CERTEZA
1. Noción Verdad, evidencia y c. son tres palabras que aunque pueden parecer sinónimas a quien las considere superficialmente, resultan muy diversas para quien acierta a analizarlas. Pudiéramos comparar nuestra mente a una perfectísima máquina fotográfica. ¿Qué es lo que fotografía? El mundo, la realidad. La verdad es una adecuación, y como aquí hablamos de la verdad lógica, ésta consiste en una adecuación de la mente a las cosas, o sea, que para que exista la verdad el entendimiento debe reproducir las cosas como son. La evidencia es el esplendor, la luz con que la verdad se presenta a la mente, la convence y obtiene su asentimiento. Frente a una verdad podemos encontrarnos en la incertidumbre de abrazarla o no, y éste es el caso de la duda, podemos sentirnos insuficientemente iluminados y adherirnos con temor (opinión), podemos verla claramente y adherirnos a ella sin temor ninguno. Son tres estados de la mente con relación a la verdad; el último es la c., causada por la evidencia, o sea, por la luz plena con que se presenta la verdad. La c. requiere dos condiciones: verdad y evidencia. Si la primera falta ya no es adhesión a la verdad, sin la segunda queda el temor de errar.
La adhesión a la falsedad, aunque excluya el temor subjetivo de errar, deja siempre el temor objetivo y se llama error. Podrá salvarse la buena fe, mas no la verdad. Uno que confundiese una bomba con una bola y se pusiera a jugar tranquilamente con aquel artefacto no excluiría el error y el peligro por sincero que fuese en su juicio.
2. Diversas especies La verdad comienza en la idea, pero existe formalmente sólo en el juicio. La idea no puede decirse verdadera ni falsa hasta que no se confronta con la realidad para afirmar o negar su correspondencia. La c. está precisamente en ver claramente la correspondencia de nuestro juicio con la realidad, y afirmarla sin temor de errar. Puede ser metafísica, física o moral. La c. metafísica fundada en la esencia de las cosas envuelve una necesidad intrínseca, de manera que el opuesto sea imposible por absurdo (p. ej., los radios de un círculo son todos iguales, la suma de los ángulos de un triángulo es igual a dos rectos). La c. física se funda en la constancia de las leyes físicas, a las cuales se opone el imposible por parte nuestra, pero no el absurdo, de manera que el autor y creador de la naturaleza puede derogarlas con un milagro (p. ej., una viga a la que se quita su sostén caerá al suelo a menos que se verifique un milagro).
La c. moral se funda en la persuasión firme y razonable acerca de la existencia de un hecho contingente, conocido por testimonio de los hombres, o sea, se funda en las leyes que regulan el modo de obrar de los hombres, las cuales pueden ciertamente ser violadas por la voluntad individual, pero en el caso determinado se tiene razón para juzgar que son observadas (p. ej., los padres aman a sus hijos).
3. Escepticismo A la c. se opone el escepticismo, que se divide en absoluto y relativo. El escepticismo absoluto sostiene que la verdad no puede ser hallada nunca, por lo cual se debe dudar de todo. Su maestro es Pirrón. El escepticismo relativo lo siguen todos aquellos que excluyen la verdad de alguno de los criterios de verdad. Los tradicionalistas —al menos por lo que se refiere a la religión y a la moral— niegan que la religión pueda conocer la verdad y recurren a la revelación; los positivistas reducen la c. al veredicto de los sentidos. Pero tanto los unos como los otros se desmienten por sí mismos cuando de la teoría descienden a la práctica. Dudan, sobre todo los primeros, de todo fuera de lo que les agrada a ellos. Más que un caso de duda es un caso de apatía, despreocupación u odio.
4. C. y teología moral En el campo de la moral la c. es una base. La conciencia, norma próxima de la moralidad, que no es más que la aplicación de la ley al caso particular, requiere como condición la c.; todo aquel que en efecto, no obstante la permanencia de la duda sobre la bondad o malicia de la acción, la pusiese por obra, se declararía por el mismo hecho indiferente a realizar lo mismo el bien que el mal. Cicerón, guiado por el sentido común, ilustraba este concepto con las siguientes palabras: « Bene praecipiunt qui vetant quidquam agere quod dubites aequum sit an iniquum. Aequitas enim lucet ipsa per se, dubitatio cogitationem significat iniuriae » ( De Officiis , l. I, c. 9). Naturalmente basta la c. moral y dada la c. debemos siempre obrar en conformidad con ella. Para obrar rectamente se requiere la conciencia cierta. Aunque sea invenciblemente errónea siempre que sea subjetivamente cierta debe seguirse tal conciencia, por ser nosotros responsables de nuestras acciones tal como las conocemos y las queremos. La acción será materialmente mala, pero querida de buena fe y realizada como buena.
He dicho invenciblemente porque quien por negligencia fuese culpable de no conocer la verdad y por esta razón tomara por lícito lo ilícito, sería responsable en causa. Contrariamente a la lógica, la moral se contenta con la certeza subjetiva.
5. C. y conciencia En el caso de conciencia incierta quien quisiese obrar habría de despojarse antes de la duda, bien directamente profundizando en la cuestión, bien recurriendo a los sistemas morales (v. Sistema moral). Estos sistemas no deben ser usados fuera del campo de la conciencia, que es el de lo lícito e ilícito. Se equivocaría quien los usara en el campo de la validez o invalidez, o también cuando se trata de evitar el daño de tercero. Este criterio se debe tener presente para evitar malentendidos y errores crasísimos en los que han caído a veces hasta escritores dignos de respeto. Ver.
Bibliografía
Remer, Summa philosophiae scholasticae , II, Logica maior , Roma Stanghetti, Logica , Roma, 1929 Varvello, Istituzioni di filosofia , III, Etica , Torino Verzeroli, Etica generale secondo i principi della filosofia perenne , Roma
A. Peinador, De iudicio conscientiae certae , Madrid, 1941.