ANGEL
(gr. ἄγγελος = mensajero; hebr. maleak): Significa en las Sagradas Escrituras mensajero y ministro de Dios.
Advierte San Gregorio M. que casi todas las páginas de la Revelación escrita atestiguan la existencia de los Ángeles: baste recordar en el A. T. los Querubines que quedaron de guardia en el Paraíso terrenal después de ser arrojados de él Adán y Eva; los tres Ángeles que se aparecieron a Abraham; los Serafines de que habla Isaías; el Ángel Rafael, que ayudó a Tobías; Miguel y Gabriel, nombrados por Daniel, que reaparecen en el N. T., en el cual aumenta el número de testimonios (cfr. el Apocalipsis; en los Evangelios, la narración del Nacimiento de Jesús y de su Resurrección; San Pablo enumera varias categorías de Ángeles).
El Conc. Lat. IV habla explícitamente de la creación de los Ángeles (DB, 428), que es, por tanto, verdad de fe. Excluida la creación «ab aeterno» (Conc. Lat. IV y Vat.: «ab initio temporis»), no se sabe con precisión en qué momento fueron creados los Ángeles. La Escritura y la Tradición hablan de un número indeterminado de ellos. Los Ángeles son espíritus puros: así los llama en efecto constantemente la Sda. Escritura, si bien algunos Padres les han atribuido cierta corporeidad. Como espíritus los Ángeles no tienen necesidad de un lugar material para existir, sino que pueden estar presentes por acción (Santo Tomás).
De la Sda. Escritura se deduce que los Ángeles se hallan distribuidos en nueve grupos o coros: Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades, Virtudes, Arcángeles, Ángeles, Querubines y Serafines (nombres relativos a sus diversos oficios).
Según la opinión más probable los Ángeles no son como los hombres individuos de la misma especie, sino que cada individuo constituye una especie (por la ausencia de materia, que determina y multiplica numéricamente las formas) (Sto. Tomás). Los Ángeles fueron creados en el estado de gracia santificante (se les llama de hecho Santos y amigos de Dios); pero no todos perseveraron. Muchos de ellos cometieron inmediatamente después de su creación un pecado de soberbia abusando de su libertad (Conc. Lat. IV, DB, 428). La Revelación nos habla varias veces del pecado de los Ángeles: San Pedro en su II Epíst.: «Dios no perdonó a los Ángeles que pecaron» (cfr. 1 Jo. 3, 8). Inmediatamente fueron castigados y precipitados en el infierno: Cristo atestigua haber visto a Satanás precipitarse como un rayo (Lc. 10, 18).
Sto. Tomás comenta que el Ángel, conociendo como por intuito, se adhiere inmutablemente, después de elegir libremente, al bien o al mal: por eso los Ángeles no tuvieron ni tendrán modo de arrepentirse como los hombres, que conocen razonando progresivamente.
Como los Ángeles buenos asisten y ayudan a los hombres para el bien y la salvación, así los demonios (v. esta pal.) instigan al mal con la tentación y pueden invadir el cuerpo del hombre con la posesión, por la que el cuerpo se convierte en una especie de instrumento del espíritu maligno.
Bibliografía
Sto. Tomás, Summa Theol., qq. 50-64.
C. Boyer, De Deo creante et elevante, Roma, 1940, p. 457 ss.
E. Cabetti, Gli Angeli, Bolonia, 1925.
A. Arrighini, Gli Angeli buoni e cattivi, Turín, 1937.
«Angelo», en EC (varios autores), vol. I.
S. Th. S., t. II, Madrid, 1952.