado todos los seres que por su naturaleza no serán nunca conscientes, así como toda conciencia puramente sensitiva, que no nos interesa, por estar excluidos los animales del campo de la moral, observemos que la conciencia tiene en el hombre varios grados. Permítasenos distinguir netamente tres campos: el campo de la conciencia en sentido específico que podría compararse a un círculo en cuyo centro se concentra principalmente la atención y a partir del cual va disminuyendo a medida que se acerca a la periferia hasta desaparecer totalmente. Así entramos en el campo de la subconsciencia, que comprende cuanto perteneció a la conciencia, pero que en este momento determinado ha caído en el olvido. El campo de la inconsciencia recoge todo aquello que jamás formó parte del campo de la conciencia por no haber sido nunca advertido.

Freud dice: «El i. es lo psíquico mismo y su realidad esencial. Su naturaleza íntima, lo mismo que la del mundo externo, nos es desconocida y la conciencia nos da de él informaciones incompletas, lo mismo que nuestros órganos hacen respecto del mundo exterior.» Freud concibe, por lo tanto, tres estados en la memoria: la consciente, que nos presenta los hechos conocidos; la subconsciente, que contiene los hechos olvidados, y el inconsciente, que sería el receptáculo de todos los recuerdos en general. Para evitar todo equívoco juzgamos más exacto conservar la primera distinción dada más arriba. Viniendo al nudo del problema nos preguntamos si hay hechos psíquicos que puedan escapar y de hecho escapen a nuestra conciencia. Los doctos en la materia no están de acuerdo porque al parecer no han propuesto el problema con claridad. Algunos quieren probar a priori la imposibilidad del i., porque en tal caso se tendría un consciente i., lo cual es contradictorio.

Pero, si bien se observa, esto, a no ser que no se quiera seguir la doctrina de Descartes, no es el caso de un hecho psíquico que cae y al mismo tiempo no cae bajo el control de la conciencia, sino el caso de un hecho psíquico que, pudiendo caer bajo el control de la conciencia, en realidad no ha caído bajo él. Otros pretenden probar, siempre a priori , la existencia del i. Cítase, entre otros, el ejemplo de las vibraciones sonoras. Si para percibir un sonido se precisan, p. ej., doce vibraciones, si las vibraciones fuesen sólo once no se oiría nada. «Las primeras once vibraciones, dicen ellos, pertenecen al i.» Aquí notamos un doble error: la sensación no es efecto sólo de la duodécima vibración, sino del conjunto; además, si a priori se puede demostrar la posibilidad de un hecho, no se puede sin embargo demostrar su existencia, la cual se prueba a posteriori . Dejando a un lado los hechos ciertamente espirituales y otros que parecen tales, ya que en tal caso nos encontraríamos con el sobrenatural, el preternatural u otro elemento igualmente misterioso, tratamos de considerar aquí solamente lo que ocurre en la vida natural.

En la vida normal nuestros sentidos son continuamente estimulados por objetos circunstantes, pero bien por distracción, bien por hábito, bien por un esfuerzo de voluntad, no hacemos caso de ellos. Si hablamos con una persona puede suceder perfectamente que no advirtamos una voz que nos llama. «Mis perfumes, decía Montaigne, sirven primero a mi nariz, después sólo sirven a la nariz de los que se me acercan.» Un sabio puede absorberse de tal modo en sus cálculos que llegue a no sentir un dolor. En la inteligencia existen también fenómenos inconscientes. En el sistema tomista, que explica maravillosamente nuestra cognición, nadie advierte la acción abstractiva del intelecto agente. ¡En la vida afectiva cuántas inclinaciones, pasiones, instintos se nos escapan, sobre todo en la infancia! En la vida anormal se verifican fácilmente anestesias, sensaciones y actividades inconscientes. Estos breves datos bastan para convencerse de la existencia del i. En nuestro caso nos permitimos añadir al i. también la ignorancia, que representa igualmente una especie de i.

3. Observaciones morales. - Si el i. suprime el voluntario en sí, porque donde no hay cognición intelectiva no hay voluntario, puede dejar el voluntario in alio , o sea, en causa, por parte del que opera y también por parte de quien tiene su cuidado y responsabilidad. La inconsciencia puede depender de hábitos malos contraídos y en este caso, si el que los ha contraído advirtió, aunque sólo fuera en confuso, sus consecuencias, debe responder ante su propia conciencia y ante Dios, al menos hasta que haya retractado estos malos hábitos. En los niños existe un triste bagaje de herencias, pasiones, inclinaciones, malos instintos, que pueden filtrarse en la educación, bien porque están en germen, bien porque el sujeto no se apercibe. Es necesario que el primer educador, los padres y en su falta quien tiene por razones de parentesco o de oficio el deber de proveer a la educación del niño conociendo su carácter y sus taras familiares procure que antes que las tendencias malsanas se desarrollen o tomen incremento, surja el hábito contrario, la virtud, que puede combatirlas y vencerlas. Un gran maestro de psicología y de pedagogía práctica, S.

Juan Bosco, nos ha dado un admirable ejemplo de esta cura preventiva, y S. Pío X al dar a Jesús a los niños antes de que fueran presa del mal, partía de una convicción análoga. Al i. añadiremos la ignorancia: los malos ejemplos deben ser contrarrestados por el conocimiento del deber propio y del amor a la virtud. Ver.

Bibliografía

P. Bonelli, La conscience en psychologie et en morale , París, 1872
C. Fabro, Percezione e pensiero , Milano, 1941
A. Gemelli y
G. Zunini, Introduzione alla psicologia , Milano, 1947.

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