POTENCIAS (de Cristo)
En el Verbo encarnado se distinguen tres potencias: 1.ª, la potencia divina (omnipotencia), que le compete en cuanto Dios; 2.ª, la potencia propia de toda naturaleza humana, que le compete por ser Hombre perfecto; 3.ª, una potencia instrumental de origen divino, que se ejercita sin embargo con el concurso de la naturaleza humana, según las exigencias de la misión redentora del Salvador.
Es evidente que la omnipotencia no puede ser comunicada a la Humanidad de Cristo por ser propia y exclusiva del Ente infinito. Pero es teológicamente cierto que aquella Humanidad tiene concurso y concurre de hecho a ciertas acciones divinas comunicables, como obrar milagros, producir e infundir la gracia en las almas. Las descripciones que nos da el Evangelio no dejan lugar a duda: «La muchedumbre trataba de tocarle porque de Él salía una virtud que sanaba a todos» (Lc. 6, 19); cura al sordomudo tocando sus orejas con los dedos y su lengua con saliva (Mc. 7, 32). Tales actos serían una comedia indigna de Jesús si su Humanidad no contribuyese realmente a la curación milagrosa.
Los Padres enseñan unánimemente la misma doctrina: los frutos de la Redención pasan a través de la carne del Verbo, que Cirilo Alejandrino llama por esta razón vivificadora (DB, 123). Según la doctrina común los mismos Sacramentos se hallan subordinados al influjo santificante de la Humanidad de Cristo.
Pero se discute sobre la naturaleza de esta función instrumental tanto de la humanidad como de los Sacramentos: algunos teólogos prefieren la instrumentalidad física (más de acuerdo con la Tradición) y otros la instrumentalidad simplemente moral. Sto. Tomás sostiene la primera opinión.
Bibliografía
Sto. Tomás, , III, q. 8 y 48;
E. Hugon, , París, 1924, c. III;
B. Lavaud, , en «Rev. Thom.», 1927, p. 292 ss.;
P. Parente, , Roma, 1951;
C. V. Héris, , Brescia, 1938, c. IV. * , t. III, Madrid, 1950.