Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

CRISMA (o Confirmación)

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Ya en el Antiguo Testament© había predicho el profeta Joel que en la edad mesiánica se derramaria el Espíritu Santo asobre toda carnes (Jl. 2, 28). Dltimamente Jesús, en la liltima cena, prometid el Espíritu Santo tanto a los apdstoles como a todos los que creyesen en El (, In. 14, 16; 7, 38-39). Esta promesa se cumplid el día de Pentecostds en lo que se refiere a los apdstoles, a la Virgen y a algunos otros discípulos (Hech. 2, 3-4). Puede decirse que fue aqudlla para ellos, la C., en la que influyd María de un modo eficacisimo y singularisimo.

León XIII, en la encfdica ffJucunda semper» (8 de septiembre de 1894), aludiendo a la presencia de María en el cendculo el día de Pentecostes, esciibfa: aMas porque el misterio de la redención de los hombres no quedaba perfectamente cumplido mientras no viniese el Espi'ritu Santo que Cristo había prometido, por eso la vemos [a María Santísima] allí en aquel cenáculo Jleno de recuerdos, invoc&odolo juntamente con los apdstoles y para beneficio de los apdstoles con gemidos inenarrables, apresurando en favor de la Iglesia la comunicación de la sabiduria del Espíritu consolador, don supremo de Cristo, tesoro y fuente preciosa que jamás se agotar£» La Virgen, por consiguiente, acelerd, con sus ardientes plegarias, la venida del Espíritu Santo sobre los apdstoles y sobre los primeros cristianos, para transformarlos de ignorantes en doctos, de cobardes en valientes, de dlbiles en fuertes. El mismo sumo pontifice, en la enriclica cAdiutricem populis, despues de haber recordado el oficio de madre de los hombres encomendado por Jesús a su madre, dice: «Ella recibid con espiritu generoso este singular y trabajoso legado, comenzando a cumplir su clevada misión en el Cendculo.

Ella fue ad mirable ayuda y sostén de la naciente Igle sia por la santidad de su ejemplo. la autoridad de sus consejos, la dulzura de su consuclo y la eficacia de sus plegarias ferventisimas; mostrdse verdaderamente madre de lu Iglesia y fue verdadera maestra y reina tic los apóstoles, a los cuales hizo participantes del tesoro de los divinos or£culos que Ella guardaba en su corazón.n El cardenal Ldpicier, hablando de la presencia de María en el cenáculo en medio de los npdstoles y de los primeros discípulos {Hech. 1, 14).

Pone de relieve que «se habsan juntatin, scgt'in el mandato de Cristo, para espernr, on el recogimiento y en la oración, la vim i it la del Espíritu Santo, que debia complrlnr lu obra de su transformación espiri- Imil. y he aquí que, según nos dice el sa ri tidti texto, con eJlos se hallaba tambiln In mat Ire de Dios. lY qud significa esa espem I iiioncwSn de María Santísima en tal cir- cunstancia, sino el hecho de que desde entonces comenzaba ya a ejercer para con los apdstoles y discípulos aquel alto olicio de madre de los hombres, coniiado por Jesús al pie de la cruz? jOh, quiln podrd decir curtiito contiibuyd el ejemplo de Ma ria a mantener, en aquella asamblea, aquel espiritu de oración, de devoción y de fer vor, condición indispensable para atraer sobre sus miembros los dones del Espíritu Santo! ¡Quién sent capaz de expresar la suavidad y dulce esperanza producida en aquellos dnimos por las palabras de consuelo dichas por María? ¿Quién, sobre todo, la eficacia de su oración elevada en favor de ellos al trono de Dios?

En realidad podemos decir que si los dones del Espíritu Santo fueron abundantes en los apdstoles y discípulos se debid, sin duda, de manera particular, a la eficacisima intercesión y me» diación de María a {L’lmmacolata Corredentricc, Mediatrice, Roma 1928, pp. 275 ss.). Recapitulando podemos decir que la Virgen Santísima, la fidelisima e inseparable Esposa del Espíritu Santo, preparó a los apdstoles y primeros discípulos a la venida del más mo con su luminoso ejemplo de recogimien to y de oración; lo hizo descender sobre ellos con la abundancia de sus dones, para así fortalecerlos en el acto de dar comienzo a su ardua tarea de conquistar el mundo para Cristo y su evangelio, combatendo valerosamente contra todos los enemigos, tanto de Cristo como de su evangelio, que encontrarian en gran ntlmero a lo largo de su carrera. Fue, pues, la mediadora en la venida del Espíritu Santo sobre los apdstoles y sobre los primeros cristianos.

Esto no es todo: La Virgen es tambiln la que medía en la venida del Espíritu Santo con la abundancia de sus dones sobre todos los demás cristianos de todos los tiempos y de todos los lugares, mediante el sacramento de la C., para fortalecerlos en la intrlpida profesión de la fe, tanto con las palabras como con las obras (Cf. Denzinger, 697), convirtióndolos en «soldados» de Cristo (a diferencia del cardcter bautismal que hace solamente ciudadanos» de la Iglesia) para defender su fe contra sus enemigos. La gracia de la confirmación, en cuanto a la sustancia, es, en efecto, la misma que se dio a los apdstoles en el día de Pentecostds, es decir, una gracia corrohorante. Mientras la gracia del bautismo incorpora al baulizado a Cristo a titulo de regeneración, la gracia de la C. incorpora a Cristo a titulo de corrohoración en la vida sobrenatural de la gracia. Observa S.

Ber nardino que la cualidad misma de Madre de Dios da a la Virgen una especie de jurisdicción y de autoridad (si es permitido hablar así) sobre «todas» las procesiones temporales del Espíritu Santo, de modo que ninguna criatura ha recibido de Dios gracia alguna o virtud que no haya sido dispensada por las manos de esta madre caritativa» (De duodccim privilegiis, a. 2, c. 8). Y León XIII:»Por voluntad de Dios, [María], después de haber sido cooperadora en la obra maravillosa de la redención humana, vino a ser para siempre la dispensadora de las gracias, frutos de esa misma tedención, habidndosele otorgado para ello un poder cuyos lTmites no pueden columbrarse» (Encicl. oAdiutricem populi»). Para prepararse, pues, como se debe, a la recepción del sacramento de la C., es decir, a la venida del Espíritu Santo al alma con su gracia «corrohorate» que imprime el cardcter de soldado de la Iglesia de Cristo, hay que imitar —como hicieron los apdstoles y los primeros cristianos— el ejemplo de intenso recogimiento y de fervorosa plegaria que nos dio María en el Centfeulo antes de la venida del Espíritu Santo.

Para obtener, por consiguiente, en la misma C. la abundancia de la gracia corrohorante del Espíritu Santo, hay que de jar un no pequeno lugar en nuestra alma a Nuestra Señora, Esposa del Espíritu Santo. Cuanto mayor sea el puesto que el cristiano haga a la Virgen en su alma, tanto más abundante bajard sobre 61 la gracia corro horate del Espíritu Santo.

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