CONSULTA
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1. Definición. - Es uno de los actos más importantes y solemnes de la práctica sanitaria que consiste en la reunión de dos o más médicos a la cabecera de un enfermo para establecer el diagnóstico, pronóstico y tratamiento de su afección. Habitualmente la c. se celebra entre el médico de cabecera y un facultativo de mayor fama o de competencia más específica, invitado a expresar su juicio sobre el estado y cura del enfermo.
2. Modalidades. - La c. puede ser requerida por el enfermo (o su familia) o por el médico de cabecera. En el primer caso, y aunque la petición parezca ser expresión de falta de confianza del enfermo en la capacidad profesional de su médico, éste no sólo no deberá oponerse, sino que consentirá en ella de buen grado, teniendo presente que una c. bien llevada no puede menos de aumentar su crédito ante el enfermo. El médico ha de recordar además que no rara vez la visita del consultante arroja una nueva luz sobre el diagnóstico de un proceso morboso que —por haber sido seguido por él desde sus comienzos con frecuencia inciertos y oscuros— había sido juzgado al principio distinto de lo que era en realidad, mientras que aquel primer juicio, por una conocida ley psicológica, había hecho que el médico no estuviese ya en condiciones de rectificar su diagnóstico.
Además el consultante —cuando como suele ocurrir ha sido elegido entre los médicos más competentes en la materia— está en condiciones de sugerir los remedios más apropiados.
Finalmente, especialmente cuando se trata de enfermedades crónicas, la c. origina con frecuencia por sí sola nuevas esperanzas de curación y con esto es causa de un benéfico, aunque tal vez sólo temporal, mejoramiento. Cuando se le propone una c. el médico de cabecera —cuyo fin principal debe ser la curación del enfermo que le ha sido confiado— habrá de preocuparse únicamente de que el consultante sea realmente el facultativo competente que el enfermo o su familia desean y creen (ocurre con demasiada frecuencia por el contrario que los familiares, preocupados por la gravedad o la larga duración de una enfermedad van pidiendo consejos a conocidos y amigos, entre los cuales no faltan quienes sugieran nuevos facultativos y nuevos medicamentos que no están a la altura ni del médico de cabecera ni de las curas propuestas por él).
Si no es éste el caso, desapasionadamente, habrá de informar al cliente y proponerle algún otro doctor más digno, pero siempre dispuesto a secundar el deseo del enfermo, siempre que éste no se obstine en el nombre de un consultante sin competencia o de mala moralidad; en cuyo caso el médico de cabecera puede declinar el encargo de asistir ulteriormente a su cliente, según las normas sugeridas en la voz Abandono del enfermo. En cambio, cuando la propuesta de una c. es hecha por el médico de cabecera éste está obligado a proponer un consultante que esté realmente en condiciones de iluminarle sobre la enfermedad de su enfermo y habrá de prescindir por lo tanto de todo motivo de amistad o de baja oportunidad. En una palabra, no es moralmente lícito solicitar una c. para favorecer a otro médico, o para procurarse un falso prestigio mediante la confirmación del diagnóstico o cura por parte de otro médico apalabrado anteriormente, o lo que es todavía peor, para partir con él los emolumentos de la consulta (v. Dicotomía).
3. Práctica. - En la c. el médico de cabecera está obligado a proporcionar al consultante con respetuosa cordialidad todos los datos anamnésicos, semiológicos y curativos en su poder. El consultante, por su parte, habrá de manifestar al de cabecera todos los indicados para el mejor tratamiento del enfermo: ilustraciones y sugerencias que serán dadas siempre con comprensivo compañerismo, sin sombra de altanería y sin críticas, a fin de que el médico de cabecera no se sienta humillado y su proceder anterior —aunque por ventura no hubiera sido el más oportuno— no sea objeto de estéril discusión o, lo que es peor, de reprobación por parte del enfermo. Para que el cambio de puntos de vista entre los dos médicos pueda desenvolverse con toda serenidad y con la mayor ventaja para el enfermo, será oportuno que una vez efectuada la visita no se discutan las conclusiones en presencia —siempre inhibidora y con frecuencia inoportuna— del enfermo, o de sus familiares, los cuales, al fin del coloquio, recibirán las conclusiones de la c.
Aun en el caso de que el consultante vea que el médico de cabecera se ha equivocado en el diagnóstico o en la dirección terapéutica, no deberá faltarle la prudencia y cautela necesaria para poner en buen camino a su colega menos competente sin herir su susceptibilidad y sin que el enfermo se dé cuenta. La experiencia y la caridad serán las guías seguras de sus prudentes y oportunos consejos. Riz.
Bibliografía
G. Payen, Deontología médica, Barcelona, 1944
L. Alonso Muñoyerro, Código de Deontología médica, Madrid, 1950.