Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

ETERNIDAD

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Consta de dos notas esenciales: ausencia de principio y fin y ausencia de toda sucesión y mutación.

Los escolásticos distinguen: a) el tiempo (definido por Aristóteles: medida del movimiento según un antes y un después), que implica mutación, aun sustancial, de las cosas; b) el evo, propio de los seres espirituales (Ángeles, almas), que importa un principio, pero no un fin, y no admite más que una mutación accidental; c) la eternidad, que excluye todo término y todo cambio o sucesión.

Es verdad de fe que sólo Dios es propiamente eterno (v. la argumentación de la pal. Inmutabilidad). Hay criaturas inmortales, como el alma humana y el Ángel (v. estas pals.), que tienen principio, pero por su simplicidad natural no tienden a perecer; no sería absurda, según Sto. Tomás, la hipótesis de un mundo eterno creado así y conservado por Dios; pero ninguna criatura puede ser eterna en sentido absoluto, es decir, de manera que excluya no sólo el principio y el fin, sino también la mutación y sucesión, poseyendo en acto toda su perfección. Sólo a Dios compete la eternidad absoluta, que define Boecio: interminabilis vitae tota simul et perfecta possessio (perfecta y simultánea posesión total de una vida sin términos).

La eternidad excluye y trasciende el tiempo, por lo que en Dios no hay pasado y futuro, sino un presente inmutable. El problema del antes y del después no tiene sentido en Dios, para quien siempre está presente todo el tiempo en su sucesión, como todos los puntos sucesivos de la circunferencia están simultáneamente presentes a su centro respectivo. Ésta es la presencialidad divina, uno de los elementos más importantes para la solución del problema de la llamada presencia de Dios.

Bibliografía

Sto. Tomás, , I, q. 10;
Garrigou-Lagrange, , París, 1928;
Sertillanges, , París, 1925, I, p. 263 ss.;
Beelmanns, , Münster, 1914;
Guitton, , París, 1933.

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