Diccionario Bíblico

Armando Rolla

HUMILDAD

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(Hebr. ‘anāwāh, ‘onī; gr. ταπείνωσις). Es ante todo un estado objetivo del hombre, proveniente de pobres condiciones sociales, esclavitud, enfermedades, desgracias (Gén. 29, 32; Dt. 26, 7; Jdt. 6, 15; Lc. 1, 48; II Cor. 10, 1, etc.). Si no va unido a un desorden moral, semejante estado es un título de gloria ante Dios (Jdt. 8, 17), aunque no sea así ante los hombres (Eclo. 13, 25. 27), pues determina la consolación (II Cor. 7, 6) y la glorificación por parte de Dios (Jdt. 8, 17; Eclo. 11, 13: 20, 11; Lc. 1, 52; Sant. 4, 10; I Pe. 5, 6, etc.). Como disposición de ánimo, es un defecto en la mentalidad de los paganos, pero para los hebreos, y sobre todo para los cristianos, es una virtud moral, de la que Cristo, «humilde de corazón» (Mt. 11, 29), fue modelo perfecto. La humildad, tan grata a Dios (Eclo. 3, 21) y 270Atan recomendada a los cristianos (I Pe. 3, 8), consiste en reconocer la propia nada frente a la transcendencia divina (Sal. 39, 6), en aceptar las humillaciones a ejemplo de Cristo (Flp. 2, 8), en rebajarse ante el prójimo (I Pe. 5, 5), dispuestos a servirle (Mt. 20, 25; Lc. 22, 25).

La humildad es principio de sabiduría porque conserva al hombre en el equilibrio (Prov. 11, 2); es la condición para que la oración sea 270Beficaz (Jdí. 9, 16; Sal. 102, 18; Eclo. 25, 21), para que lo sea la gracia (Sant. 4, 6; I Pe. 5, 5), para alcanzar la salvación (Mt. 18, 4; 23, 12); es, en fin, preludio de la gloria (Prov. 15, 33; 29, 33). [A. R.]

Bibliografía

R. North, «Humilis corde» in luce Psalmorum, en VD, 28 (1950), 153-61.

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