Síntesis de la doctrina teológica
La doctrina cristiana no es, como pudiera sospechar un lector profano de este manual, una colección fragmentaria, sino un compacto sistema de verdades orgánicamente elaboradas, en que la razón se mueve a la luz de la fe y de la Revelación divina. Es también una ciencia, pero una ciencia que trasciende el objeto y el método de las disciplinas humanas, porque sus principios consisten en un dato que se apoya en la autoridad de Dios, verdad infalible. El dato es la Revelación divina consignada en dos fuentes: la Sagrada Escritura y la Tradición. Custodio e intérprete auténtico de ambas es el magisterio vivo e infalible de la Iglesia instituida por Jesucristo.
El acto de fe es una libre adhesión de la razón a la verdad revelada por Dios y propuesta como tal por la Iglesia. La fe es un humilde obsequio a Dios Creador, verdad absoluta; pero obsequio razonable, porque, aun siendo de orden sobrenatural por razón del objeto revelado y de la gracia que ayuda a la voluntad y al entendimiento a aceptar la palabra divina, sin embargo tiene presupuestos que pertenecen al ámbito y dominio de la razón. Tales son la existencia de un Dios personal distinto del mundo, el hecho de la Revelación divina históricamente confirmada, el valor del testimonio de Cristo y de la Iglesia fundada por Él.
El estudio sereno de estos presupuestos prepara a la fe, porque demuestra la credibilidad de la verdad revelada, pero no determina el acto de fe («credo»), que depende negativamente de las buenas disposiciones del sujeto, positivamente de la gracia de Dios.
El Concilio Vaticano (Ses. III, c. 4) afirma que «la recta razón demuestra los fundamentos de la fe»: de esta manera la doctrina católica reivindica los derechos y la dignidad de la razón humana aun frente a la fe, de la misma manera que defiende la integridad de la libertad humana frente a la gracia divina.
La Apologética es una introducción científica a la Teología, que defiende la posibilidad y el hecho de la Revelación divina, probando por vía racional los presupuestos de la fe. Ante todo toma de la sana filosofía la certeza del valor objetivo del conocimiento humano, punto de partida para toda construcción científica. Asegurada esta verdad, se procede a la prueba de la existencia de Dios utilizando aquella parte de la filosofía que se llama Teodicea: prueba subjetiva a través de la luz de la verdad, que resplandece en el entendimiento, de la sed de un bien infinito, que abrasa el corazón, o de la fuerza de la ley moral, que domina la conciencia; prueba objetiva a través de la belleza, la perfección, la unidad y el orden del mundo en que vivimos. Una y otra prueba toman su eficacia demostrativa del principio de causalidad, que, revelando el carácter de limitación y contingencia de la realidad cósmica y de nuestro mismo mundo interior (efecto), nos fuerza a señalar una causa adecuada de ambas, en que se vea la razón de ser de nuestro yo y del mundo.
El principio de causalidad nos lleva no sólo a la distinción entre Dios y el universo, sino también a la determinación de su relación mutua, que se resuelve en el acto creativo. Pero esta demostración metafísica no queda en la esfera de una especulación abstracta, sino que tiene una nueva prueba en la conciencia individual y colectiva, en el patrimonio ético-religioso de la humanidad. La religión, tendencia, norma y fuerza indestructible del espíritu, es como el sistema nervioso de la historia humana, y manifiesta de mil formas la persuasión de las relaciones morales entre el hombre y Dios, como entre hijo y Padre. Estas relaciones se ven consagradas generalmente por el concepto de una Revelación divina. No hay religión que no custodie celosamente un libro o una tradición bajo el sagrado título de Palabra de Dios.
Frente a esta constante y universal afirmación no puede quedar tampoco indiferente un intelectual del siglo XX. Si Dios ha hablado, el hombre debe escucharlo y sacar de la palabra divina una norma de vida y de orientación hacia su supremo destino. De aquí la investigación histórica para encontrar la verdadera revelación.
