CONCIENCIA
No es propiamente una facultad, sino un acto de conocimiento reflejo sobre lo que se ha hecho y lo que se debe hacer (Sto. Tomás). Cuando el acto cognoscitivo versa sobre las acciones hechas, se llama conciencia psicológica (es la reflexión del sujeto agente sobre la actividad propia); es sensitiva si se refiere sólo a los sentidos y a sus sensaciones (los Escolásticos la llaman sentido íntimo, es decir, punto de confluencia y de control de toda la vida sensitiva). Pero la conciencia psicológica más propiamente dicha es un acto de la inteligencia con el cual el sujeto reflexiona sobre su actividad interior y se conoce como persona o yo agente (= conscientia sui).
La Filosofía moderna da grande importancia a esta conciencia psicológica, hasta el punto de hacer de ella un elemento constitutivo de la persona (v. esta pal.). Algunos teólogos han aplicado los principios de la psicología moderna a la Cristología y, estudiando la conciencia psicológica humana de Cristo, han llegado a afirmar en Él la existencia de un yo humano, más aún, una personalidad psicológica humana en Él, poniendo así en peligro su unidad psicológica y ontológica. La inserción reciente en el Índice de un opúsculo de Seiller (27 junio 1951: AAS, v. 18, n. 12, p. 561) y la Encíclica de Pío XII Sempiternus Rex (8 sept. 1951) demuestran que la Iglesia, aun favoreciendo los estudios de psicología, incluso los que se refieren a Jesucristo, no aprueba la inconsiderada condescendencia de algunos autores en materia tan delicada.
Si el acto cognoscitivo se refiere a la acción que se va a hacer en relación con su fin, se llama conciencia moral, la cual se divide en habitual y actual. La primera no es otra cosa que la disposición del entendimiento a intuir rápidamente los principios supremos de la actividad humana en orden al fin (normas morales), como por ejemplo que se debe hacer el bien y evitar el mal. Esta disposición del entendimiento se llama también sindéresis.
La conciencia actual consiste en el juicio práctico de la razón sobre la moralidad de una acción a realizar: es, pues, la aplicación de los principios universales de la sindéresis a los casos prácticos particulares. Esta conciencia puede ser cierta (si no hay temor de errar) o dudosa (si hay motivos que militan en favor y en contra de la acción); además, la conciencia moral puede ser verdadera o errónea, según que vea y escoja lo justo o se engañe. El error es invencible o sin culpa cuando no puede evitarse, y vencible, y por lo tanto culpable, si puede superarse. En la duda no es lícito pasar a la acción, sino que es necesario resolver antes la duda por medio de la reflexión, el consejo, la oración, hasta llegar a una certeza moral (que no es matemática) sobre la honestidad del acto. El hombre está obligado a seguir siempre el dictamen de la conciencia cierta, aunque sea errónea (invenciblemente).
Puede ocurrir que no se consiga remover toda la duda y entonces se puede seguir con serios motivos una opinión probable (probabilismo) sin obligación de seguir la opinión más segura como pretenden los tucioristas. A la conciencia se halla ligada la cuestión de la libertad y de la responsabilidad: la conciencia que obliga, manda, prohíbe, reprende y remuerde es señal evidente de la libertad; y si el hombre es libre es responsable de sus acciones ante el tribunal de la humanidad, y lo es más ante el de la propia conciencia, cuyo juicio sería un enigma si no estuviese subordinado a una ley y a un Legislador y Juez Supremo. Tal es la doctrina cristiana, que condena toda forma de determinismo y la autonomía absoluta de la conciencia moral, como enseñaba Kant.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 79, a. 13;
D. Mercier, , vol. II;
Noldin-Schmitt, , I, , Oeniponte, 1927, 205 ss.;
X. Moisant, «Conscience», en DA. Sobre la conciencia psicológica de Cristo: P. Galtier, , París, 1939;
P. Parente, , Brescia, 1950. * Zalba, , Madrid, 1952;
Peinador, , Madrid, 1941.