Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

AUTOMATISMO

Recursos

1. Definición y formación Es la realización de un modo mecánico y casi totalmente inconsciente de los actos habitudinarios. Cada uno de estos actos —como vestirse, caminar, escribir, andar en bicicleta, etc.— ha requerido un aprendizaje más o menos largo y difícil, y al principio se ha tenido que hacer por mucho tiempo de una manera meditada, bajo el control constante de la atención; después, una vez que se ha aprendido exactamente, se ha ido haciendo cada vez más automático, siguiendo en esto una tendencia bastante general en la organización de los procesos nerviosos: las tendencias a las coordinaciones por el camino más simple y menos dispendioso. Y en realidad el acto automático, que del primer elemento de una serie de operaciones mentales coordenadas para producir una acción determinada pasa al último término, o sea a la reacción, saltando todas las operaciones intermedias, es bastante más breve y económico que el procedimiento intelectual primitivo, que conducía al acto voluntario por medio de la evocación consciente de una serie de recuerdos, nacidos de sensaciones cinestésicas más o menos complejas, conservados bajo la forma de imágenes motrices.

2. Automatismos psicológicos Además de estos automatismos motores existe toda una serie de automatismos psicológicos propiamente dichos, intelectuales y morales. A los automatismos intelectuales debemos nuestro aparentemente espontáneo, habitudinario y casi instintivo modo de expresarnos de palabra y por escrito —que es «el estilo»—, nuestras orientaciones estéticas, nuestros métodos de trabajo, etc.; de los automatismos morales tenemos una prueba en nuestra praxis ética, la cual nos permite superar fácilmente, casi por instinto, tendencias y pasiones contra las que al principio se luchó con dificultad. Todos estos automatismos hacen en cierto modo mecánica nuestra vida cotidiana de pensamiento y de obra, y parecen por lo mismo a primera vista perjudiciales, resultando de ellos un empobrecimiento de nuestra vida psíquica, excesivamente estereotipada. Pero por el contrario se han de juzgar utilísimos, ya que nos permiten ahorrar energías preciosas que podemos emplear en aprendizajes ulteriores para conquistas cada vez más elevadas.

Más aún, puede decirse que sin este mecanizarse de las acciones, pensamientos y sentimientos habituales, obligados a rehacer cotidianamente en todo acto el ciclo entero de nuestras operaciones mentales, nos encontraríamos en muy pobres condiciones para avanzar en el progreso científico, artístico y ético. Sin embargo, el automatismo, aun cuando aparentemente se desarrolla fuera de nuestra atención, de nuestra conciencia, no escapa a nuestro control: lo vemos a diario siempre que por un paso en falso, por un lapsus , este control entra inmediatamente en acción y nos permite evitar caídas o errores. «La actividad automática de la vida psíquica —escribe a este propósito Gemelli— es por lo tanto tan sólo y en cuanto la conciencia permite que sea así».

3. Automatismos patológicos Hasta aquí hemos hablado de automatismos fisiológicos, que se desarrollan en todo individuo normal. Hemos de examinar ahora rápidamente los principales automatismos patológicos, expresión de un estado anómalo —como los automatismos hipnóticos— o decididamente morboso, como el sonambulismo (v.) y los automatismos de ciertos enfermos mentales. En la sugestión hipnótica —y en grado menor en la sugestión en el estado de vigilia y hasta en algunos casos de acentuada autosugestión— toda reacción del sujeto es automática, por efecto de la disociación de la conciencia y de su manifiesta restricción, producidas una y otra por la acción sugestiva. Esto lleva precisamente al eclipse de la actividad voluntaria y a la persistencia solamente de las actividades inferiores, mecanizadas, desprovistas de razonamiento y de crítica.

En la epilepsia y el histerismo pueden darse excesos también prolongados de automatismo, durante los cuales el enfermo se comporta de una manera aparentemente normal, pero sin la participación de la deliberación voluntaria y del juicio, de manera que estas acciones son realizadas mecánicamente, por instinto, sin ninguna motivación, y de ellas —cuando el enfermo vuelve en sí— no queda el menor recuerdo, o éste es fragmentario e incierto, de suerte que el mismo sujeto cuando vuelve en sí es el primero en maravillarse de lo que le dicen que hizo o —si en el entretanto se alejó de su residencia, como ocurre en las «fugas»— al encontrarse en una localidad desconocida o desacostumbrada para él. Aun en estos casos ha ocurrido —por efecto del trastorno cerebral— un episodio de clara disociación psíquica, con restricción concomitante del campo de la conciencia. En la esquizofrenia, sobre todo en sus estados avanzados, la acción es con frecuencia automatizada, pero el enfermo suele tener consciencia y conservar memoria de sus exteriorizaciones de automatismo.

Estas consisten en fenómenos de ecolalia —repetición estereotipada de la pregunta que se le hace—, ecopraxia —imitación de los gestos que ve—; obediencia automática al mandato verbal, aunque se le sugieran actos insensatos o humillantes, etc.; y los enfermos pueden obedecer también —con automatismos peligrosos para sí o para los demás— a toda representación activa que les pase por la mente, a toda «alucinación imperativa» que pueda sugerir los actos más inesperados. La causa de todo esto es la liberación del automatismo motor de toda influencia de los movimientos voluntarios personales por efecto de la disociación, que predomina en la psique de estos enfermos y favorece la potenciación de los estímulos más dispares, no frenados por una eficiente inhibición. Con el paso de los años el proceso de la automatización de los esquizofrénicos se agrava y se amplía, enmascarando o haciendo inútil toda capacidad psíquica que pudiera sobrevivir. En la base de los diversos automatismos patológicos tenemos siempre, por lo tanto, un proceso psicodisociativo, el cual, a su vez, brota de la carencia —temporal o permanente, impuesta o espontánea— de la voluntad.

4. Consideraciones morales Todo automatismo patológico es, como hemos visto, involuntario y escapa por lo mismo a las sanciones éticas de cualquier tipo que sean. Así el sujeto debe ser considerado irresponsable de las eventuales acciones delictivas realizadas por él en el curso de un acceso de automatismo. El problema ético-penal de las acciones automatizadas no puede por el contrario presentarse en individuos normales, por ser inconcebible en los sanos de mente la automatización de las acciones delictivas. Si uno de éstos estuviese para efectuar no digamos ya un delito, sino solamente un acto gravemente incorrecto en el curso de una acción automatizada, la conciencia —lo hemos visto al principio— se daría cuenta de ello inmediatamente e impediría su desarrollo. Cuando la mente se encuentra absorta en la lucubración de un proyecto determinado, del desarrollo de un problema, etc., los automatismos del resto de la actividad del individuo se hacen más grandes; porque toda su facultad atentivo-afectivo-volitiva se encuentra concentrada en aquel problema determinado: esto es cosa bien conocida que se verifica en muchos pensadores y hombres de ciencia.

Pero también en estos casos pueden verificarse solamente acciones inútiles, comportamientos en apariencia ridículos, etc., que no sólo están exentos de toda reprobación moral, sino que son expresión de una admirable y rara abstracción especulativa. Riz.

Bibliografía

U. Cerletti, Riassunto delle lezioni di clinica delle malattie nervose e mentali , Roma, 1946
A. Gemelli, en EI , V, 554
E. Tanzi y
E. Lugaro, Trattato delle malattie mentali , Milano, 1914.

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