Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

ADÁN DE PERSEIGNE

Recursos

Canónigo regular, luego benedictino y, finalmente, cisterciense en la abadía de Pontigny (diócesis de Auxerre), donde ejerció el cargo de maestro de novicios (Ep. 11 ad G. monach., PL 211, 614). Se le considera como el más destacado maestro de espíritu de su tiempo. Más tarde fue abad de Perseigne (en Alençon) durante 33 años. Murió en 1221. Dejó muchas homilías, entre las cuales un Mariale, o sea, cinco discursos sobre María: 1) Sermo 1, In Annuntiatione B. Virginis (PL 211, 699a-711c); 2) Sermo 2, de partu Virginis (711-719c); 3) Sermo 3, de partu Virginis (719c-726b); 4) Sermo 4, in Purific. B. Mariae (726-733c); 5) Sermo 5, in Assumptione B. Mariae (733d-744b). Dejó también siete fragmentos marianos (743-754). El P. Hipólito Marracci (v.) fue el primero que se ocupó de editarlos en 1652. Un sermón para la Natividad de María permanece todavía manuscrito (Cf. «Coll. Ord. Cist. Ref.», 1 [1934], p. 125). El comentario al salmo 44 «Eructavit» es de autenticidad dudosa. Fue publicado por T. Atkinson Jenkins en 1909. Digna de relieve es la exposición de la parte que corresponde a María en la vida espiritual.

Toda ella se desenvuelve bajo la mirada de María, bajo su dirección, y también, de algún modo, en su corazón. La admirable novedad («mira novitas») consiste en la participación de los fieles en la divina infancia de Cristo, es decir, en tener, con Cristo, a María por madre: lo cual se realiza permaneciendo interiormente en el amor de María, recibiendo de su amor la luz de una nueva vida que encierra el esplendor de la verdad. Del modo que Jesús infante («parvulus») tuvo que ser alimentado con la leche de María, así también nosotros, párvulos («parvuli») en nuestra vida espiritual, debemos nutrirnos de Ella. La «leche» con la que esta Madre espiritual nos nutre es la «gracia actual»: luz para distinguir claramente el bien del mal, y fuerza para hacer la voluntad de Dios. Esto demuestra nuestra dependencia de Ella y la necesidad que tenemos de vivir íntimamente unidos a Ella. Si el camino, si la subida es dura, busquemos nuestro refugio y ayuda en Ella. Nuestra unión con Cristo es, al mismo tiempo, unión con María. Encontramos a Jesús en María y con María; y a María en Jesús y con Jesús.

Debemos, pues, unirnos a María con Jesús, por medio de Jesús, del cual somos miembros, nutridos con Él en su seno (collactaneis). Nuestra dependencia de María, en el orden de la gracia, es la expresión más sencilla y más pura de nuestra vida con Cristo. Por tanto, para buscar a Cristo, no es necesario buscarlo por encima de María, sino que hay que buscarlo en Ella, uniendo nuestra pobreza e impotencia a la pobreza e impotencia de Cristo niño y abandonándonos a su madre y nuestra. De esta forma encontraremos a María y a Jesús. El mismo amor que Ella prodigó a Jesús (a la cabeza) nos lo prodiga también a nosotros (sus miembros), que formamos un todo con Él. La encarnación para A. de P. no es algo abstracto, sino un misterio muy concreto que percibimos cuando nos sumergimos en él, volviéndonos también nosotros infantes con el Verbo encarnado, y nos sentimos como envueltos, lo mismo que Él, por las ternuras de su madre.

Bibliografía

Merton, L., O. C. R., La formation monastique selon A. de P., en «Collect. Ord. Cist. Ref.», 10 (1957), pp. 1-

17. Lambrechts, R., O. M., Le rôle de Marie à l’égard des hommes d’après A. de P. (1221), en «La Maternité spirituelle de la B. V. Marie», I, 1958, pp. 81-121.

Voces relacionadas

Internas