EVANGELIOS
(gr. εὐαγγέλιον, de εὐαγγέλλω = buena noticia, alegre mensaje): En tiempo de Jesús y de los Apóstoles, el Evangelio es la buena nueva de la Redención universal contenida en la predicación de Jesús, pero bien pronto, durante la primera generación cristiana se emplea este término para designar cada uno de los cuatro libritos compuestos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que contienen la historia de este mensaje.
Mateo, venido al apostolado de la aduana de Cafarnaúm, escribió su Evangelio con la intención de demostrar a los judíos de Palestina que Jesús era el Mesías esperado, porque en Él se cumplían todas las profecías antiguas. Marcos, discípulo inseparable de Pedro, conservó en su librito el recuerdo de la predicación viva del Apóstol a los romanos, en la cual la figura de Jesús Hombre-Dios se presentaba con una encantadora frescura de detalles. Lucas, médico antioqueno y discípulo de Pablo, recogió con escrupuloso cuidado el material de los dichos y hechos de la vida del Señor más a propósito para la instrucción y edificación de los fieles venidos del paganismo.
Estos tres Evangelios se asemejan sustancialmente en la trama general de la vida de Jesús y aun en el modo de tratar la materia. Esta propiedad, que permite disponer las tres relaciones en columnas paralelas, de modo que se puedan abarcar de una sola mirada las tres narraciones, ha hecho que se los denomine sinópticos, esto es, visibles conjuntamente. El Evangelio de Juan, discípulo predilecto de Cristo, se destaca sensiblemente por su trama y por la manera de presentar los discursos y los hechos de Jesús. Juan desarrolla ampliamente el ministerio hierosolimitano que los tres primeros dejan casi en la sombra, y durante el cual habló Jesús con más frecuencia y claridad de su divinidad.
La autenticidad (v. esta pal.) de los cuatro Evangelios la asegura una ininterrumpida serie de testimonios históricos detallados y precisos que se inicia con Papías, Obispo de Hierápolis en Frigia y discípulo de los Apóstoles, y continúa de siglo en siglo sin contradecirse o desmentirse. Además de las afirmaciones de los escritores que gozan de particular autoridad, como S. Ireneo (ca. 140-202), Obispo de Lión y puente de unión entre Oriente y Occidente, tenemos los antiguos catálogos de los libros sagrados de la Iglesia y el uso constante de los Evangelios en las asambleas litúrgicas. El examen interno de los Evangelios, es decir, de la lengua, de la mentalidad reflejada en ellos, de las costumbres descritas, de las referencias históricas y geográficas, comparado con los descubrimientos más recientes y seguros, confirma la autenticidad de los cuatro libros, afirmada unánimemente por la Tradición cristiana.
En cuanto a la fecha de los Evangelios, consta que ya en el s. II se habían difundido y se conocían en todas las cristiandades de Oriente y Occidente; han debido, pues, ser escritos en el s. I. Los testimonios históricos, corroborados por el examen interno de los textos, permiten concluir que Mateo, Marcos y Lucas los escribieron antes de la destrucción de Jerusalén (a. 70). Más exactamente, Mateo y Marcos publicaron sus libros antes de la muerte de Pedro y Pablo (a. 64 o 67); Lucas concluye bruscamente la narración de los «Hechos» el año 62, y declara haber escrito su Evangelio antes de este segundo libro (Hechos 1, 1). Como casi todos los antiguos testimonios están de acuerdo en afirmar la prioridad de Mateo y de Marcos, cotejándolos con Lucas, los dos primeros Evangelios debieron ser publicados antes del año 60. Según algunos autores, el Evangelio de S. Mateo se escribió del 42 al 50.
De la excepcional condición de privilegio en que se encontraba el texto de los Evangelios se deduce que la obra de los cuatro Evangelistas nos ha llegado íntegra. Son alrededor de 1500 los códices manuscritos del texto griego de los Evangelios; dos de ellos fueron copiados en el s. IV y hay fragmentos de papiros que se remontan al siglo II-III. Muchas versiones antiguas en lenguas occidentales y orientales sirven de control eficaz al texto griego transmitido por los códices. Muchos millares de variantes del texto, de las cuales ninguna compromete el sentido en materia de doctrina y de moral, permiten afirmar que el texto de los Evangelios que hoy leemos es sustancialmente el mismo que salió de las manos de sus autores. Nótese que de los clásicos griegos y latinos no existe ningún manuscrito anterior al s. IX d. C. y son rarísimos los anteriores al s. XII.
La historicidad de los Evangelios, es decir, la adaptación de sus narraciones a la realidad de los hechos, la declaran los mismos autores (Lc. 1, 1-4; Jo. 20, 30 s.; 21, 24) y era un postulado esencial para que pudieran ser aceptados por la Iglesia. Por otra parte, ninguno se hubiera atrevido a narrar hechos inciertos o a falsearlos cuando existían testigos escrupulosos y leales y enemigos encarnizados como eran los judíos, que habían sido actores principales en la vida de Jesús y hubieran tenido un buen argumento a su favor de haber encontrado la menor falsedad en la historia del Nazareno. Lo mejor que pudo hacer la tradición literaria hebraica fue callar la vida y enseñanza del Maestro de Galilea.
La crítica no católica rechaza el valor histórico de una parte considerable de los Evangelios solamente porque contienen la narración de hechos sobrenaturales. Los esfuerzos de esta crítica, que a partir del s. XVIII parece condenada a la absurda tarea de explicar la vida de Jesús excluyendo de ella todo elemento sobrenatural, han tenido como resultado una «torre de Babel» (Loisy) de opiniones que han pulverizado los textos sin haber conseguido sacar de ellos ninguna teoría seria en favor de sus intentos.
Bibliografía
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