Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

DESTINO

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Significa en el lenguaje común una ley oscura e ineludible, que determina un suceso o una serie de sucesos o todo el curso de la vida de un hombre, de un pueblo, de una institución. En este sentido el destino tiene como término correlativo la suerte, entendida fatalísticamente. En los hombres modernos que no tienen una fe religiosa se encuentra con frecuencia una conciencia incontrolada de esta oscura ley que los lleva a una trivial superstición.

El concepto de un destino domina en las religiones paganas y no es extraño a sus sistemas filosóficos. Los griegos personificaban el destino haciendo de él un dueño caprichoso no sólo de los pobres mortales, sino incluso de los mismos dioses: es la Μοῖρα omnipotente e inexorable, que lo predetermina todo en sus inmutables decretos; es el Fatum (= dicho, decretado) de los latinos. Las Parcas, la Fortuna son representaciones clásicas del mismo concepto en relación principalmente con la vida humana.

Entre los sistemas filosóficos el más fatalista es el Estoicismo, que tiene toda una teoría sobre el destino como ley ineludible del universo concebido como un Todo destinado a recorrer su parábola ascendente y descendente, arrastrando en su rígida suerte a todas sus partes, incluido el hombre. Marco Aurelio recoge en sus Recuerdos el eco triste de este determinismo estoico, que compromete la libertad humana. Cicerón reaccionó contra esta concepción inhumana en su opúsculo De Fato, donde, establecida la alternativa entre el Hado divino y la libertad humana, se declara decididamente por la libertad hasta el punto de negar la divina Providencia sobre los hombres.

El cristianismo elimina la mitología del destino y corrige las desviaciones filosóficas paganas. S. Agustín (cfr. De civitate Dei) reduce simplemente el destino a la Providencia divina, en la que resplandece la sabiduría y el amor de Dios y a la que todas las criaturas están subordinadas en su ser y obrar. Sto. Tomás desenvuelve el pensamiento tradicional de los Padres cuando habla del influjo de Dios sobre las criaturas, pero especialmente sobre el hombre, demostrando que este influjo no perturba, sino perfecciona la actividad de la criatura y se alía armónicamente con la libertad del hombre (v. Concurso divino).

Hay un nexo causal entre la ciencia, voluntad y omnipotencia de Dios por una parte y la actividad de las criaturas por otra; pero este nexo, aunque misterioso, no violenta, sino que ayuda a las causas necesarias y libres a desarrollar su acción según su propia naturaleza, necesaria o libremente (v. Presciencia). Sto. Tomás trata del Hado explícitamente y lo define: «ordinatio secundarum causarum ad effectus divinitus provisos». El Hado, pues, no es más que la ley impresa en las causas segundas por el pensamiento y la voluntad de Dios. El cristiano hablará de la Providencia en lugar del destino o del Hado.

Bibliografía

Sto. Tomás, , I, q. 116;
, , V;
Boecio, , l. IV;
A. Chollet, en DTC.

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