Entre las numerosas religiones que se glorían de tener un origen divino el cristianismo es la que presenta más evidentes y seguras garantías de verdad. Él abraza y domina toda la historia de la humanidad: su libro es la Biblia, que registra el pacto (testamento) entre Dios y los hombres, el cual se divide en dos amplias fases, el Antiguo Testamento, que prepara la venida de Cristo, el Mesías, y el Nuevo Testamento, que acompaña y deja en marcha el reino de Cristo. Este gran libro, que se abre con la descripción de la creación (Génesis) y se cierra con los resplandores siniestros del ocaso del universo (Apocalipsis), contiene sublimes verdades y elementos sobrenaturales (profecías y milagros) que sellan su carácter divino. Ningún libro ha sido estudiado con tanta pasión como la Biblia: prescindiendo de millones de almas que encontraron en ella luz y fuerza de santidad para llegar hasta el heroísmo, señalemos el encarnizamiento con que la crítica histórica y filológica viene desmenuzando cada verso de la Biblia desde hace poco más de un siglo. Todos los recursos del ingenio y de la erudición se han empleado en ella con diversas alternativas: de este crisol la Biblia (especialmente los Evangelios) ha salido sustancialmente ilesa, e incluso se ha ganado el respeto de los ánimos más hostiles con la fuerza de su historicidad y de su autenticidad.
Toda la Biblia se centra en Cristo, en quien se cumplen admirablemente todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento y de quien irradia la luz nueva del Evangelio confirmada por los milagros, sobre todo por el de la Resurrección del mismo Cristo. Demostrada la historicidad y autenticidad de la Biblia es preciso aceptar su contenido sin reservas, y como Cristo, a quien se ordena toda la Revelación antigua, se declara Legado de Dios y habla y obra en su nombre, la doctrina de los dos Testamentos se ha de aceptar como cosa divina, y el mismo Jesús, que sella sus afirmaciones con el milagro, ha de ser reconocido el Revelador por excelencia, más aún, el verdadero Hijo de Dios, como Él se nos presenta. Garantizan su veracidad las antiguas profecías verificadas en Él, sus milagros y profecías, su admirable equilibrio psicológico y moral, el testimonio, a menudo cruento, de sus Discípulos, la sublimidad y la fuerza conquistadora de su doctrina rubricada con su sangre sobre la Cruz.
Cristo, además, ha fundado una Iglesia en forma de sociedad perfecta, con su jerarquía, con su magisterio, con sus medios de santificación (Sacramentos), y ha declarado que permanecerá en esta Iglesia hasta el fin del mundo haciéndose una sola cosa con ella, especialmente con su Cabeza visible, el Papa, a quien confió la misión de hacer sus veces, gobernando, enseñando y santificando.
Resumiendo el proceso racional de la Apologética cristiana podemos trazar el siguiente esquema:
El hombre, con su entendimiento ordenado a la verdad, se examina a sí mismo y al universo fuera de él, y descubre el carácter de criatura, de efecto, de donde sube a una Causa Primera, a un Dios Creador y Providente. Las diversas religiones hablan de relaciones con Dios, de Revelación divina: el hombre, inquiriendo sobre ellas, se encuentra con el cristianismo, que ofrece las mayores garantías de verdad. En él la Revelación divina se centra en Cristo, Legado divino, más aún, Hijo de Dios, que corrobora su declaración con hechos sobrenaturales. Dios, pues, habló en la Biblia por medio de los Profetas y habló por boca de su Hijo encarnado, Jesucristo.
Por lo tanto, el hombre puede creer, más aún, debe creer en Cristo, en sus palabras, en sus leyes, en sus divinas instituciones.
Pero no siendo matemática la demostración apologética, sino de índole moral, el entendimiento puede quedar perplejo, especialmente frente a verdades trascendentes y misteriosas y a leyes que imponen sacrificios y renuncias. La conclusión, pues, de toda buena apologética será la posibilidad, más aún, la necesidad moral de creer; pero el acto de fe, el credo, tiene necesidad del impulso de la gracia, y por esto es libre y meritorio.
