Esquema de historia de la teología dogmática
La Teología1 es una ciencia divina y humana, por ser una elaboración de los datos de la Revelación divina hecha por la razón a la luz de la fe. Las verdades reveladas por Dios son inmutables y no sufren por ello ninguna evolución intrínseca; pero la comprensión de estas verdades por parte del entendimiento humano no es inmediata y adecuada desde el principio, sino que sigue las leyes del desarrollo y progreso de nuestro conocimiento.
La Teología, por lo tanto, tiene una historia que señala las diversas etapas del trabajo realizado por la razón a través de los siglos en torno a la palabra de Dios, para profundizar en ella cada vez más y sacar a la luz sus inconmensurables riquezas.
Según la intensidad y naturaleza de este trabajo, la historia de la Teología suele dividirse en tres épocas: la patrística, la escolástica y la moderna.
I. Época patrística (período de fermentación)
Las verdades reveladas se condensan al principio en fórmulas concretas en un estilo sencillamente expositivo (Padres Apostólicos: Clemente Romano, Ignacio Mártir, Policarpo, Ps.-Bernabé, etc.); más tarde se ponen en contacto con el paganismo religioso-político y filosófico en estilo polémico (Apologistas: Justino, Atenágoras, Arístides, Ireneo, Tertuliano, etc.); finalmente, bajo el influjo de las corrientes filosóficas helenísticas son desarrolladas racionalmente con método científico. Nos encontramos a comienzos del s. III, cuando superada victoriosamente la prueba polémica apologética, los Padres se entregan a un estudio más profundo de las verdades de la fe y las presentan bajo un ropaje científico como corresponde a las exigencias culturales de su época. Sus pensamientos se polarizan en torno de dos centros que vienen a ser las forjas de las grandes obras teológicas: la Escuela Alejandrina, en Egipto, inspirada en el Neoplatonismo y abierta por lo tanto al misticismo y al simbolismo, y la Escuela Antioquena, en Siria, que recoge el pensamiento aristotélico y se inclina a la fórmula concreta y al realismo aun en materias de fe.
De estas dos escuelas salieron los genios del pensamiento cristiano ortodoxo, pero también los más famosos herejes. Gran parte de la Teología patrística, especialmente la oriental, se halla ligada a la historia de estas dos escuelas.
Escuela Alejandrina: Clemente († 211), Orígenes († 255) (ingenio poderoso que trató de realizar la primera vasta síntesis del pensamiento cristiano con el pensamiento griego, especialmente el platónico), Atanasio († 373) y Cirilo († 444), que combatieron valientemente contra las dos grandes herejías (de origen antioqueno), el Arrianismo y el Nestorianismo. A la Escuela Alejandrina pertenecen los tres Padres Capadocios: Basilio, Gregorio de Nisa y Gregorio de Nazianzo (segunda mitad del s. IV). En la misma escuela tuvieron su origen el Apolinarismo, el Monofisismo y el Monotelismo, grandes herejías cristológicas.
Escuela Antioquena: Luciano y sus discípulos, entre los cuales se encuentran Arrio, heresiarca, Eusebio de Nicomedia, más tarde Diodoro de Tarso, Teodoro Mopsuesteno, agudo escritor de tendencia naturalista, que había de lanzar los gérmenes de las dos grandes herejías de origen antioqueno, el Nestorianismo y el Pelagianismo (este último desarrollado principalmente en la Iglesia Occidental). En la escuela de Teodoro se formaron el hereje Nestorio y el gran Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia.
En Oriente y en el crisol de las grandes herejías trinitarias y cristológicas maduró toda la ciencia de Dios, la Teología en su sentido más propio y elevado, que los Padres restringían al estudio de la vida divina en sí misma (Trinidad); y la Teología de la Encarnación, que los antiguos designaron con la hermosa palabra griega economía.
En Occidente, junto a las repercusiones de estas corrientes orientales, se desarrolla una Teología menos especulativa y más práctica, más conforme con las tradiciones y el espíritu de Roma. Hilario († 368) se hace eco de la doctrina trinitaria de Atanasio, Ambrosio recoge el pensamiento de Basilio y de otros orientales; en el estudio apasionado de la Sagrada Escritura sobresale san Jerónimo († 419), Padre de la exégesis bíblica.
