INSPIRACIÓN
(lat. inspirare = soplar dentro, y en sentido traslaticio, infundir, especialmente hablando de un sentimiento): En el sentido eclesiástico, inspiración es en general un influjo o moción de Dios en el alma y más propiamente en la voluntad, pero los teólogos acostumbran indicar con este término un impulso carismático que mueve al hombre a comunicar a los demás cuanto Dios quiere que sea comunicado. Cuando la comunicación es oral se tiene la inspiración profética; cuando es escrita, la inspiración hagiográfica bíblica. S. Pablo (II Timoteo, 3, 16-17) afirma que «toda la Escritura es inspirada por Dios» y San Pedro (2 Petr. 1, 2) da la razón de esta inspiración: «Los hombres de Dios han hablado movidos del Espíritu Santo».
León XIII, en su gran Encíclica dedicada a los estudios bíblicos, Providentissimus Deus, de 18 Nov. 1893, definía la inspiración con estas palabras: «Es una acción sobrenatural por medio de la cual Dios excitó y movió a los escritores sagrados a escribir, los asistió de manera que concibieran rectamente con su pensamiento y quisieran escribir fielmente y expresaran cuidadosamente con verdad infalible todo lo que Él quería expresar» (EB, 110).
Según la afirmación constante y explícita de las fuentes de la Revelación, Dios es autor de la Escritura. Pero no es autor directo y único, porque no es Él quien ha creado tal como son los libros sagrados, sino autor principal, al cual se debe toda la responsabilidad de los libros, aunque para su compilación y redacción se ha servido de los hombres, que son autores secundarios e instrumentales. Siendo además el hombre un instrumento consciente y libre, no ciego, tiene una acción propia suya que se manifiesta en la forma externa del libro. En este sentido se puede hablar del estilo de Isaías, de Jeremías, de Mateo, de Pablo, etc.
La acción inspiradora de Dios en el hombre implica: a) una ilustración de la mente para que el autor sagrado perciba rectamente lo que debe escribir y juzgue infaliblemente su verdad o falsedad; b) una moción de la voluntad por la cual Dios influye en el hagiógrafo para que se decida a escribir lo que ha concebido y juzgado; c) una asistencia a las facultades ejecutivas, para que en la elección de las palabras y de las expresiones sean preservadas de errores o desviaciones que podrían comprometer la manifestación del pensamiento divino.
Nótese que la acción de Dios sobre la mente del hagiógrafo no es una revelación propiamente dicha, porque el hagiógrafo puede tener conocimiento propio del suceso que narra, derivado p. ej. de haber participado directamente en él o adquirido anteriormente por intervención divina. La Revelación es necesaria cuando el hombre ha de comunicar de parte de Dios verdades de orden sobrenatural cuyo conocimiento excede su humana posibilidad intelectual.
El influjo inspirador de Dios no es advertido necesariamente por el hombre, porque Dios obra en las criaturas racionales sin violentar su naturaleza. El magisterio solemne de la Iglesia en los Conc. Florentino, Tridentino y Vaticano definió que la inspiración de la Biblia es un dogma de fe.
Bibliografía
Muy completo y fundamental el tratado de Ch. Pesch, , Friburgi in B., 1906, con el de 1926;
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