Donde termina la Apologética comienza la Teología, que supone la verdad de la Revelación (objetivamente) y el asentimiento de la fe (subjetivamente).
El objeto de la ciencia teológica es Dios en sí mismo y el mundo creado, especialmente el hombre, en cuanto dice relación a Dios.
La fuente de la Teología es la Revelación divina contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición y entendida a través de la interpretación del Magisterio vivo e infalible de la Iglesia. Por esto la argumentación teológica se apoya en la autoridad de Dios, que revela y es, por lo tanto, sustancialmente dogmática. Dogma es la verdad revelada por Dios y definida como tal por la Iglesia; verdad intangible e inmutable en sí misma. El dogma contiene a veces una verdad accesible y otras veces una verdad que trasciende la capacidad de la razón humana (misterio): en el primer caso la razón comprende la verdad y la acepta no sólo en obsequio a Dios, que la propone, sino también por motivo de intrínseca evidencia. Tal es, por ejemplo, la de la inmortalidad del alma, verdad de razón y de fe. Cuando se trata, en cambio, de misterios, la razón se adhiere sólo por la fe y en virtud de la autoridad de Dios.
De las verdades reveladas saca la Teología, por medio de un proceso dialéctico iluminado por la fe, las llamadas «conclusiones teológicas», que son una explicación o irradiación más o menos inmediata del dogma.
Estas conclusiones son ciertamente algo más que una verdad racional, pero no tienen un valor divino como lo tiene el dogma.
Es evidente que el dogma, aun cuando supere la capacidad del entendimiento humano (como p. ej. el misterio de la Sma. Trinidad), no puede, sin embargo, estar en contradicción con los principios racionales, porque Dios es en todo caso la única fuente tanto de las verdades sobrenaturales como de las verdades naturales. Y Dios no puede estar en contradicción consigo mismo. La Teología trabaja por demostrar que al menos el misterio no repugna.
En sentido amplio, todas las ciencias sagradas que constituyen el «scibile» eclesiástico pertenecen a la Teología, porque se mueven a la luz de la fe y no pueden prescindir del sobrenatural, que domina la vida humana en relación con Dios. Pero la Teología por excelencia, en sentido estricto, es la Teología Dogmática, de la cual nos ocupamos en esta obra.
La Dogmática comprende los siguientes tratados:
1. Dios Uno-Trino
Se estudia aquí la existencia, la esencia, los atributos de Dios, especialmente su inteligencia y su voluntad en relación con el mundo y con el hombre. Además, la vida íntima de Dios, que se revela como única sustancia subsistente en tres Personas distintas, las cuales se constituyen en virtud de las relaciones entre los términos de las procesiones inmanentes (intelección y volición).
2. Dios Creador
Todas las cosas han sido creadas de la nada, incluso el hombre. Dios no sólo ha creado, sino que conserva con influjo continuo el ser de las cosas y determina su acción. Para los Ángeles y para el hombre, Dios ha dispuesto un orden sobrenatural, destinando a estas criaturas privilegiadas a la visión inmediata y al goce de su misma esencia. Tanto los Ángeles como el hombre caen en el pecado: a los Ángeles, puras inteligencias, no se les da reparación alguna; en cuanto al hombre, compuesto de espíritu y materia, Dios decreta su redención por medio de su Hijo Encarnado. El pecado original transmitido a todos los hijos de Adán (exceptuada la Virgen María) hiere la naturaleza humana, pero sin destruir sus propiedades esenciales, y crea en la vida del hombre una molesta inquietud, que se resuelve poco a poco en un llamamiento al Salvador futuro.
3. El Hombre-Dios
El Hijo de Dios (Verbo) toma la naturaleza humana y la hace suya propia y partícipe de su personal subsistencia. Tenemos así un Ser «teándrico», dos naturalezas distintas y una sola Persona. Es Jesucristo, que afronta el dolor hasta el martirio de la Cruz por liberar al hombre de la esclavitud del mal y del pecado. La Redención se lleva a cabo con la vida, pasión y muerte de Jesús y con su Resurrección gloriosa; pero el hombre debe hacerla suya, adhiriéndose a Cristo libremente por medio de la fe y de la gracia, fuente de energías para una vida nueva, a la que sonríe la promesa de la futura posesión de Dios.