Pero el más extraordinario de los Padres fue Agustín († 430), que convertido al cristianismo, trajo consigo el tesoro de una cultura inmensa y la fuerza de un ingenio incomparable. Con estos recursos pudo extender sus alas sobre todo el patrimonio de la doctrina cristiana, asimilar su alma, y con el criterio positivo de los occidentales reducir a una grandiosa síntesis orgánica cuatro siglos de elaboración doctrinal madurada especialmente en las escuelas orientales. En la dramática lucha contra el naturalismo pelagiano él aporta de su acervo una rica doctrina en torno al pecado original y a la gracia, que puede considerarse como una vasta y luminosa antropología sobrenatural. Agustín es el creador de la Teología sistemática, punto de confluencia de toda la patrística, y punto de partida de la escolástica.
Los últimos fulgores de la patrística se manifiestan en Occidente con León Magno († 461) y Gregorio Magno († 604), en Oriente con Leoncio Bizantino († 543), Máximo Confesor († 662), Sofronio († 638) y finalmente con Juan Damasceno († 749), que compendia la doctrina de los Padres griegos.
II. Época escolástica (síntesis sistemática)
Se inicia en el s. XI con san Anselmo, gloria de Italia, llamado el Padre de la escolástica, que abre el camino a una fecunda especulación sobre los dogmas, acentuando el uso de la razón en la esfera de la fe. Partiendo de san Agustín se inspira en el dicho «fides quaerens intellectum»; es decir, poseída la verdad divina con una fe incondicional y viva, trata de penetrar su contenido, ejercitando toda la fuerza y todos los recursos del entendimiento. La obra de san Anselmo tiene, pues, dos aspectos: uno sobrenatural (adhesión mística a la verdad), el otro humano (elaboración dialéctica de la fe). De aquí las dos corrientes, que dominan alternativamente toda la escolástica: la corriente mística, de inspiración agustiniana, que a través de san Bernardo y la escuela francesa de San Víctor (Hugo y Ricardo), pasa en el s. XIII a la Orden Franciscana y culmina en las doctrinas de san Buenaventura; la corriente dialéctica, que en Abelardo (el más fuerte filósofo del s. XII) está a punto de degenerar, pero felizmente es moderada a tiempo por Pedro Lombardo, autor de los cuatro libros de las Sentencias, en los que se recoge y valora lo más selecto de la doctrina de los Padres (esta obra será el texto fundamental sobre el cual se han de modelar las Sumas Teológicas posteriores); moderada de esta suerte por la fuerza de la autoridad de los Padres, la corriente dialéctica se afirma cada vez con más decisión bajo el impulso del aristotelismo, que llega a la escolástica a través de la filosofía árabe (Avicena y Averroes) y triunfa primero con Alberto Magno y más tarde con el más grande de los escolásticos, santo Tomás de Aquino.
Estamos con él en el siglo XIII, cuando toda Italia es una primavera de vida, pensamiento y arte: es la época de san Francisco de Asís, de Giotto y de Dante, es el siglo de las más hermosas catedrales italianas. La admirable Suma Teológica de Tomás de Aquino es en el campo filosófico y teológico lo que la Divina Comedia en el campo del arte y de la literatura: puede decirse que Dante traduce a la poesía el robusto pensamiento de santo Tomás.
Con el inglés Duns Scoto, llamado por su ingenio el Doctor sutil, el dialecticismo llega al ápice para degenerar poco más tarde en el formalismo, que señala un período de decadencia de la escolástica (s. XIV-XV). El Humanismo y la reforma luterana cubren de descrédito la escolástica, la cual sin embargo no se extingue, sino que muy al contrario se prepara a un renacimiento en las obras de Juan Capréolo († 1444), llamado el Príncipe de los Tomistas por su viva apología del pensamiento de santo Tomás, y más todavía en los comentarios clásicos a las obras del Aquinate dictados por Tomás de Vio (Cayetano) († 1534), que escribió el comentario a la Suma Teológica, y Francisco de Silvestris de Ferrara († 1528), que nos dejó el comentario a la Suma contra los Gentiles.
