FINAL (causa)
El fin es aquello por que se obra, y el motivo de la causa eficiente y consecuentemente de las demás causas.
Divisiones: a) finis qui (aquello que se pretende) y finis cui (sujeto a quien se ordena el bien que se quiere hacer); b) finis operis (que se deriva objetivamente de la acción puesta) y finis operantis (el que pretende explícitamente el agente); c) fin remoto, al cual va ordenado el fin próximo. El fin es siempre un bien (al menos como tal es apreciado); pero el agente puede tender o a comunicar el bien propio (amor de benevolencia) o a conquistar el bien que le falta (amor de concupiscencia).
La doctrina católica afirma contra el Materialismo, el Fatalismo y el Racionalismo que Dios es la causa final o fin supremo de todo lo creado. El Conc. Vat., Ses. III, c. 1 y can. 5 (DB, 1783, 1805), precisa que Dios ha creado todas las cosas para su gloria, es decir, no para aumentar su felicidad, sino para manifestar libremente sus perfecciones, comunicando sus bienes a las criaturas. Se trata de la gloria extrínseca de Dios, que no añade nada a su gloria y felicidad íntima.
La Sda. Escritura, Salmo 18: «Los cielos cantan la gloria de Dios»; Prov. 16, 4: «Todas las cosas las obró Dios por sí mismo».
Los Padres: S. Gregorio Niseno recoge este pensamiento en una bella imagen: «Dios se sirve de la creación del mundo para celebrar su gloria como en un libro abierto».
La razón ve claramente que Dios, suprema inteligencia, creó las cosas por algún fin y que este fin no puede ser otro que Él mismo. Si Dios obrase por un fin fuera de sí, se subordinaría a él, y esto repugna a su naturaleza de Primer Ser. En este fin primario (la gloria de Dios) va sin embargo implícito el fin secundario, que es el bien de las mismas criaturas, especialmente del hombre. El aparente egoísmo de Dios se resuelve de esta manera en amor sublime de benevolencia, porque sólo en Dios, a quien se ordena, puede el hombre encontrar su perfección suprema, por ser Él verdad y Bondad infinita, capaz, por lo tanto, de saciar la sed infinita de nuestra inteligencia y nuestro corazón.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 44, a. 4;
v. también I, q. 20 sobre el amor divino;
Garrigou-Lagrange, , París, 1928, p. 427 ss.;
Id., , París, 1932;
P. Parente, , Turín, 1949, p. 35 ss.