4. La Gracia
Es el fruto de la Redención. Por medio de Cristo Redentor se comunica al hombre esta fuerza divina, que es una cierta participación de la naturaleza y de la vida misma de Dios. Esta fuerza no sofoca, sino que exige más bien la cooperación de la libertad humana para la santificación, camino imprescindible para alcanzar la meta suprema que es la vida eterna en Dios.
5. Los Sacramentos
Son los canales de la gracia, como una prolongación de la humanidad sacrosanta del Salvador, fuente de vida sobrenatural. La humanidad asunta es instrumento ligado al Verbo para la santificación de las almas; los Sacramentos son instrumentos separados que tienen de Aquél su eficacia sobrenatural. El centro de la vitalidad sacramental es la Sma. Eucaristía, que contiene en sí al mismo Autor de la gracia. Los demás Sacramentos acompañan al hombre de la cuna a la tumba en las diversas fases de su vida mortal, como remedios específicos para todas las dificultades y luchas en orden a la conquista del cielo.
6. La Iglesia
Por un misterio inefable Cristo ha encontrado manera de incorporarse los hombres, que responden a su llamada. Queda así constituido el Cuerpo místico, que es la Iglesia, de la cual Cristo es la cabeza y los fieles los miembros. La Iglesia es un organismo social que tiene una estructura jerárquica visible y una vitalidad espiritual alimentada por Cristo por medio de los Sacramentos. Toda la vida de la Iglesia se deriva de Cristo Redentor y es custodiada y disciplinada por el Vicario de Jesucristo, que es el Obispo de Roma, sucesor de S. Pedro, constituido por el Señor piedra fundamental y pastor supremo de su Iglesia. Este maravilloso Cuerpo místico, síntesis de todas las obras de Dios, lleno de luz, de verdad y de linfa inagotable de vida sobrenatural, se abre a todos los hombres de buena voluntad. El alma que en él entra se encuentra en Cristo, y en Él se purifica y se transforma y con Él hace decididamente el camino de vuelta al corazón de Dios, de donde salió en el momento de su creación.
Éstos son los principales tratados que constituyen el sólido organismo de la Teología Dogmática, la cual se convierte en un itinerario que señala el paso de la sabiduría infinita y del amor infinito hacia su criatura y el paso de la criatura que ha encontrado el camino de la salvación, el camino que conduce a la casa del Padre. Dios, pensamiento y amor, que se contempla en el Verbo, su Hijo, y se ama en su Espíritu, quiere un ser fuera de Sí al cual comunicar sus perfecciones, su amor, su vida: he aquí la creación, en que domina el hombre, hecho a imagen de Dios, enriquecido por gracias y privilegios. El hombre cae miserablemente en la culpa y se arrastra durante siglos bajo el peso del pecado y de la maldición divina. El amor infinito no puede sufrir tanta ruina, se inclina sobre la criatura extraviada, se une a ella, toma su carne: he aquí la Encarnación del Verbo y la obra redentora, que abre el camino del cielo nuevamente. El Verbo encarnado se injerta y queda en el seno de la humanidad para salvarla: he aquí la Iglesia con su Magisterio infalible, con la gracia y con los Sacramentos, fuentes de vida espiritual. La Iglesia es la unión entre Dios y el hombre, como la prolongación de la Encarnación; en ella Cristo continúa su obra redentora, hecha de dolor y de amor, viviendo en toda alma, que, a través de las luchas y tribulaciones de la vida presente, suspira por la luz y la paz de la vida eterna.
Un verdadero drama hecho de verdad y de realidad viviente en que el hombre en contacto con Cristo se redime de su culpa, se libera del mal, vuelve a encontrar su verdadero ser y se lanza a la conquista de Dios, su principio y su término supremo necesario.
Fuente: páginas preliminares XXIII–XXVIII de la edición española.