III. Época moderna (analiticismo)
Con el Concilio de Trento la escolástica y especialmente la doctrina tomista reemprende su camino ascensional por obra de grandes teólogos en su mayoría españoles (Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Domingo Soto, Domingo Báñez, Diego Álvarez, Bartolomé Medina, Juan de Santo Tomás, todos de la Orden de Santo Domingo; Francisco Toledo, Luis Molina, Gregorio de Valencia, Gabriel Vázquez, Francisco Suárez, de la Compañía de Jesús; Andrés Vega, Francisco Herrera, Bartolomé Mastrius, Francisco de Mazzara, de la Orden Franciscana).
El Luteranismo obligó a los teólogos a defender la recta interpretación de la Sagrada Escritura y el patrimonio doctrinal de los Padres: de aquí el gran desarrollo que tuvo la exégesis y el elemento histórico en la Teología y, más tarde, aun en su carácter polémico. En este triple campo se llevan la palma los Jesuitas, entre los cuales basta recordar al gran controversista italiano cardenal Belarmino († 1621), a los exegetas españoles Salmerón y Maldonado y a Dionisio Petavio († 1652), que recogió metódicamente el pensamiento dogmático de los Padres en cuatro volúmenes. En el s. XVIII nos encontramos con otro período de decadencia, del cual se levanta la Teología a principios del s. pasado después de la revolución francesa.
Esta última época se caracteriza por una renovación de la escolástica al contacto con la filosofía moderna y por un florecimiento de la Teología positiva en armonía con el progreso de los estudios histórico-bíblicos. Se inicia esta restauración en Alemania con Kleutgen, se afirma en Italia con los jesuitas Juan Perrone († 1876), Domingo Palmieri y Camilo Mazzella, profesores del Colegio Romano, que en tiempos más cercanos a nosotros ha sido ilustrado por los dos cardenales Franzelin y Billot, el primero notable en Teología positiva y el segundo en la especulativa.
El Neotomismo y la Neoescolástica han ido ganando terreno en todas las Universidades católicas, y al paso que reivindican la grandeza de la clásica Teología especulativa, vuelven a las más sanas tradiciones el pensamiento filosófico extraviado en los laberintos de las corrientes contradictorias del s. XIX.
Por otra parte se ha afirmado vigorosamente nuestra Teología positiva contra la crítica racionalista, integrando e iluminando con nueva luz la alta especulación medieval por medio de profundos estudios exegéticos, patrísticos, históricos.
Conclusión
La Teología nacida con la patrística tiene su primera piedra miliaria en la obra de san Agustín; llega con la escolástica a la cumbre suprema de la especulación aguda y serena en plena armonía de la razón con la fe (santo Tomás). Sufre una profunda perturbación con el Humanismo y la Reforma luterana y resurge con carácter polémico e histórico positivo (s. XVI-XVII); después pierde su compacta unidad por las exigencias apologéticas del s. XVIII y principios del XIX. Al contacto del Racionalismo filosófico, histórico y bíblico, emprende de nuevo su marcha por nuevos caminos para acomodar su precioso y clásico contenido a las exigencias y a las formas del pensamiento moderno.
La reforma de los estudios eclesiásticos trazada por Pío XI en su Constitución Deus scientiarum Dominus ha impreso un ritmo acelerado a las disciplinas teológicas, que con métodos eficaces avanzan en la comprensión e ilustración de la inmutable verdad divina.
Bibl. — M. Grabmann, Historia de la Teología católica, Madrid, 1948; L. Allevi, Disegno di storia della Teologia cattolica, Turín, 1939. * Marín Sola, La evolución homogénea del dogma católico, Madrid, 1952.
1 La Teología comprendía casi hasta el siglo XVII todas las disciplinas eclesiásticas; en esta época se comenzó a distinguir entre Dogmática, Moral, etc.