DESCENSO (de Cristo a los infiernos)
Esta verdad, claramente afirmada en los textos del N. T. (Hechos 2, 24, 27-31; I Petr. 3, 19 s.; 4, 6), se encuentra formulada en el Símbolo desde el s. IV, en que fue introducida sin contradicciones y sin intención polémica.
Habiendo aceptado Cristo con su Encarnación las condiciones inherentes a la naturaleza humana —excepción hecha del pecado— después de su muerte, entre el momento de ésta y el de su Resurrección, su alma descendió al retiro de los muertos. El término «infiernos» indica precisamente el lugar donde se encontraban los difuntos en estado de felicidad natural y en espera de la Redención, que les permitiese la entrada en el Paraíso (v. Infierno).
Se ha de notar, con todo, que durante los tres días de permanencia del cuerpo de Cristo en el Sepulcro, en tanto que el alma abandonó el cuerpo, la divinidad no se separó por un momento ni del alma ni del cuerpo y, por consiguiente, Cristo bajó a los infiernos con su alma y su divinidad (DB, 421).
Jesús anunció en el Limbo a los justos del A. T. la Redención realizada. Los textos bíblicos arriba citados presentan algunas dificultades de interpretación, y la tradición patrística no se muestra siempre de acuerdo en la determinación de su sentido. Los Apócrifos (v. esta pal.) abundan en detalles discutibles sobre la actividad de Cristo en el Limbo de los justos, pero el dogma es claro en sus líneas esenciales.
Bibliografía
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, P. I, cap. VI;
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Vitti, en «Verbum Domini», 7 (1927), pp. 111-118, 138-144, 171-181;
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Vosté, , Roma, 1940, pp. 423-444.